Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Oración pronunciada por S.E. Mons. Claudio Gatti el 25 noviembre 2007


Ésta es la oración que S.E. Mons. Claudio Gatti, Obispo ordenado por Dios, ha pronunciado espontáneamente delante de la Eucaristía que ha sangrado en ocasión de la fiesta de Cristo Rey.

Primer momento

Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, presente realmente en cuerpo, sangre, alma y divinidad en la Eucaristía, nosotros reverentes, orantes y adoradores estamos aquí delante de Ti pero, probablemente, por primera vez, no nos sentimos solos. Yo siento, o mejor, Tú haces sentir al lado del Obispo que Tú has ordenado, la presencia de cincuenta y un obispos y de sesenta y siete sacerdotes que, por tu intervención y en bilocación, has querido que yo ordenase. Hay cardenales y obispos que me has indicado. Has prometido que me indicarías otros, porque tendrán que ser colaboradores de tu Obispo para hacer triunfar a la Iglesia. A mi lado están, idealmente, todos aquellos sacerdotes que, en lo íntimo de su alma creen, aprecian y bendicen tus obras pero, por desgracia, el abuso de poder de quién no Te representa, de quien no está unido a Ti, les impide manifestar la plena adhesión a tus intervenciones, grandes y milagrosas. Por primera vez somos verdaderamente la Iglesia universal en todas sus expresiones y manifestaciones.

A los ojos de los hombres parecemos un pequeño grupo, pero Tú, Dios mío, junto a la Madre de la Eucaristía y a todos los ángeles y santos del Paraíso, veis ampliarse este templo y esta basílica que Tú amas tanto, y acoger la Iglesia del futuro, la Iglesia del amor, la Iglesia de la gracia, la Iglesia de la Eucaristía, la Iglesia de tu Palabra. Ampliándose desmesuradamente, estas humildes paredes acogen a un pueblo numeroso, guiado finalmente por pastores según tu corazón. Gracias, Dios mío, gracias mi Señor, gracias mi Rey, porque has hecho sentir a mi pequeño corazón estas sensaciones tan fuertes, conmovedoras y abrumadoras. Jesús yo pido a tu Madre y nuestra, que encienda en mi corazón, el fuerte ardor eucarístico, para que yo pueda darlo a mis hermanos que, a su vez, tendrán que convertirse en velas, antorchas y faros, en un mundo donde, por desgracia, la oscuridad aún domina. Estas son tus lámparas, que alumbran las tinieblas e iluminan y preparan tus caminos reales. Sí Jesús, vuelve pronto a tomar posesión de tu Iglesia que, por desgracia, manos burdas y corazones de mercenarios han ensuciado, herido y robado. Pero tú estás allí, Dios Omnipotente y Omnisciente, esperando el momento que tu voluntad haya decidido, cuando derrotarás a los orgullosos y levantarás a los humildes. En mi nombre, de mis hermanos y de mis hermanas, que me has confiado como hijos e hijas, quiero renovarte nuestra más total y completa adhesión a tu voluntad. El buen ladrón te ha llamado “Jesús”, él no te ha dicho Señor, no ha dicho Mesías, ha dicho Jesús, quiere decir que tu gracia había entrado en su corazón, antes de que él pronunciase estas palabras, y sintió hacia ti intimidad, familiaridad y amor, que le han permitido llamarte con tu nombre tan dulce, suave e omnipotente: ¡Jesús! Él dijo: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Tomo en préstamo y adapto a nuestra situación estas palabras y Te digo: “Jesús, acuérdate de nosotros ahora que estás en tu reino”, pero luego reflexiono sobre ello y digo: “Pero nosotros somos tu reino, Jesús”, por tanto quédate con nosotros, no nos dejes, no nos abandones, porque tenemos necesidad de tu presencia, tenemos necesidad de sentirte cercano a nosotros, tenemos necesidad de sentirte presente en medio de nosotros. Lo sé, muchas veces, una cantidad innumerable de veces, te has hecho presente en medio de nosotros y entre nosotros, de todos modos tu omnipotencia y, sobre todo, tu amor se han expresado en todos estas años en los que las apariciones de la Madre de la Eucaristía nos han cambiado a nosotros, y junto a nosotros, después de nosotros, han cambiado multitudes enormes. Sí Jesús, también hoy es un día de tu triunfo, también hoy es un día de tu victoria, también hoy es un día que manifiesta tu soberanía. Los hombres pueden creer o hacer lo que quieran, pero la victoria te pertenece a Ti, el triunfo es tu derecho, tú eres Rey porque eres nuestro creador, nuestro Mesías, eres Rey por derecho, eres Rey de conquista, porque nos has conquistado uno a uno, llevándonos desde la orilla del pecado a la orilla de la gracia y, en medio, está la redención que purifica, une y sana conciencias enteras. Oh Jesús, qué dulce es hablarte pero, sobre todo, qué dulce es escucharte. Eh ahí porque yo deseo que a mis oraciones se unan las invocaciones y también los lamentos, tú permites y quieres también esto, de todos mis hermanos y hermanas que, ahora, realmente y físicamente me circundan. Pero escucha también las oraciones y las súplicas de todos los que tú haces presente en este momento alrededor tuyo y cerca de mí, para sostenerme y para llevar adelante, con renovado vigor, con nueva fuerza y con exuberante esperanza, tu misión, junto a la víctima de la eucaristía que, una vez más, ha tenido que renunciar a la alegría de participar de este encuentro de oración porque, según tus designios a veces inescrutables, Tú has querido que estuviese unidad a Ti toda la noche, en un sufrimiento total, para poder estar contigo y compartir tu pasión y muerte, en la espera de tu resurrección y la nuestra. Jesús, Tú sabes que nosotros Te amamos, estas son las palabras de Pedro, aquél que has llamado para ser el primer Papa en la historia de la Iglesia y, junto a él, nosotros Te respondemos a Ti, que nos preguntas: “¿Me amáis?”. Sí, Jesús, con todos nuestros límites, con todos nuestros defectos, con todas nuestras faltas, a veces también pecados, nosotros Te amamos; ten compasión de nosotros, acéptanos tal como somos, transfórmanos como Tú quieres y, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, alabanza, gloria y honor, por todos los siglos de los siglos. Amén.


