Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Homilía de S.E. Mons. Claudio Gatti del 9 marzo 2007

Quizás os hayáis dado cuenta que, por un instante, estaba abstraído, pero no estaba distraído, sino sólo más absorto que de costumbre, porque he sentido de manera fuerte, real, a mi lado, la presencia de las numerosas personas que siempre nos han ayudado, animado, sostenido y dado amor.

Ahora haremos juntos una reflexión que me ha acompañado durante esta jornada. El ser humano es una realidad compuesta por un alma y un cuerpo, por tanto en nosotros están presentes dos vidas: una espiritual y una natural. Una persona se realiza solo si ambas vidas están presentes en sí mismas y el deseo es que siempre sean dos porque, con la muerte espiritual, el hombre es como estuviese dividido y escindido en sí mismo. Esta es la fealdad del pecado que destruye el ser humano, porque mata la realidad más importante, la espiritual.

La vida natural tiene determinadas connotaciones: cada uno de nosotros está caracterizado por un nombre, por una historia familiar y por la pertenencia a una comunidad, a un Estado. La vida espiritual en cambio se alimenta de la Eucaristía y tiene una relación trinitaria, por tanto las connotaciones de la vida espiritual son dos: la realidad eucarística y la trinitaria.

El alma sin Eucaristía, que es fuente de gracia, no crece, no puede testimoniar a Dios su fidelidad y su amor y no puede tener con Dios la relación que el Creador desea tener con cada criatura.

La Eucaristía es también una realidad que une cada ser humano a sus hermanos y en esta unión no hay diferencia de roles jerárquicos sino de responsabilidad. Delante de Dios, por tanto, un simple fiel, un alma consagrada, un sacerdote, un obispo o el mismo Papa, son diferentes, ya que Dios los llama a vivir misiones diferentes pero no porque ocupen una posición diferente en la jerarquía eclesiástica.

La Eucaristía realiza al hombre en su realidad más íntima espiritual. Hoy tenemos un motivo más para cantar el “Te Deum” de acción de gracias al Señor. Los hombres de la Iglesia han tratado de reducir la Eucaristía, acción y presencia real de Dios, a un sencillo memorial de lejanos siglos. Todo esto habría llevado gradualmente al hombre a un desapego tal de Dios, origen de la vida, que ya no sería capaz ni siquiera de dialogar con Él. Dios intervino y se aseguró de que la vitalidad que proviene de la Eucaristía no fuera quitada ni eliminada, sino que fuera restituida con mayor generosidad y amor por parte de Dios.

Nosotros los cristianos tenemos una vida espiritual porque somos eucarísticos. La expresión “mujer eucarística”, atribuida a la Virgen y presente en la famosa encíclica de Juan Pablo II Ecclesia de Eucharistia, no le ha gustado en absoluto a Dios, porque no es adecuada para Ella y no indica la relación con la Eucaristía. Nosotros en cambio, en lo referente a la Eucaristía, podemos decir: “El hombre de la Eucaristía, el joven de la Eucaristía, el niño de la Eucaristía, el sacerdote de la Eucaristía y el Obispo de la Eucaristía”. También mi misma ordenación sacerdotal primero y episcopal después, no habría tenido consistencia y vitalidad si no estuviese injertada y plantada en la Eucaristía; gracias a ella he recibido aquella fuerza que me ha servido a mí y que os he transmitido.

Puedo hacer mías las palabras de San Pablo: “Haceos mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11,1), por tanto si en el ser espiritual de un alma está presente la Eucaristía, entonces hay vida, gracia y amor. Así el hombre es capaz de responder a Dios y de empezar con él una relación, un diálogo, una relación trinitaria y eucarística.

