Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Homilía de S.E. Mons. Claudio Gatti del 21 junio 2009

XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (AÑO B)

I lectura: Jb 38,1.8-11; Salmo 106; II lectura: 2Cor 5,14-17; Evangelio: Mc 4,35-41

Todos los que estáis presentes, o casi todos, al menos una vez habéis asistido al anuncio que se hace en San Pedro cuando se anuncia la elección del nuevo Papa. El cardenal Protodiácono, el primero de los cardenales al servicio diaconal con voz pomposa y solemne anuncia: “Nuntio vobis gaudium magnum: habemus Papam!” es decir: “Os anuncio una gran alegría, tenemos Papa”. El Señor quiere que yo arregle las cosas en la Iglesia y estoy cansado de tener que oír, y he oído muchos, “Habemus Papam”. Yo deseo oír: “Habemus novam Ecclesiam” o sea “Tenemos una nueva Iglesia”. Los Papas pasan, pueden ser incluso santos, pueden dejar recuerdos, pueden dejar signos en la Historia, pero pasan. ¿Quién de vosotros recuerda un Papa del otro siglo? La Iglesia, en cambio, comunidad de los vivientes, tiene que ser recordada y tenida presente. De hecho, ella, que fue engendrada por la muerte de Cristo, salió de su costado traspasado. La Iglesia es el fruto de su Pasión, Muerte y Resurrección. Jesús nunca abdicó de su papel de Cabeza y Fundador de la Iglesia y dio un gran don a la humanidad es decir confió su gobierno a los hombres: “Todo lo que atéis en la tierra será atado en los cielos y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en los cielos” (Mt 16,19). Y este ha sido el gran problema: tenemos obispos, cardenales, sacerdotes, tanto santos como indignos. Hoy no es difícil comprender cuál es la situación de la Iglesia: basta leer los periódicos o ver los servicios de televisión que se ocupan de ello y que se divulgan continuamente más con la intención de golpear que con la de sanar, algunos son escandalosos con tonos incluso exagerados, pero, como nos ha dicho la Virgen, siempre cuentan mucho menos de la dolorosa realidad. ¿Quién de vosotros no escucha chistes sobre la Iglesia, discursos negativos y pesados?

Eh ahí porque espero finalmente el anuncio: “Habemus novam Ecclesiam”, no de un cardenal sino de Dios.

La Iglesia está renaciendo y renacerá; esto lo hemos esperado durante decenios y por nosotros me refiero exclusivamente al Obispo y a Marisa; todos vosotros os habéis añadido después. Ninguno de vosotros puede pretender un derecho de primogenitura que no tiene, eh ahí porque yo estoy esperando el anuncio de una nueva Iglesia. Sabed que el anuncio de cada victoria es siempre precedido por grandes sufrimientos. Una victoria en el deporte, en la búsqueda científica, en la diplomacia, en la sociedad no nace espontáneamente como una flor en el desierto sino que es fruto de la fatiga, de renuncia y de sufrimiento. Entonces podemos decir que la voluntad de Dios se manifiesta de modo sorprendente, la mayoría de las veces clara pero a veces menos. Nos comportamos como aquellas personas ancianas que no nos ven y no nos oyen, pero que no lo admiten. Desde este punto de vista, todos vosotros aquí, desde los que tienen veinte años hasta los que tienen ochenta, todos se comportan de la misma manera: todos somos presuntuosos para escuchar y comprender todo, pero nos equivocamos.

No se puede comprender a Dios como querríamos, desafortunadamente es así. Conocéis la historia de algunas madres que voluntariamente dieron su vida y murieron para poder traer a sus hijos al mundo. No recuerdo ahora los nombres pero alguna además ha sido beatificada o canonizada hace poco tiempo. Creo que hay muchas más, pero no han sido canonizadas porque a muchos no les importa nada. Interesa más canonizar a un fundador o una fundadora de alguna orden religiosa que una simple y humilde madre, que ha vivido en el escondimiento que ha ofrecido su vida para darla a su criatura. Todo esto no causa sensación y en consecuencia el interés humano ante esto decrece. Dios obra de otra manera, no debe pedir permiso a nadie para actuar como quiere, ni al Papa ni a todo el colegio cardenalicio ni al colegio episcopal. ¿Tendría que pedir permiso a cada uno de los cuatrocientos mil y más sacerdotes que se erigen como pastores en la Iglesia?¿Y por qué lo pretenden?

