Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Homilía de S.E. Mons. Claudio Gatti del 6 abril 2008

III DOMINGO DE PASCUA (AÑO A)
I Lectura: Hc 2,14.22-33; Salmo: Sal 15; II Lectura: 1Pe 1,17-21; Evangelio: Lc 24,13-35

El acontecimiento de la Resurrección ha tenido tres categorías diferentes de testigos: las mujeres, los apóstoles y los discípulos. ¿Por qué justamente las mujeres primero? Ellas fueron muy generosas con Jesús y con los apóstoles: de hecho desde el octavo capítulo del Evangelio de Lucas se menciona un grupo de mujeres que seguían al Señor y a los apóstoles y los sostenían en las necesidades cotidianas. Por otra parte, las mujeres fueron más valientes que los apóstoles, porque se quedaron a los pies de la cruz y asistieron a María en el momento dramático y crucial de la muerte de su hijo; es justo por tanto que a ellas las primeras les fuera revelado el acontecimiento glorioso de la Resurrección. Es lógico también que los apóstoles, teniendo el trabajo de testificar y enseñar en todo el mundo lo que Jesús realizo, hayan sido también estos testigos de la Resurrección. En la primera lectura Pedro, junto a los otros apóstoles, realiza muy bien la misión de dar testimonio de Jesús.

El día de Pentecostés, Pedro con los Once se levantó y en voz alta habló así:

“Hombres de Israel, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret – hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y señales, que Dios mismo hizo entre vosotros por obra suya, como bien sabéis -, entregado a vosotros según el designio preestablecido y proyectado por Dios, vosotros, por medio de los paganos, lo habéis crucificado y lo habéis matado.

Pero Dios lo ha resucitado, liberándolo de los dolores de la muerte, pues era imposible que la muerte dominara sobre él.

Porque David dice de él:

Veía siempre al Señor en mi presencia, lo tengo a mi derecha, y así nunca tropiezo. Por eso se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, todo mi ser descansa bien seguro, pues tú no me entregarás a la muerte ni dejarás que tu fiel amigo vea la corrupción. Me has enseñado el camino de la vida me has llenado de gozo

en tu presencia”.

Hermanos, hablemos con franqueza. El patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro subsiste entre nosotros hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había jurado solemnemente sentar sobre su trono un descendiente suyo. Por eso previó y anunció la resurrección del mesías cuando dijo que no sería abandonado en el abismo ni su cuerpo vería la corrupción.

Dios ha resucitado a éste, que es Jesús, de lo que todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu

Santo, objeto de la promesa, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.

Vayamos ahora a la tercera categoría de testimonios: los discípulos.

“Aquel mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos trece kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos; mientras ellos hablaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar con ellos. Pero estaban tan ciegos que no lo reconocían.

Y les dijo: «¿De qué veníais hablando en el camino?». Se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, llamado Cleofás, respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha sucedido en ella estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo, cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, pero a todo esto ya es el tercer día desde que sucedieron estas cosas. Por cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han dejado asombrados: fueron muy temprano al sepulcro, no encontraron su cuerpo y volvieron hablando de una aparición de ángeles que dicen que vive. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron todo como las mujeres han dicho, pero a él no lo vieron». Entonces les dijo: «¡Qué torpes sois y qué tardos para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que Cristo sufriera todo eso para entrar en su gloria?». Y empezando por Moisés y todos los profetas, les interpretó lo que sobre él hay en todas las Escrituras. Llegaron a la aldea donde iban, y él aparentó ir más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque es tarde y ya ha declinado el día». Y entró para quedarse con ellos. Se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces sus ojos se abrieron y lo reconocieron; pero él desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Se levantaron inmediatamente, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a sus compañeros, que decían: Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”. Y ellos contaron lo del camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lc 24, 13-35)

El Evangelio de hoy cuenta la aparición de Cristo resucitado a los dos discípulos que iban de camino a Emaús, pero nosotros sabemos por nuestro queridísimo amigo Pablo, que Jesús se manifestó a otros quinientos discípulos. ¿Cómo es que en el Evangelio de Lucas esta manifestación de Jesús a los discípulos de Emaús ocupa un espacio principal respeto al de los apóstoles y al de las pías mujeres?