Nosotros, desde niños, hemos sido educados a dirigirnos a Cristo y así los Sacramentos, la oración, la palabra del Evangelio tenían una finalidad que estaba estrictamente limitada a la relación con Cristo. Sin embargo tenemos que tener una relación viva con toda la Trinidad, no solo con Dios Hijo, sino también con Dios Padre y Dios Espíritu Santo. Mirad, este es otro motivo para gritar nuestro “Te Deum”. Gracias a nuestra fidelidad a Dios, a los mensajes que él nos ha dado, a los diálogos que ha permitido tener al Obispo y a la Vidente con Él, en la Iglesia hemos plantado una nueva semilla, que nos lleva a descubrir el Amor de Dios Padre.

Hasta hace poco tiempo, en nuestras oraciones, Dios Padre estaba presente de manera modesta y escasa. Las Iglesias dedicadas a Jesús, a sus misterios y a sus títulos, son mucho más numerosas que las dedicadas a Dios Padre, hay una desproporción enorme, inmensa y no justificable. Dios Padre es la fuente de la divinidad, Dios Padre engendra al Hijo y de Dios Padre procede el Espíritu Santo. En las pocas ocasiones en la que nos dirigíamos a Dios u oíamos hablar de Él, era presentado como inaccesible o lejano. Nos dirigíamos a él con temor y con una reverencia mezclada con el miedo, pero el Señor no quiere esto, por esto se ha manifestado por lo que él es. Tenéis que saber que Dios Padre en el Paraíso bromea, juega con las almas y también con los presentes. ¿Os maravilláis de esto? Es la verdad. Sólo quien ha estado en el Paraíso y ha experimentado estas realidades puede testimoniar la autenticidad de todo esto, los demás tienen que callar y escuchar. Dios es el Papá que va al encuentro de sus hijos, que se alegra. A veces también los puede reñir, pero nos ama con un amor elevado e incomprensible.

Nuestra relación tiene que ser trinitaria: si Cristo está presente, está presente también el Padre y no olvidemos a la Tercera Persona, el Espíritu Santo, probablemente el más olvidado. Sin Su poder no existe la Eucaristía, solo por el poder del Espíritu Santo el misterio eucarístico está presente, actual en cada minuto, en cada siglo, en cada momento de la Historia de la Iglesia. La gracia, la remisión de los pecados, nos es dada por la efusión del Espíritu Santo, el cual nos hace firmes testigos de la verdad, deseosos de defenderla y testimoniarla. ¡No tenemos que olvidar a la Trinidad!

No existe verdadero cristianismo, ni verdadera vida cristiana o una auténtica vida espiritual si no tenemos una relación continua e insistente con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Estos tres misterios, estas tres realidades no están en contradicción entre ellos, sino que además se amalgaman hasta convertirse en la misma realidad. Nuestra madre y maestra, la Madre de la Eucaristía, nos ha enseñado, sorprendiendo incluso a los teólogos, que en la Eucaristía está la presencia real de Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Desde esta tarde me gustaría una mejora: cuando oremos juntos elevemos nuestra mente, nuestra fe y nuestro amor a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo; incluso la señal de la Cruz nos tiene que recordar esto.

Cuando entramos en una Iglesia y nos arrodillamos ante el sagrario, en cuyo interior está presente la Eucaristía, nos arrodillamos ante Dios Padre, ante Dios Hijo y ante Dios Espíritu Santo; así también cuando recibimos la Eucaristía, en nosotros entra la Santísima Trinidad. Por esta razón no puede haber verdadera vida cristiana y una auténtica vida espiritual, si no está presente en nosotros la Eucaristía y la Trinidad. Este concepto no se ha dicho ni enseñado nunca, pero ha llegado el momento de regalar a la Iglesia también esta verdad que ya estaba presente, pero sin descubrir aún. Era necesario que alguien quitase el velo que la recubría para ofrecerla a los fieles y a todo el pueblo cristiano.

Nosotros no podemos prescindir de la Eucaristía, no podemos descuidar a la Santísima Trinidad. Ella está presente y trabajando en nosotros, esta es una certeza que hay que conservar, custodiar celosamente y ofrecer a los demás.