Recordad cuando los apóstoles discutían entre ellos sobre quién sería el más grande y Jesús cogió un niño, lo puso en medio de ellos diciendo: “El que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el reino de los cielos” (Mt. 18, 4). Y entonces desde ese punto de vista entendéis porque Jesús y la Virgen varias veces han dicho a Marisa que no crezca nunca y que se quede siempre niña, porque los niños son el emblema de la sencillez, de la inocencia y de la inmediatez. Nosotros los adultos somos tortuosos, confusos y complejos. Cuantas veces ha ocurrido que os decía una cosa y vosotros entendíais otra; no me equivocaba yo, ¡erais vosotros que no comprendíais! Un niño si tiene una duda, va a su madre o a su padre para preguntar qué debe hacer; sin embargo, vosotros no habéis venido a pedir explicaciones. ¡Qué presuntuosidad! Todas las madres espirituales y los padres confesores deciden qué hacer y os equivocáis. Y el obispo se resintió. Pero en vuestra casa si un hijo no hace lo que decís, ¿le traéis un dulce o le dais una bofetada en la cara? Os indignáis si el obispo se enfada y os reprocha. Lo absurdo es que la persona regañada se siente bien y piensa para sí: “Después de todo, ¿qué he hecho mal?” ¡Hipócrita! ¿Queréis estar con Dios? Tenéis que ser humildes y sencillos. Marisa y yo hemos dado nuestro aporte de humildad y sencillez, hemos renunciado a todo y vosotros, ¿a qué habéis renunciado? Muchos de vosotros os sentís bien porque venís aquí a rezar el domingo, pero después ¿los otros días? ¿Por qué no venís a rezar? ¿Por qué no venís a dar? Cuántas veces se os ha dicho que cuando el Obispo ya no esté lloraréis, os cortaréis el codo, como se dice en Roma.

Dios se sirve de los pequeños y de los humildes y Marisa es la persona más pequeña a la que Dios ha dado dones y carismas más grandes, además de muchos sufrimientos. Nuestra hermana ha tratado de tener escondidos todos estos dones; sin embargo, hace años algunas personas que vinieron aquí, incluso sin tener ningún don, se presentaron como videntes o afirmando tener locuciones interiores, pero solo eran unos tramposos. Tuve que tratarlos duramente y los eché fuera: no hay misericordia para quien engaña al prójimo. Jesús dijo: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen mía, más le valdría que le ataran una piedra de molino al cuello y fuera tirado al mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que hayan” (Mt 18,6-7), el escándalo es tremendo. Algunos de vosotros han creído más a ciertas fábulas que a la verdad. Hoy os estoy cantando las cuarenta y os lo merecéis. A veces habéis creído más a personas falsas antes que a quien os decía la verdad, porque queríais escuchar lo que os convenía. Os han engañado y habéis hecho sufrir al Obispo y a la vidente; esto lo tendréis siempre sobre la conciencia. Yo no lo olvido, no porque no quiera perdonaros, sino para evidenciar todos los errores que hemos hecho como comunidad y de los cuales, sin embargo, nos hemos liberado.