La respuesta la he encontrado en la narración evangélica misma: los dos discípulos después de haber escuchado las palabras de Jesús referentes al Mesías y después de haberlo reconocido al partir el pan, se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». He ahí porque esta narración ocupa una parte prioritaria del Evangelio de Lucas: para hacernos comprender que tenemos que conocer, meditar, reflexionar y difundir a los demás la Palabra de Dios. Es justamente esta la enseñanza sacada de esta narración.

Y ahora permitidme que abra un paréntesis porque cuando he hablado de las pías mujeres me ha venido a la mente un concepto nuevo. En la Iglesia, durante siglos, se ha transmitido la susodicha sucesión apostólica: los apóstoles ordenaron a otros obispos, a sus sucesores, y así hasta nuestros días. He pensado, por tanto que, al lado de la sucesión apostólica, hay otra sucesión, la “mujeril”, que se refiere a vosotras las mujeres. A las mujeres que han asistido a Jesús y a los apóstoles les han sucedido otras mujeres que han prestado servicio y ayuda a los sucesores de los apóstoles; hoy estáis vosotras, queridas hermanas, que ayudáis y asistís al único Obispo ordenado por Dios después de los apóstoles, que os comprometéis en el servicio en este lugar taumatúrgico: sois el último y precioso anillo en la sucesión mujeril.

Deseo que después de vosotras, en la Iglesia, haya otras y más numerosas mujeres que puedan llevar adelante este carisma, que no es sólo un servicio material, sino también un servicio de colaboración cada vez más importante y respetable al lado de la jerarquía católica. He usado la palabra servicio para indicar que todos nosotros somos siervos y este papel no es inferior como dignidad a todos los demás de la jerarquía eclesiástica; más bien es un oficio diferente, pero de igual dignidad ante Dios. ¿Os gusta esto?

He ahí la importancia de la Sagrada Escritura, por lo que hoy creo que la homilía nos la hace S. Pedro con el pasaje de los Hechos de los Apóstoles. Pero tengo que añadir un concepto nuevo sugerido por el Cielo, porque este pasaje pueda ser incrustado en una óptica más clara y en un contexto muy importante. Para mí es motivo de consolación y no presunción ser ayudado por el Señor para comprender mejor las Sagradas Escrituras.

En los versículos precedentes a los que hemos leído, en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles, hay algo muy importante. Poco después de la venida del Espíritu Santo los apóstoles manifiestan inmediatamente el fruto de los carismas recibidos: “Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresar” (Hc 2, 3-4). Estos, después de haber recibido el don del Espíritu Santo, llenos de fuerza y de valor fueron al templo, porque era el principal lugar de congregación de todo el pueblo judío. ¿Y qué se notó? “Al oír el ruido, la multitud se reunió y se quedó estupefacta, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Fuera de sí todos por aquella maravilla, decían: «¿No son galileos todos los que hablan? Pues, ¿cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra lengua materna? Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, el Ponto y el Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las regiones de Libia y de Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las grandezas de Dios».» (Hc 2,6-11)

En el templo estaban presentes personas de religiones judías, pero de nacionalidades diversas que hablaban lenguas diversas y cada uno sentía a los apóstoles, no sólo a Pedro, hablar correctamente su propia lengua. Todo esto no habría podido ocurrir si no fuera por la intervención divina. Ante un acontecimiento tan grande y extraordinario, todos habrían podido reconocer la grandeza de lo que estaba ocurriendo, atribuirlo a Dios y darle gracias por esta manifestación de su poder. Por desgracia, en cambio “burlándose, decían: «Están borrachos». (Hc 2,13)