¡Cuántos motivos hay para dar gracias a Dios! ¡Cuántas gracias nos ha dado Él, cuánto bien hemos hecho! Y pues, cuando el mismo Dios Papá se dirige a nosotros y nos dice: “Gracias por todo lo que habéis hecho por la Iglesia”, con humildad pero con sinceridad, tenemos que ser conscientes y decir: “Sí, grandes cosas hemos hecho porque Tú, Señor, nos has llamado a hacerlas, y nos has dado la gracia para hacerlas”. Tenemos que ser agradecidos por todo esto hacia Dios y sinceros con nosotros mismos.

La Iglesia está cambiando: como un campo de grano tiene necesidad de ser arado y el arado tirado por los bueyes debe abrir los surcos. En este momento, me siento como un buey, y lo digo con respeto, justamente porque en el campo de Dios he trabajado para cavar estos surcos, en los que hemos tirado la semilla que ya ha producido algunas plantas exuberantes. En este campo, que representa la Iglesia, crecerán nuevas plantas igualmente fuertes y floridas. Dios es celoso de su campo, lo defiende y lo protege.

Ha llegado también el momento, y espero que esto se realice pronto, en el que los pastores infieles, los mercenarios, serán rechazados y denunciados. Esta es otra tarea que Dios ha reservado a nuestra comunidad, al Obispo y a la Vidente de nuestra comunidad.

Los pastores tendrán que asemejarse a Cristo buen pastor como está escrito en el Evangelio de Juan: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor ofrece la vida por sus ovejas” (Jn 10,11). Cada sacerdote u obispo tiene que ser el buen pastor por las almas que Dios le ha confiado.

Jesús ha dicho: “Yo soy la puerta: si uno entra a través de mí, será salvado; entrará y saldrá y encontrará pasto” (Jn. 10,9) y es por medio del sacerdote, del obispo, buen pastor, que las almas tienen que entrar en el redil donde encontrarán calor, protección y el alimento necesario para alimentarse y crecer.

Mirad, tenemos tantos motivos para elevar a Dios este “Te Deum”, que empezó la tarde el 8 de marzo de 1963, cuando, en la penumbra de la capilla dedicada a la Virgen, con el título de “Nuestra Señora de la Confianza”, recé intensamente a Dios para que, gracias a la intercesión de María, pusiese en mi corazón un gran amor hacia la Eucaristía y una fidelidad absoluta a su Palabra.

Después de cuarenta y cuatro años de sacerdocio creo poder decir: “Sí, Señor, Te he sido fiel, Te he amado en la Eucaristía, he creído en el misterio trinitario, Te he hecho conocer y amar, presentando Tu Palabra a mis hermanos. He sido el buen pastor para todas las almas que Dios me ha confiado”. Quiero decir y cantar este himno de agradecimiento a Dios, junto a vosotros que habéis estado a mi lado en los años más duros, dolorosos y tremendos de este Sacerdocio y de estos primeros nueve años de Episcopado.

¿Cuántos años de Sacerdocio y de Episcopado tendré que ejercer todavía? Lo sabe Dios, lo que cuenta es que cada instante, pequeño o grande que concierne a mi historia, sea vivido con el mismo entusiasmo de mis veinticuatro años, cuando al pie del altar, antes de recibir el Sacerdocio, Te consagré a Ti, Dios Uno y Trino mi vida.

A Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, realmente presentes en la Eucaristía, sean dadas la alabanza, el honor y la gloria. Amén.