Si en medio de nosotros no hubiese estado la Virgen, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo la mayor parte de vosotros aquí presentes ahora se encontraría en una situación desastrosa, idéntica a la de algunos que se han ido ensuciando el nombre del cielo. Desafortunadamente, se cubren de limo y lodo y apestan tanto que es mejor mantenerse alejado de ellos. Y los pequeños, los sencillos son los que traen la victoria. “Te bendigo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has tenido escondidas estas cosas a los sabios y a los entendidos y las has manifestado a los sencillos” (Mt 11,25) y repito que la que ha vivido del modo más sencillo e infantil ha sido justamente Marisa. No la he oído nunca alardear de un don suyo o contar alguna aventura suya sobrenatural; yo, su padre espiritual, a veces he tenido que obligarla, incluso recientemente, a contar públicamente sus extraordinarias experiencias. Por el contrario, aquí vinieron los que vieron a una mujer vestida de rojo, los que sintieron una cosa, los que otra. ¡Cuántas tonterías se han dicho! Yo siempre he reprochado duramente estas hipocresías. Si fueran instrumentos auténticos, habrían tenido que trabajar en otra parte y no venir aquí a sembrar solo cizaña. He tenido que ser fuerte y duro para salvar la verdad porque vosotros no habéis sido humildes como Marisa sino orgullosos y soberbios como otras personas.

“Habemus novam Ecclesiam”, que venga esta nueva Iglesia hecha de pastores honestos, sinceros, justos, puros, generosos, castos, obedientes, equilibrados, sabios y preparados. Y no más ladrones, inmorales, homosexuales, pederastas y demás.

Queridos míos, si no hubiese estado Dios, en este momento, en lugar de oír al Obispo ordenado por Dios, habríais podido escuchar a algún tramposo. Y eh ahí que la muerte del justo se vuelve una victoria de Dios. Él no tiene necesidad de los hombres, pero una vez la Virgen dijo una frase que le impactó a Marisa y también a mí: “Dios os necesita a los dos” y entonces le alargó la vida a Marisa veinticuatro horas, con gran disgusto de ella, y ella tendrá que subir a Dios Padre mañana. ¿Sabéis por cuál motivo? Para tratar de convertir hasta el último de esos sacerdotes de los que os he hablado. De esto modo el Obispo ordenado por Dios un mañana podrá contar con algún colaborador más. Y Marisa ha dicho “Sí” y yo, en cambio, habría dicho no.

Es muy duro continuar estando, incluso durante veinticuatro horas, en la Tierra en medio de un grandísimo sufrimiento. Ayer fue su cumpleaños y lo celebramos como pudimos. Marisa lo festejó durante todo el día en el martirio y sobre todo por la noche vivió una pasión tremenda; ¡qué hermosa fiesta que le ha reservado Jesús! Pero quién soy yo para juzgarle; podría responderme: “¿Por qué te lamentas? ¡Estoy preparando a tus colaboradores!” Jesús prepara unos cuantos menos porque no puedo ver sufrir tanto a Marisa. Ninguno de vosotros ha comprendido el sufrimiento de esta mujer que se mantuvo oculta en todos los sentidos. Ninguno de nosotros sería capaz de soportar ni siquiera un minuto de su enorme sufrimiento que Dios le ha dado durante años, una larga vida de sesenta y siete años.

En el pasado sucedió que Dios anunció el día de la partida de Marisa pero luego lo cambió. Y Marisa se preocupaba de lo que dirían las personas. Yo la tranquilicé diciéndole que no le tiene que importar nada. “Si creéis bien, sino allí está la puerta, iros y dejadnos en paz”. Yo hablo claro, no os tengo que dar explicaciones; si Dios no me las da a mí, ¿qué debo deciros a vosotros? Después de todos estos milagros eucarísticos, las curaciones físicas y espirituales que han ocurrido aquí, ¿qué queréis todavía? Hoy decenas de personas aquí presentes estarían en el cementerio si no hubieran recibido gracias. Otro Obispo que os quiere, que os habla a la cara, no le tendréis nunca más, lo echaréis en falta. Todos los demás sacerdotes que se muestran dulces y sonrientes son falsos e hipócritas, no sirven para el bien de la Iglesia.

