Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Homilía de S.E. Mons. Claudio Gatti del 4 de mayo 2008

ASCENSION DEL SEÑOR (AÑO A)
I Lectura: Hc 1,1-11; Salmo: Sal 46; II Lectura: Ef 1,17-23; Evangelio: Mt 28,16-20

“Querido Teófilo: En mi primer libro traté de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que subió al cielo después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había elegido bajo la acción del Espíritu Santo.

Después de su pasión se presentó a ellos, dándoles muchas pruebas evidentes de que estaba vivo: se apareció durante cuarenta días y les habló de las cosas del reino de Dios. Una vez que estaba comiendo con ellos les mandó que no saliesen de Jerusalén, sino que aguardasen la promesa del Padre, de la que os hablé; porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.

Los que estaban con él le preguntaron: «Señor, ¿vas a restablecer ya el reino de Israel?». Les respondió: «No os toca a vosotros saber los tiempos y las circunstancias que el Padre ha fijado con su autoridad; pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros para que seáis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra».

Dicho esto, lo vieron subir, hasta que una nube lo ocultó a su vista. Ellos se quedaron mirando fijamente al cielo mientras él se iba, cuando se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús que acaba de subir al cielo volverá tal como lo habéis visto irse al cielo». (At 1,1-11)


En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había dicho. Cuando lo vieron, ellos adoraban. Pero dudaron. Jesús se acercó y les dijo: "Me dieron toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28,16-20)


La primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles y el fragmento del Evangelio de Mateo, narran el mismo gran acontecimiento: la Ascensión de Jesús al Cielo. Para comprender mejor la Palabra de Dios, los detalles, a menudo, también son importantes: ambos fragmentos se refieren al episodio ocurrido después de la Resurrección de Jesús. A pesar de que Cristo se había manifestado diversas veces después de la Resurrección, algunos discípulos dudaban. “Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando lo vieron, se postraron. Algunos habían dudado hasta entonces” (Mt 28, 16). En estos versículos hay un error en la traducción. Ciertamente después de la Resurrección los Apóstoles no tenían ninguna duda porque habían visto, hablado y comido con Jesús: San Pablo recuerda que si Cristo no hubiese resucitado, nuestra fe habría sido del todo vana, por tanto, los Apóstoles ya no dudaron de Cristo después de su Resurrección y son los testigos de este acontecimiento.

Es lógico preguntarse porque el Señor después de haberse manifestado una sola vez a los apóstoles y a los demás discípulos, después de la Resurrección, no haya vuelto inmediatamente al Padre, sino que se quedó en la Tierra todavía durante cuarenta días. A veces somos superficiales y apresurados al leer la Palabra de Dios, no nos hemos parado nunca sobre este particular que se puede comprender solamente en función del amor de Cristo. Él se ha quedado cuarenta días en la Tierra para completar Su doctrina y Su enseñanza a la luz de la Resurrección, para hacer comprender mejor a los Apóstoles el significado de sus enseñanzas sobre todo el manifestado muchas veces: el anuncio de la Pasión y de la Muerte pero también de la Resurrección. Jesús quiso que sobre este misterio Sus Apóstoles no tuvieran ninguna duda ni incertidumbre. Estoy convencido de que la enseñanza de Jesús, tal como ocurrió durante su vida pública, continuó también después de la Resurrección, no sólo a todo el colegio apostólico, sino también a cada Apóstol en particular.

Esto no surge del Evangelio, sino que se deduce de la inteligencia y del corazón de Jesús, que se relacionó con cada Apóstol respetando su carácter, sus sentimientos, la cultura, el sustrato sociológico de cada uno, de modo que la enseñanza fuese a la vez común y universal para todos, pero también personal y privado para cada individuo.

Jesús se comportó como un buen padre que sabe que en breve va a morir y subir al Paraíso y llama a cada hijo para las últimas recomendaciones. Si nosotros los hombres nos comportamos de este modo, con mayor razón también Jesús hizo lo mismo. Por lo tanto hubo un saludo y una enseñanza final para hacer comprender que era él y no solamente un espíritu. ¿Recordáis el extravío de los Apóstoles al ver comparecer a Jesús de improviso cuando las puertas estaban cerradas? Cristo comió con ellos varias veces y es lógico pensar que hubiera habido otro maravilloso acontecimiento: la concelebración eucarística junto a sus Apóstoles. La Sagrada Escritura calla respecto a este particular, se cuenta la institución del Sacramento de la Eucaristía, pero nadie cuenta cómo y cuándo los Apóstoles empezaron a celebrarlo. A mí me gusta pensar, y nadie puede prohibírmelo, que haya sido Jesús mismo el que empezara la celebración eucarística junto a sus apóstoles; esta es una idea mía, sugerida por mi corazón, no es una certeza y espero encontrar también este maravilloso particular en el vida de Jesús que, como Él mismo ha anunciado, será escrita por mí bajo su dictado. En esta óptica los Apóstoles habrían comprendido bien cuánto Jesús dijo: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” o mejor “Yo Jesús Eucaristía”