Reflexión después de la Aparición del 9 Marzo 2007

Hoy habéis dedicado esta jornada a mi sacerdocio, a mi episcopado y os lo agradezco porque, a pesar de haber tenido continuamente apoyo y ayuda de Dios, nunca como en este momento, siento la necesidad de poder contar siempre, incluso psicológicamente, con vuestra participación. Sentirse solo en la lucha te hace padecer, pero poder compartir y saber que hay tantas personas, no sólo vosotros en este lugar, sino también otras en todo el mundo que rezan por el Obispo ordenado por Dios, me da la fuerza de seguir adelante. A veces la tentación de desistir predomina porque prevalece la fragilidad humana, se siente debilidad y cansancio, especialmente desde un punto de vista físico y natural y resuenan las palabras que Jesús dijo a los apóstoles: “Orad para no caer en tentación, el espíritu es fuerte, pero la carne es débil”. El espíritu es fuerte porque se alimenta y se sostiene con la fuerza de Dios, con Su poder, como ha ocurrido durante el coloquio largo y afectuoso con Dios Padre, un coloquio entre padre e hijos. Sentía a mi papá que hablaba, en mi mente discurrían veloces las imágenes de estos cuarenta y cuatro años y me he sorprendido, quizás nunca como hoy he visto y recordado todo lo realizado, primero solo y luego cuando empecé la misión con Marisa; hemos hecho verdaderamente cosas grandes, enormes, inmensas. Por primera vez, cuando me he parado a ver la grandeza de lo que se ha realizado, he pensado en las palabras de Jesús: “Haréis cosas más grandes que yo”. Dios ha revertido la situación en la que estaban tratando de silenciar la Eucaristía y devolvió a la Iglesia la centralidad de la fe, el amor hacia la Eucaristía, la fuerza para luchar abiertamente y sin retirarse ante la arrogancia de personalidades de alto rango que se sentían, incluso, omnipotentes. Dios nos ha dado la perseverancia de recorrer todas las estaciones del Vía Crucis, espero haber llegado a la última o al menos a la penúltima, porque he recorrido tantas en estos treinta y seis años de misión, he recorrido muchas en mis cuarenta y cuatro años de sacerdocio. La claridad y la lucidez con la que me he dirigido a los grandes hombres de la Iglesia y de la Tierra, me han hecho comprender que Dios estaba totalmente de nuestra parte. ¿Cómo habría podido una sencilla criatura tener esta perseverancia, este valor, esta fuerza indómita que no es humana? De todos modos tengo que admitir que los momentos de debilidad son muchos, pero son necesarios para no enorgullecerse y también porque, y de esto hablaré durante la homilía, la revelación sobre la paternidad de Dios es un don que el Señor hace a Su Iglesia a través de dos humildes criaturas. Hay que ver las cosas con los ojos de Dios. La misma realidad, la misma persona puede ser vista por Dios de un modo y por los hombres de otro. Dios dice a dos criaturas: “Vosotros sois mías, Yo os he escogido, vosotros sois mis apóstoles, mis profetas, los santos que Yo he hecho tales con Mi gracia”. Sin embargo los hombres con respecto a estas dos criaturas dicen: “Sois rebeldes, indóciles, habéis roto la Iglesia, sois la ruina de la Iglesia”; el que tiene esta responsabilidad no soy yo, sino otra persona: a buen entendedor pocas palabras bastan.