Segundo momento

Tú no has bajado de la Cruz, porque ésta era la voluntad divina y sólo de este modo podías, como realmente has hecho, salvarnos del pecado a nosotros tus hermanos. Del mismo modo, y nosotros lo queremos recordar, el 26 de noviembre de 1995 Tú fuiste una vez más objeto de burla, pero no prestaste atención a lo que los hombres decían para burlarse de ti e ironizarte, actuaste, una vez más, de acuerdo con tu estilo divino. Ante las ofensas has reaccionado con amor y realizando grandes obras. Si la Iglesia hoy ha puesto de nuevo al centro de su catequesis y de su fe a Ti, Jesús Eucaristía, se debe a aquel milagro ignorado, denigrado por los hombres que se ha convertido, sin embargo, faro de luz que ha iluminado a todo el mundo. El 10 de enero del 2000 hemos podido celebrar el triunfo de la Eucaristía, empezado exactamente el 26 de noviembre de 1995, cuando has obrado el milagro, denigrado por los hombres, pero grande delante de Dios, no podemos olvidar lo que, desde un punto de vista natural y físico, ha sucedido: un terremoto tendría que trastornar y abrumar a Roma; de esto también hay signos en los instrumentos que indicaban que algo subterráneo había sucedido. Aquel terremoto no se verificó justamente por el amor y el poder de la Eucaristía. Tú has intervenido, Tú Creador de todo, autor de la naturaleza, has impuesto a la naturaleza que no se manifestase de manera destructiva, sino en la forma de esperar tus signos y dar la bienvenida a la vida del hombre. Señor, gracias, porque has obrado aquel gran milagro que queremos recordar a todos, porque tu amor se manifiesta y se manifestará siempre y de todos modos sobre un altar, sobre una cruz, dentro de un pesebre, porque ya la Navidad está a las puertas. Por Cristo nuestro Señor. Amén.