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Oración pronunciada por S.E. Mons. Claudio Gatti el 15 de marzo de 2009

Oh Dios, Uno y Trino, gracias, porque una vez más nos has dado la posibilidad de estar en Tu Divina Presencia. Los hombres aún no han comprendido lo hermoso, dulce e importante que es estar delante de Ti. Es un don, es un privilegio, pero es también una responsabilidad. Moisés la evidenció cubriéndose el rostro y quitándose las sandalias. Nosotros, en cambio, hombres de la Tierra, cuando estamos delante de Ti, estamos distraídos, absortos en la realidades terrenas y no comprendemos que Tu presencia es un don que se renueva cada vez, que Te haces presente delante de nosotros.

A Ti, Padre, que nos permites llamarTe familiarmente Papá, a Ti, Dios Hijo, que quieres que nos consideremos tus hermanos, a Ti, Dios Espíritu Santo, que te presentas como amigo de nuestra alma, a Ti, Dios Uno y Trino, y al pronunciar este nombre me gustaría que todo el amor del Paraíso, de la Tierra y del Purgatorio, estuviese presente en este momento en mi, para ser menos indigno de pronunciar Tu nombre santo, en nombre de la nueva Iglesia que represento, prometo fidelidad, obediencia y docilidad.

La vieja Iglesia está mostrando al mundo, no el rostro divino, sino el humano porque en su interior, y nosotros lo hemos sabido primero a través de Tus cartas y ahora a través de los medios de comunicación, hoy hay lucha, división, orgullo y suciedad.

Todo esto, Dios mío, tiene que terminar y sabemos, a quien has confiado la costosa y difícil tarea de limpiar la Iglesia y de hacerla renacer, pero la Iglesia renace sólo por Tu acción y por Tu Poder. Si Tu no estás presente, nada renacerá, pero Tu estarás presente y todo podrá renacer, enardecido por Tu amor, vivificado por Tu gracia. La nueva Iglesia está a punto de renacer y hoy estamos más convencidos y conscientes. Para este renacimiento, nosotros, el Obispo y la Víctima, hemos vivido y sufrido durante 38 años. Años largos, difíciles, en los que todo se ha desencadenado: traiciones, abandonos, calumnias, ofensas, atentados y maquinaciones diabólicas. Si estamos todavía en pie, aunque probados y cansados, es porque Tú nos ayudas y sostienes, y por esto Te doy las gracias en mi nombre y en el de Marisa.

Aquí, aunque pocos, aunque pequeños, aunque débiles, está el germen, la semilla de la nueva Iglesia. Nos reconocemos pecadores, porque Tu has dicho: "Yo he venido por los pecadores". No podemos dejar de tener presente que, si no hubiera existido Tu redención, Tu Pasión y Tu muerte, estaríamos aplastados por el pecado original y sentiríamos las consecuencias de este pecado. Hoy, aunque vivido humildemente, es un día que tiene un contenido profético, un día que prepara Tu entrada triunfal en la Iglesia. Tu has realizado el triunfo de la Eucaristía, pero este triunfo tiene que ser sentido de manera consciente y consecuente por todos. Es verdad, has trastornado y anulado los programas de hombres que, incluso teniendo cargos eclesiásticos, estaban conspirando contra Ti, para llevar Tu Nave lejos de la verdad, de la gracia y del Amor, pero no han podido, porque las dos columnas, a las que esta Nave está anclada, han resistido las fluctuaciones y las tempestades y aunque han acarreado daños, está allí dispuesta a zarpar hacia mares más lejanos.

Dios mío, yo sé que para Ti éste es un día importante y me gustaría que, también los que me escuchan fuesen conscientes y consecuentes, porque también por sus oraciones, por sus ayunos, por sus sacrificios, Tu día está a punto de llegar. La lucha, sin embargo, no cesará, porque, Dios mío, me has dicho muchas veces últimamente que, incluso cuando me habrás colocado en las alturas inaccesibles, durante un cierto período todavía tendré que luchar, pero estoy seguro de conseguir la victoria, porque me has prometido que conmigo, además de Ti, estará la Madre de la Eucaristía, el Custodio de la Eucaristía, la Víctima de la Eucaristía y la Abuela Yolanda, que están preparando este momento con la oración.

Dios mío, nosotros te amamos. Oh sí, hemos vacilado, a veces nos hemos desahogado de manera tumultuosa en lo que a Ti se refiere, pero Tu has escuchado siempre pacientemente y has comprendido las razones válidas de nuestro desahogo, no nos has echado nunca la culpa, sino que lo has considerado como una manifestación de un cansancio notable, de un sufrimiento impresionante.

Dios mío, abrázanos a cada uno de nosotros, danos una caricia a cada uno de nosotros, danos Tu beso, pero sobre todo danos una parte, aunque sea infinitesimal, de Tu fuerza y de Tu valor; tenemos necesidad ahora y sobre todo en el futuro de ser fuertes y valerosos: todavía hay mucho mal en la Iglesia, y, para quitarlo, tenemos que tener músculos de acero y temple de hierro.

Dios mío, quisiera gritar a todo el mundo que te amamos. Te prometo serte fiel, no solo te juro fidelidad yo, sino que estoy convencido de que me seguirán en este camino Marisa, mis hijos más jóvenes, mis hermanos adultos y todas las personas, y son muchísimas, que en el mundo conocen lo que has obrado en este lugar. Muchísimas personas conocen a Tu Obispo, conocen a Tu Vidente y en este momento, pienso en aquellos obispos y sacerdotes que, en bilocación, me has permitido ordenar y que están esperando solamente que yo, en el momento oportuno, los llame a Roma, porque de Roma tiene que partir el renacimiento, que progresivamente tendrá que abarcar a cada Iglesia local, cada diócesis, cada parroquia, cada núcleo, a fin de que finalmente en toda la Iglesia impere y sea amada la Eucaristía.

Gracias, Dios Papá, gracias, Dios Hijo, gracias, Dios Espíritu Santo, porque pacientes y sonrientes estáis escuchando al Obispo que Tu, Dios, has ordenado. Finalmente gracias, mi Dios, porque, contra toda lógica humana, permites hoy, después de tanto tiempo, a la Víctima que esté cerca físicamente del Obispo. Por desgracia Marisa no está bien, también hoy continúa su calvario y si baja, es porque Tu la ayudas. Dios mío, si es posible, al menos durante esta celebración Eucarística, hazle sentir Tu presencia, haciéndole disminuir, si es posible y si ésta es Tu voluntad, el sufrimiento que minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, y por no alargar, año tras año, desde hace mucho tiempo está saboreando cotidianamente y cada día come el Pan Eucarístico y el pan del sufrimiento.

Gracias, Dios mío, a Ti el honor y la gloria en el Cielo, en la Tierra y en todo lugar. Delante de Ti todas las criaturas, empezando por la Madre de la Eucaristía, se arrodillan y dicen al unísono: "Dios, bendice a la Humanidad".

Roma, 15 marzo 2009

+ Claudio Gatti

Obispo ordenado por Dios

Obispo de la Eucaristía