Si los dos fragmentos de hoy, el Evangelio y la primera lectura, no se leen con atención e inteligencia parece que se contradigan: en el Evangelio se deduce que la Ascensión haya ocurrido probablemente en el monte Tabor, el de la transfiguración, mientras que en la primera lectura está indicado Jerusalén. Los fragmentos tienen que ser integrados, uno es la concatenación histórica del otro: como dice Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, Jesús durante la última cena terrena, hizo algunas recomendaciones, a continuación los Apóstoles fueron al monte indicado, donde, con otros quinientos discípulos, contemplaron Su Ascensión al Cielo. Después de la Ascensión volvieron a Jerusalén porque tenía que cumplirse la promesa de Pentecostés y allí, junto a la Virgen, oraron y esperaron la venida del Espíritu Santo en el cenáculo. Aquí, la Madre de la Eucaristía, los animó a reemprender las celebraciones eucarísticas a las que también ella había participado con una fe excepcional, con una atracción particular y con un amor inmenso porque ella revivía junto a sus hijos, los Apóstoles, la misma grandiosa experiencia de la última cena ocurrida el Jueves Santo. Ved como la Palabra de Dios se vuelve clara, amable y comprensible. “Voy” -dijo Jesús- “a prepararos un lugar en el Paraíso”.

He sostenido siempre que no hay que pensar en el Paraíso como un lugar físico y material, es en cambio una condición; es la visión de Dios, es Su contemplación, es el goce de la manifestación, por cuanto sea posible y comprensible al hombre, del misterio Trinitario y de la misma vida de Dios. Para nosotros los hombres, mientras estemos en la Tierra, esta realidad es incomprensible. Del Paraíso podemos solo balbucir alguna cosa, que es hermoso y que es manifestación de Dios, pero no podemos ir más allá. Ni siquiera aquellos, entre estos San Pablo, que han tenido la posibilidad de experimentar el Paraíso, están en grado de describirlo, porque no hay palabras o conceptos adecuados que puedan hacerlo de manera comprensible para nosotros los hombres. Es una realidad que supera la experiencia y la naturaleza humana, tanto es así que Dios no se manifiesta al hombre por lo que es mientras viva en la Tierra. La manifestación de Dios ocurre en el Paraíso, porque sólo entonces la naturaleza humana será hecha por Dios capaz de sostener Su visión y de tener la comprensión de Su vida. Vosotros sabéis de hecho que Dios se ha manifestado a Marisa a través de las imágenes, pero por lo que es. Entonces el Paraíso se vuelve una realidad deseable, apetecible de la cual se tiene nostalgia como recitamos en la oración de “Jesús dulce maestro”. Sobre todo en los momentos en los que la naturaleza humana está sometida a la dura ley del sufrimiento, el Paraíso se vuelve una realidad deseable, para quien está cansado y fatigado.

Algunos filósofos materialistas creen que el Paraíso ha sido inventado por nosotros los cristianos como compensación a los sufrimientos que el hombre ha sufrido durante la vida terrena. Esto ya lo he dicho y lo reafirmo, es su idea de Paraíso, para nosotros los cristianos no es sólo esto. El Paraíso supera la naturaleza humana, y en cuanto lo más hermoso, alto, inteligente, noble y perfecto pueda haber nosotros lo encontramos sólo en Dios. Entonces ¿no es espontáneo y legítimo el deseo de poseerlo? Por lo tanto no es sólo una evasión de la triste realidad terrena, sino que es un objetivo, una meta y los objetivos más importantes, los más grandes, que deben lograrse, requieren un gran esfuerzo y sufrimiento. De hecho Jesús dijo: ”El Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan” (Mt 11,11-12), sólo los fuertes, los violentos o los que manifiestan por entero toda su fuerza, pueden conquistar el Paraíso y finalmente unirse con Dios; esperemos estar también nosotros entre estos. El Paraíso tiene que ser siempre nuestro objetivo, la meta final; tenemos que vivir esta espera como María y los Apóstoles, con aquella fe que viene de Jesús. Tenemos que vivir esta espera con la ayuda, con la gracia que nos viene de Jesús Eucaristía, aunque a veces nos sintamos vacilar sacudidos violentamente por los vientos en contra. Cristo, que ha instituido la Eucaristía y la ha celebrado junto a sus Apóstoles, nos invita a formar parte de este banquete para ser después admitidos al banquete eterno, que es el de la alegría infinita con Dios.

Sea alabado Jesucristo.