Aunque lo que humanamente puede ser detestable, como el sufrimiento, se puede ver poniéndose de parte de los hombres o de parte de Dios; estamos hablando de un argumento delicado, difícil de tratar y sobre todo de comprender, porque el sufrimiento no se entiende nunca. Podemos esforzarnos, pero es humano preguntarse cuándo terminará o el porqué de tanto sufrimiento y si no ha sido ya suficiente el de Jesucristo. Uno se pregunta por qué los hombres están llamados a beber este cáliz con Él, pero es Jesús mismo el que ha dicho a sus dos hermanos: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?” y ellos han respondido: “Si que podemos”. Entonces decimos también nosotros: “Sí, podemos beber este cáliz”, pero os puedo asegurar, porque lo he experimentado, que la sangre de Jesús es dulce, es suave. Cuando hubo el gran milagro del 11 de junio del 2000, consumí la hostia de la que había emanado la sangre y sentí la dulzura, la suavidad, el perfume, mientras que la sangre normalmente suscita un sentido casi de rechazo. La sangre de Cristo que fluye para hacer el desierto fértil y exuberante es más que suficiente, pero Él quiere que nuestra sangre esté unida a la de Él. ¿Sabéis cómo reconoce Dios y sabe distinguir la sangre de Su Hijo y la sangre de los que son llamados a colaborar a la pasión con su Hijo? ¡Por el color! La sangre de Jesús es más roja, más encarnada, más luminosa, más potente y los que ofrecen a Dios, a través del sufrimiento, su propia sangre tiene una gradualidad de colores, de intensidad y de perfume más tenue. Los que son más cercanos a Dios tienen la sangre más semejante a la de Cristo, por tanto, hay mayor acercamiento. El Señor ha hablado de esta sangre incluso a través de los signos: la sangre emanada de la hostia y las lágrimas de la Virgen; la sangre de María es la más idéntica, más semejante y casi se confunde con la de Cristo y a aquellos que se han asombrado de cómo de la estatua de la Virgen emanase una sangre que, examinada, ha resultado ser masculina, es porque es la sangre de Jesús. La sangre de Jesús y la sangre de la Virgen son idénticas, es la misma sangre, podía ser masculina o femenina, podéis casi entender el lenguaje de la sangre por Dios. Dios llama a quién ama más, quien ofrece la sangre más semejante a la de Su Hijo, Él no se confundirá nunca porque sabe distinguir. Es la semejanza la que cuenta y repito, el color, la suavidad, el perfume dependen de la capacidad de amar y de la capacidad de sufrir. De esta manera podemos entender más a Dios. Esta mañana nos ha repetido a menudo que es nuestro papá, pero pide el sufrimiento, pide esta sangre, casi ha implorado que le demos aún un poco de tiempo en un momento tan duro, tan violento, tan atroz, bajo algunos aspectos y, nosotros se lo damos, a veces de mala gana, a veces con miedo, pero yo he experimentado siempre que durante los coloquios con Dios me siento más fuerte. Sucede como con los niños que cuando hablan con los padres se sienten protegidos, después cuando los padres no están porque trabajan o están ausentes por otros motivos se sienten casi confundidos, inciertos; necesitaríamos de una presencia continua de Dios para sentirnos completamente a gusto, tranquilos y seguros y ver las cosas como las ve Él. La persona que, respeto a nuestra comunidad, al resto del mundo, a toda la Iglesia, tiene la sangre más semejante a la de Cristo es nuestra hermana Marisa, que se está consumiendo en un sufrimiento continuo. Pero Dios es papá y si no hubiera una continua intervención de Dios, el sufrimiento la llevaría a situaciones todavía más atroces y más dramáticas. La ayuda está ahí, si no estuviera estaríamos desesperados; incluso ni el cuidado humano, ni la clínica más equipada, ni el consejo de los mejores maestros podría calmar estos sufrimientos; pero la lógica de Dios, que a veces es diferente de la nuestra, nos confunde. Hoy es la fiesta del Obispo que Él ha ordenado y la víctima ha sufrido más que los otros días; es un sufrimiento enorme. Hoy Dios ha dicho que los beneficios de los sufrimientos de Marisa y, de rebote, los del Obispo ya no irán a favor de los sacerdotes y es una decisión dramática: el que no se haya convertido ya no tiene la posibilidad de convertirse y, por desgracia, para estos habrá el infierno. Pueden ser poderosos, pueden ser personajes de los que hablen lo periódicos y la televisión pero si no son de Dios para