¿Sabéis cuál ha sido el elogio más hermoso que Jesús me ha hecho? Por su bondad me ha hecho muchos, pero el elogio más hermoso que me ha dirigido ha sido este: “No has llegado nunca a la dureza y a la severidad con la que yo, Jesucristo, hablé”. ¿Lo sabíais? Y alguno se ha lamentado de que a veces he sido demasiado severo, pero si tengo que decir la verdad no tengo respetos humanos por nadie ni siquiera por el Papa. No los he tenido con cardenales, obispos y sacerdotes. ¿Os los tendría que tener a vosotros? ¿No queréis venir? Marcharos, esta es mi casa, estoy a cargo aquí y nadie puede discutir. Si no lo hiciese así, pondrías a mi sucesor en una tremenda situación.

Durante las vacaciones estivales habéis frito y refrito a aquel pobrecillo de don Ernesto. Uno decía una cosa, otro decía otra y aquel pobrecillo como el asno de Buridano no sabía por dónde ir. El sacerdote es un maestro, a veces incómodo pero leal y nadie puede decir que os he enseñado o dicho algo que no es verdad. Jesús me dijo: “Estate tranquilo, tienes mucho camino que recorrer antes de llegar a mi severidad”. La característica más hermosa de Marisa ha sido decirme las cosas a la cara. ¿Cómo creéis que han cambiado nuestros jóvenes? ¿Pensáis que cuando llegaron ya eran santos? ¿Cómo creéis que han cambiado? Con la severidad. ¿Hay alguno entre vosotros jóvenes al que no le haya hecho llorar? Les he hecho llorar a todos: madre mía ¡qué duro soy! No imagináis cuánto amor es esto también y antes de que lloraran, yo estaba destrozado por dentro. Pero ahora, si Dios quiere, puedo irme y dejar la comunidad en buenas manos. Mis jóvenes son mis hijos y tienen la preferencia absoluta sobre todos los demás. ¿He sido claro? También vosotros con los cabellos blancos o con las arrugas, ¿queréis ser mis hijos? ¿Estáis dispuestos a beber el cáliz amargo que beberé y que he bebido? Mirad qué amargo es el cáliz.

Y ahora, como ya os he dicho, la partida de Marisa tiene que ser un elemento de unión. Os lo repito, el que se quiera comprometer que venga, el que no tenga ganas, que se vaya. El que quiera venir aquí para hacer de maestro o maestra, os lo ruego, que no se acerque ni siquiera a la puerta. No es presunción. Dios me ha dado esta tarea, garantizándome que seré ayudado por la Virgen, por San José, por Marisa y por la abuela Yolanda. A vosotros os pido humildad. Basta de quejarse: “La Virgen una vez dijo esto, pero luego lo contrario”. Pero ¿quiénes sois vosotros? Una de las cosas que he aprendido de Dios a mi costa es el abandono total a Su voluntad y aun conmigo a veces no era tierno. “Yo soy Dios y hago lo que quiero” puedo cambiar los programas como quiera. ¿Quién eres tú para imponerte a mí? Nadie”. Y vosotros os ofendéis si os regaño.

Damos gracias a Dios por habernos dado a Marisa durante tantos años, pero no ha sido apreciada, respetada o considerada por todos: conocidos, parientes y miembros de la comunidad. Yo me he propuesto como su abogado defensor sin mirar a nadie. Cuando el cardenal Ruini dijo que algunos párrocos le habían contado que Marisa tenía problemas psicológicos, yo me levanté, tomé el sobre con el diagnóstico escrito por el profesor Amato, jefe de psiquiatría de la Universidad de Roma y sus colaboradores, y se lo arrojé ante él, respondiendo que demandaría a cualquiera que dijera lo contrario. ¿Lo habríais hecho vosotros? Cuando se trata de defender la verdad yo nunca he retrocedido. He pagado personalmente traiciones y abandonos, pero Marisa y yo podemos decir que nunca hemos traicionado a Dios. Y ahora es justo que la acompañemos en este viaje suyo. Hoy estará todavía entre nosotros. Mañana no sé cuándo será el momento, le deseo que pronto porque está cansada; incluso media hora de más para ella es mucho.

