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Texto de la Adoración Eucarística del 7 junio 2015

Corpus Domini

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20)

Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Domini, la presencia viva, real y palpitante de Cristo en medio de nosotros. Para los miembros de nuestra comunidad, crecidos espiritualmente siguiendo las enseñanzas del Obispo de la Eucaristía, hablar del Cuerpo de Cristo es siempre una fuerte emoción. Hemos aprendido, por el amor que nuestro querido Obispo tenía por el “pan vivo bajado del cielo”, lo indispensable que es para un buen cristiano alimentarse de la Eucaristía, verdadero alimento del espíritu, y beber de la fuente de Cristo, que impregna el alma dándole nueva vida. Cuando nuestro Obispo hablaba de la Eucaristía, aunque fatigado a causa de las noches insomnes, de los sufrimientos morales y espirituales, siempre se las arreglaba para animarse a sí mismo y a los que lo escuchaban. Él es el testimonio de que, si bien sometidos a pruebas y sufrimientos indecibles, como los que él vivía cotidianamente junto a nuestra querida Marisa, incluso cuando todo a su alrededor parecía derrumbarse, si el alma permanece anclada en Dios y se nutre con el Cuerpo y Sangre de Cristo, cada obstáculo puede ser superado. Las palabras que nuestro Obispo, durante años, nos ha dado para llevarnos constantemente a Jesús Eucaristía, a amarLe y honrarLe, están vivas en nuestros corazones, como lo están las enseñanzas de nuestra Madre del cielo, que en su título más grande y más hermoso encierra el sentido del amor del Creador hacia sus criaturas: Madre de la Eucaristía.


Como el Padre que vive me ha mandado a mí y yo vivo por el Padre, también el que me come vivirá también él por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres y murieron; el que come este pan vivirá para siempre. (Jn 6, 35-59)

Dios Padre da a Su Hijo, el Hijo se da a sí mismo, y la preciosidad de este don no se limita a un sólo momento, sino que se perpetúa en el tiempo, hasta el fin de los días. El amor provoca en las almas el deseo y la necesidad de estar siempre unidos al amado, incluso cuando físicamente no es posible, por lo menos estarlo con el corazón y con los pensamientos. La ternura del Señor se ha demostrado en toda Su solicitud al permitirnos vivir en Su presencia, incluso física, cada día de nuestra vida terrena. Aquel pan eucarístico que podemos recibir en la Santa Misa y ante el cual nos podemos recoger en adoración, es certeza, para nosotros, de su presencia real por siempre, para que no nos sintiéramos nunca más abandonados. Cuando Jesús ascendiendo al cielo, se ocultó de la mirada de los apóstoles, ellos seguramente sufrieron porque ser separados físicamente de aquél a quien se ama es un sufrimiento indecible, pero Jesús cambia sólo el signo, no la realidad. Está allí, presente bajo las especies del pan y del vino. Nuestro Obispo nos repetía “id a la Eucaristía, allí encontraréis no sólo a Jesús, sino también a los que habéis amado y que han dejado esta tierra”. En eso hemos pensado cuando nuestros queridos padres espirituales han volado al cielo; es allí, que hemos buscado alivio enseguida, porque en la Eucaristía los podemos encontrar siempre; es en la imagen que tenemos de ellos, ahora felices y liberados de una vida llena de sufrimientos, dónde reside nuestro consuelo. Nuestra Madre del cielo repetía a menudo, sobre todo en los momentos difíciles, a nuestros queridos padres espirituales, “ir a mi Hijo, aferraos al Sagrario”; en la Eucaristía está Dios, Su amor infinito encerrado en un pequeño trocito de pan, la divinidad que se vuelve frágil, que se rompe entre nuestros dedos, que nos cuenta que el amor cuanto más grande es, más humilde, y se hace débil a nuestros ojos. El Sacramento de la Eucaristía nos une al Paraíso, porque en la Eucaristía está Dios, y donde Dios está presente, está el Paraíso. El Obispo nos repetía siempre “cuando recibáis a Jesús en vuestro corazón, hablad, dialogad con Él, que no sea nunca una comunión distraída la vuestra, porque en aquél momento el Paraíso está dentro de vosotros”.


Tomad, este es mi cuerpo, esta es mi sangre… Haced esto en memoria mía (Mt 26, 26-27), (Lc 22, 29)

El Obispo nos explicó que, cuando Jesús instituyó el sacramento del amor, el sacramento de la Eucaristía, después de haber pronunciado estas palabras, no fueron comprendidas de inmediato por sus apóstoles. De hecho la grandeza de aquellos gestos se les escapaba a los apóstoles, todavía demasiado inmaduros para comprenderlo. Fue la Virgen que, después, les explicó lo que significaban las palabras “haced esto en memoria mía”. Era su testamento para toda la humanidad, el legado del tesoro más preciado para nosotros, Él mismo. Es allí, en la Eucaristía, donde Lo encontramos siempre porque viene para vivir en nosotros. Durante Su predicación el Señor ha contado con muchos ejemplos y parábolas cómo se comporta aquél que ama. Lo ha hecho con el ejemplo del hijo pródigo, del pastor que guía las ovejas y de los pequeños que van a él. Al acercarse el día de Su Pasión el ejemplo que hace es más fuerte. De hecho habla del sarmiento y de la vid, nada más, por tanto, sólo un modelo de comportamiento, pero con una profunda unión. El sarmiento y la vid están ligados, unidos, el uno vive tomando el alimento del otro y Jesús culmina todas sus enseñanzas con la raíz de la unión más íntima y profunda, se hace nuestro alimento y nuestra bebida. En un mundo en el que lo que más llama la atención es el sensacionalismo, la búsqueda de milagros increíbles y sorprendentes, en un mundo que es demasiado ruidoso, el Señor ha entrado de puntillas, en el silencio y en el ocultamiento, como ocurrió en una gruta hace dos mil años; y es según este estilo Suyo que ha realizado los milagros más grandes ocurridos en este lugar. Sólo quien ha comprendido realmente la grandeza de las enseñanzas del Evangelio, sólo quien ha comprendido que la Eucaristía lo es todo en verdad, pude comprender que ningún milagro puede ser más grande que un milagro eucarístico. Entre éstos, el más grande, es el milagro del 11 de junio del 2000 que, durante la fiesta de Pentecostés, hemos recordado con las palabras del Obispo. Pero hoy recordamos también el milagro del 6 de junio de 1999, aquél que el mismo Señor definió como el milagro del milagro dentro del milagro, evento que todavía hoy suscita en nosotros grande conmoción y devoción. Lo que permanece grabado en nuestra memoria son, en particular, las palabras pronunciadas por Jesús: “Esta noche mi Corazón ha estallado, mi sangre ha brotado y ha pasado a través del cáliz de cristal, como cuando la Eucaristía salida del crucifijo pasó a través de la caja de cristal puesta como protección. Mi sangre ha brotado de alegría, de amor y de sufrimiento. Este nuevo y gran milagro ha ocurrido para demostrar a los hombres que mi Corazón estalla a cada momento: cuando hay almas que aman y sufren, cuando hay hombres que no creen” y ha añadido: “Mi Corazón ha estallado por vosotros, porche Yo soy vuestro gran amor”. Jesús ha demostrado una vez más que no ha abandonado a la humanidad, casi fría y sorda a Su llamada y nuestro Obispo y Marisa, enamorados de Cristo, han vivido toda su existencia con el único fin de realizar la gran misión que les ha sido confiada, hacer triunfar la Eucaristía.