ellos ya no hay posibilidad; es tremendo esto. Dios ha sido paciente por mucho tiempo, ¡pero ahora ha dicho basta! Sobre todo los grandes hombres pueden continuar todavía haciendo buena o mala cara, repartiendo alegrías e infligiendo sufrimiento, pero pagarán todo en el juicio de Dios y para ellos, después de su muerte ya no habrá posibilidad de cambiar, de convertirse. Hacen reuniones, congresos, seminarios, estudios, celebraciones, reúnen personas, pero nunca los enfermos, los pobres, los encarcelados ni los afligidos han participado nunca en estas reuniones, incluso eclesiásticas. La paternidad de Dios, sin embargo, se dirige hacia los últimos, los pequeños, los débiles porque el Señor piensa en ellos, les da Su ayuda y pide a los buenos que recen y sufran para que la situación de estas personas pueda cambiar. Yo anticipo incluso una pregunta vuestra: “¿Pero es que Dios tiene necesidad de esto? ¿No lo puede hacer por propia iniciativa Suya? También lo hace de iniciativa propia, pero Su respeto es incomprensible porque nos eleva a la dignidad de ser sus colaboradores, esta es la grandeza. Los hombres se vanaglorian de ser un colaborador o una colaboradora de un presidente, de un rey, de un ministro, pero nosotros somos colaboradores de Dios, ¿lo habéis pensado alguna vez? También podéis ponerlo en la tarjeta de presentación y yo lo pondré: colaborador de Dios. Por esto Dios nos ama y nos respeta y los hombres no pueden hacer nada. Él ha dicho: “Yo juzgo y no me importa lo que piensen los hombres. Si Yo, Dios, digo que dos personas son santas, aunque los hombres piensen de distinta manera, a Mi no me importa su juicio, porque el único que vale es el Mío”. Humanamente hablando, en los meses pasados había pensado y esperado que celebraríamos este 9 de marzo en un clima diferente, en parte porque había releído y escuchado ciertas revelaciones, pero desde que, hace pocos días, Marisa me reveló sus secretos que se refieren a la Iglesia y al mundo dije: “Dios mío, ¿tan bajo hemos llegado? ¡Son tremendos! Pero no se refieren a los castigos, debido a las terribles situaciones a las que ha llegado el hombre, hay necesidad de purificación, de redención. Estos secretos, de los que estamos al corriente, nos consumen y hacen sangrar nuestro corazón; algunas personas deberían ser reemplazadas para que no puedan dañar más. No sé si Dios querrá que sean revelados y conocidos, pero os deseo que nunca los sepáis. Es verdad, ya he dicho varias veces que en esta circunstancia que no se trata de no rezar más o sufrir por los sacerdotes, pero esta tarde no puedo olvidar a los que fueron ordenados conmigo en el lejano 1963, y también porque para algunos de ellos, como lo reveló Dios Padre, el Señor tiene designios particulares. Entonces, aunque solo sea porque comparten conmigo los años de formación del seminario, os pido que oréis por estos sacerdotes a quienes también les he dirigido cartas y le he pedido a Dios que les dé suficiente luz, especialmente a los buenos, para que las entiendan y acepten. Entenderlas es fácil, aceptarlas quizás es menos fácil, es mucho más difícil, por eso os pido oraciones por mis compañeros de seminario, también porque, hace algunos días, uno de ellos vino a recoger estas cartas y le prometí que os haría rezar por ello, así que quiero mantener el compromiso. Seguro que Dios Padre no me reñirá por eso, son hijos suyos y esta S. Misa es un himno de agradecimiento a Dios, un Te Deum que enlaza uno después del otro los cuarenta y cuatro años, desde el 9 de marzo de 1963 al 9 de marzo de 2007. Es un Te Deum largo, que casi no finaliza nunca y me gustaría que, al menos espiritualmente, lo cantaseis junto a mí. No sé si podréis encontrar alguna copia en alguna parte, pero si lo lográis al final de la celebración eucarística yo lo leeré y vosotros lo escucharéis. Me ha venido ahora a la mente, no he podido preparar nada antes. Ahora os he hablado con el corazón en la mano, todo lo que os he dicho esta tarde ha salido del corazón, no he necesitado reflexionar sobre lo que os diría, os he hablado con amor, con el corazón y también con un cierto sufrimiento. Hoy el Señor, Dios, me ha hecho dos regalos: el coloquio con Él y una carta personal; sí, Dios me ha escrito una carta personal, y termino repitiéndoos justamente una expresión que el Señor me ha dicho: “Muéstrales a tus hijos que estás feliz por mí". Esto es todo.