Marisa se ha inmolado de manera particular por su hermano obispo: hemos llegado a ser uno solo. Ella y yo somos más que marido y mujer, hermano y hermana, padre e hija. Han tratado de ensuciar esta unión, pero no han podido, porque la Virgen ha dicho: “Los lirios incluso sumergidos en el fango permanecen siempre lirios”. El barro humano nunca nos ha llegado. ¿Sois capaces de amar vosotros? ¿Queréis amar? (Todos responden “si”). Quiero oír más fuerte vuestra respuesta. (Todos repiten “si” con más fuerza). Y si me traicionáis ¡os echaré! Recordad este encuentro. Sed santos, o marcharos. No hay medias tintas. Ayer saludasteis a Marisa subiendo a su habitación. Hoy haremos lo mismo. ¡Ay de quién se permita estrecharle la mano! No os hagáis los listillos, hoy hará una breve visita el que no subió ayer. Marisa desea que todos tengáis un recuerdo suyo. Después de su partida, si os lo merecéis, os daré algo más precioso: las vendas empapadas de su sangre durante la pasión.

¡Qué bonito es hablar tan libremente, sin suspicacias y sin inhibiciones!

No sé cuándo será el funeral, mejor dicho, sería mejor llamarlo: “matrimonio místico”. Quiero la basílica hermosísima, con flores blancas y celestes, con las banderas que indican los lugares donde ha estado incluso en bilocación, quiero las alfombras más hermosas y el mantel celeste, que es el más hermoso, los vasos sagrados más solemnes y el hábito episcopal más elegante. ¡Será el más hermoso de todos los matrimonios celebrados aquí! Espero que el Señor no me haga esperar mucho antes volverla a ver y si os comportáis bien, si vivís en gracia de Dios, es posible que también vosotros podáis verla junto a la Virgen.

Pues entonces basta con los chismes a la espalda; hablad a la cara, no digáis mentiras, soportaos unos a otros, rezad por la Iglesia, no os sintáis mejores que los demás, aceptar el vivir en último lugar, perdonad a quien incluso voluntariamente os hace sufrir. Os estoy tratando como a niños.

Amad a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo, a la Virgen y a San José porque esta es la familia de Marisa y mía. Es inútil que lloréis ahora, llorad después. Tenéis que cambiar el corazón. Es inútil que os lamentéis: “Yo trabajo más que los otros, yo hago esto y aquello”. Si os interesa tanto, acercaos al interesado y pedidle que colabore más. Todos tenéis que trabajar por la casa de Dios, según vuestras posibilidades y si no podéis planchar, cosed; si no podéis fregar el suelo, quitad el polvo. Todos tenéis que contribuir. Si alguien simplemente no puede hacerlo, lo llevaremos al hospital. Estoy bromeando, es agradable hablar así.

Acabada la Santa Misa, quiero que todos mis jóvenes me acompañen a la sacristía donde os tengo que hablar. Dad la máxima colaboración con alegría y con disponibilidad. Quiero que el día del “matrimonio místico” sea el más hermoso, el más solemne de todos los días que hemos vivido. ¿Puedo contar con vosotros? (Todos responden “si”) ¿Puedo contar? (todos responde “si”. ¿Hay alguno que se vuelva atrás? (Todos responden “no”)

Amaos, quereos.

Vivid en la espera de reuniros con vuestra hermana, cuando Dios lo quiera, en el Paraíso. Yo he pedido a Dios que me llevase con ella, porque yo también estoy cansado de vivir, pero Dios me ha confiado la misión de arreglar la Iglesia. Y creedme, es duro, quizás más duro que morir; mejor dicho, morir es una ganancia, vivir es una pérdida.

Os quiero y espero que me queráis.

Dicho esto, solo nos queda retomar la Santa Misa.

Alabado sea Jesucristo.