Así pues no es difícil compararlo con nuestra situación. Después de cerca de dos mil años Dios ha realizado grandes intervenciones en el lugar taumatúrgico, como los milagros eucarísticos y, como entonces, todavía hoy hay algunos que los han definido como fenómenos de feria, patología religiosa e intervención diabólica. Por desgracia, como veis, la historia no cambia y cuando en los hombres hay mala fe, hay pecado y alejamiento de Dios, Sus acciones son juzgadas negativamente: entonces eran juzgados borrachos, hoy locos o tramposos, la historia por desgracia se repite.

Nosotros, como Pedro, no nos tenemos que dejar influenciar por estas calumnias; Pedro respondió devolviéndoles la pelota: “«Judíos y habitantes todos de Jerusalén: percataos bien de esto y prestad atención a mis palabras. No; éstos no están borrachos, como vosotros suponéis, pues son las nueve de la mañana” (Hc 2, 14-15) Y aprovechó la oportunidad para hacer un discurso maravilloso presentando así a Cristo: “Israelitas, escuchadme: Dios acreditó ante vosotros a Jesús el Nazareno con los milagros, prodigios y señales que hizo por medio de él, como bien sabéis. Conforme al plan proyectado y previsto por Dios, os lo entregaron, y vosotros lo matasteis crucificándolo por manos de los paganos; pero Dios lo ha resucitado, rompiendo las ligaduras de la muerte, pues era imposible que la muerte dominara sobre él. (Hc 2,22-24)

La expresión, “Dios acreditó ante vosotros a Jesús el Nazareno con los milagros, prodigios y señales”, indica la naturaleza humana y divina de Jesús. El verbo acreditar significa conferir autoridad a un diplomático ante un gobierno extranjero, proveyéndole de cartas credenciales. Las credenciales que Jesús ha presentado al pueblo de Israel han sido los grandes y poderosos milagros que él ha realizado y, a pesar de estos, lo han condenado a la muerte de cruz.

“Hermanos, hablemos con franqueza. El patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro subsiste entre nosotros hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había jurado solemnemente sentar sobre su trono un descendiente suyo. Por eso previó y anunció la resurrección del mesías cuando dijo que no sería abandonado en el abismo ni su cuerpo vería la corrupción” (Hc 2,29-31).

Pedro aquí se dirige a los doctores de la ley, a los sacerdotes: estos profesan que tienen un alto respeto por la Sagrada Escritura y se ponen filacterias y rótulos en los vestidos o en la frente, pero luego ignoran lo que está contenido en ellos. De hecho, el patriarca David había profetizado que un descendiente suyo vencería la muerte y resucitaría; entonces ¿por qué los doctores de la ley que afirman que creen en las escrituras y que las defienden no creen en la resurrección del Mesías?

“Dios ha resucitado a éste, que es Jesús, de lo que todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo, objeto de la promesa, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo. Porque David no subió al cielo, sino que él dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que haga a tus enemigos estrado de tus pies. Tenga, pues, todo Israel la certeza de que Dios ha constituido señor y mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado». (Hc 2,32-36).

Según las leyes judaicas para afirmar y reconocer la verdad bastaban dos testigos y en este caso está el testimonio de los once apóstoles sobre la Resurrección de Jesús. Cristo fue condenado no habiendo ni siquiera dos personas que testimoniasen la misma cosa porque se contradecían; los testigos de la Resurrección de Jesús, además de los apóstoles, son también algunas mujeres entre las que estaban María Magdalena. Si se toman voluntariamente posiciones preconcebidas mintiendo descaradamente y estúpidamente, se va contra la verdad. Una vez la Madre de la Eucaristía dijo: “Aunque me dejara ver por todas las personas del mundo, muchas dirían que no son verdaderas las apariciones”, y como veis, por desgracia la historia se repite. Ante el gran milagro eucarístico del 11 de junio del 2000, algunos eclesiásticos han ido contra Dios y han pecado contra el Espíritu Santo; la cosa más absurda es que estos son conscientes que han caído en la excomunión porque el que ofende o profana la Eucaristía está excomulgado “ipso facto”, o sea sin necesidad de proceso. (Can. 1367 del Código de Derecho Canónico N.d.T.).

Esta ley vale para cada nivel de la jerarquía eclesiástica, desde el Papa al más modesto sacerdote. Es absurdo y tremendo todo esto: conocen las leyes del Código de Derecho Canónico, que ha sido revisado y actualizado teniendo en cuenta el Concilio Vaticano II, pero mienten sabiendo que mienten, profanan la Eucaristía y son conscientes de ser excomulgados. Algunos, lo habéis oído hoy de Nuestra Señora durante la aparición, no duermen por la noche y están turbados y, tengo que decir, que peor para ellos.

Nosotros ¿cómo nos situamos ante la verdad y los dones que el Señor nos ha dado?

Por desgracia, algunos que en el pasado formaron parte de esta comunidad, tanto sacerdotes como laicos, luego se convirtieron en nuestros más acérrimos enemigos, difundiendo calumnias, malevolencias e ignominias y es absurdo que, incluso habiendo visto con sus propios ojos los milagros eucarísticos, ahora los nieguen. La historia se repite o mejor el final de la historia es siempre lo mismo cada vez que encontramos corazones malvados, duros, deshonestos e hipócritas.

Yo tengo el deber de dirigiros a vosotros la misma pregunta que Jesús hizo a los apóstoles después que las cinco mil personas alimentadas con panes y peces lo abandonaron. Y la pregunta que Jesús ha dirigido a los apóstoles es la misma que también la virgen nos ha dirigido a nosotros más de una vez: “Y ahora ¿queréis iros también vosotros?”. (Jn 6, 67). Así pues tenemos que ser como los apóstoles después de la venida del Espíritu Santo: fuertes, valientes, preparados y no tener miedo de nada. En un cierto sentido vuestra vida, sólo bajo este aspecto, es más difícil que la mía; yo puedo ser calumniado, difamado, pero en el fondo aquí en mi casa no tengo contacto con estas serpientes y estos lobos, como la Virgen los ha definido. Vosotros en cambio, de una manera u otra tenéis contacto y cuando os encontréis con ellos, os pido que no huyáis. Si sois atacados, responded, no tenéis que tener miedo de nada; si no dicen nada, no digáis nada, pero si afirman cualquier cosa contra la verdad, que viene de Dios, no de mí, entonces tenéis el sacrosanto deber, posiblemente con calma y sin levantar la voz, de responder, de rebatir a las acusaciones y a las provocaciones con la verdad. Espero que hagáis esto; no tenéis que atemorizaros ni siquiera ante el párroco, el obispo o el cardenal, no voy más alta porque ahora es casi inaccesible el Papa Benedicto; pero si incluso él fuese contra la verdad, tenéis que corregirlo. ¿Habéis visto lo que ha hecho la Virgen con ocasión de aquel triste episodio que ha involucrado a los musulmanes? La Madre de la Eucaristía ha dicho que debería disculparse. Habéis tenido el ejemplo, tenéis la capacidad, estáis preparados, por tanto tratad de seguir a los apóstoles, tratemos de seguir a Cristo y a la Madre de la Eucaristía. Como Jesús ha mandado a los apóstoles, también yo os mando en medio de los lobos y en medio de las serpientes; no tenéis que provocar, os pido que defendáis la verdad y las obras de Dios ocurridas aquí en el lugar taumatúrgico. Defended al Obispo y a la Vidente, defended los grandes milagros eucarísticos y las apariciones. En el fondo, podemos decir y concluir, defendeos vosotros mismos, vuestras elecciones, vuestros valores y vuestras ideas.