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Oración pronunciada por S.E. Mons. Claudio Gatti el 9 marzo 2008

Con ocasión del 45° aniversario de su ordenación sacerdotal, S. E. Mons. Claudio Gatti ha elevado, ante Jesús Eucaristía, esta oración espontánea, porque con la ayuda de Su gracia, junto a Marisa, ha hecho siempre la voluntad de Dios con amor y sufrimiento

Jesús Eucaristía, Dios amigo nuestro, es a Ti que, en este instante, elevo un gracias y manifiesto reconocimiento, porque nos has dado una vez más la alegría y la posibilidad de ensalzarTe y alabarTe. Por tu voluntad nosotros, tus criaturas, hemos sido elevados a la dignidad de hermanos tuyos. Para nosotros es una satisfacción, alabar, adorar y hacer triunfar la Eucaristía. Hoy, más que nunca, este gracias se transmite a lo largo de estos 45 años de mi vida sacerdotal: 9 de marzo 1963 - 9 de marzo 2008. Te doy gracias ante mis hermanos, porque durante estos 45 años de vida sacerdotal me has ayudado, protegido y sostenido de tal modo que, incluso pensando en mi debilidad, puedo decir: "Gracias, Jesús, porque no te he traicionado nunca en todos estos años".

Nueve de marzo de 1963, estoy postrado a los pies del altar, emocionado y conmovido y mientras los otros cantan las letanías de los santos, yo estoy dialogando contigo, Dios mío. No sabía, que en aquel momento la Madre de la Eucaristía estaba a mi lado, y rezaba por mi junto a Marisa. Aquél día tu me has dicho: "Tu eres sacerdote in eterno según el orden de Melquisedec", y a Marisa: "Tu vocación no es un sacramento, pero sostiene el sacramento". En los años siguientes nos has hecho comprender que, para que haya eficacia en la acción pastoral, el sacerdote tiene necesidad de tener a su lado a una víctima. Durante estos 45 años el sacerdote y la víctima han unido su sufrimiento y su amor, puro, casto, sincero. Nos has hado muchos dones y ahora, después de 45 años, nosotros te presentamos, encerrado en un único y gran cofre de oro, colmado de piedras preciosas, los frutos de nuestro trabajo. El oro representa el amor que nos has enseñado a vivir y a practicar, las piedras preciosas representan los sufrimientos que, bajo diversos nombres, nos has dado como don. Estos sufrimientos, según Tus planes, han sido necesarios para que triunfe la Eucaristía, la Madre de la Eucaristía y para que renazca la Iglesia.

Este tríptico maravilloso que hace temblar solo al pensarlo, en los dos tercios ya ha sido completado, porque Tu gracia no nos ha abandonado nunca. Y ahora, Señor, estamos en la inminencia del tercer triunfo, el triunfo de la Iglesia. Nos han acusado de no amar a la Iglesia, pero yo, aquí delante de Ti, no tengo temor alguno en afirmar que nadie como Marisa y yo, la ha amado tanto. Esto lo has dicho Tu, cada vez que nos has dado las gracias por todo lo que hemos hecho y que hacemos por la Iglesia. Es nuestra Madre y para nosotros es un sufrimiento verla todavía hoy ofendida y humillada por los que tendrían que defenderla y servirla. Oh Jesús Eucaristía, Cabeza y Fundador de la Iglesia, yo te la encomiendo, la vuelvo a poner en la herida desgarrada de tu pecho, allí podrá ser custodiada, revitalizada y de nuevo valerosamente expuesta para volver a ser luz, guía y consuelo para todo el mundo. Sólo Tú, Señor, puedes hacer que el rostro desfigurado de la Iglesia, sea joven, hermoso, luminoso y brillante. Jesús, Hermano nuestro, tu vida se ha prolongado hasta casi treinta y siete años. Este número ¿no te dice nada? También nosotros, estamos a punto de llegar al umbral de los treinta y siete años de la misión, y esto nos hace esperar. Permíteme que ponga junto a los tuyos nuestros treinta y siete años, durante los cuales hemos experimentado toda la amargura de la hiel que tus ministros, indignos de llevar este nombre y el mundo, nos han proporcionado. Para la segunda lectura de la celebración eucarística actual, he escogido el fragmento maravilloso, vibrante, apasionado de Pablo, en el cual, con sinceridad y sufrimiento, cuenta todo lo que ha padecido por ti. Si Marisa y yo tuviésemos que hacer otro tanto, permíteme que te lo diga con franqueza y sin presunción, no nos bastarían las líneas que Pablo ha escrito. Tu has dicho que ningún santo ha sufrido lo que nosotros, por tanto es correcto lo que digo, no es presunción. Tu has dicho siempre que la humildad es verdad y Tú sabes que la mentira, el embuste y la falsedad me repugnan. Jesús Eucaristía, hoy, además de la Iglesia, te encomiendo a todo el Clero. Tú, Dios, puedes mirar en el corazón de cada sacerdote, de la más alta a la más pequeña autoridad, como también nos has dejado mirar a Marisa y a mi en su corazón. Como Tú, nos hemos retirado, horrorizados y asustados. ¿Es posible Jesús, que tus sacerdotes hayan caído tan bajo? Vuélvelos a llevar a la pureza de vida, a la generosidad del ministerio, al amor sufrido y crucificado indispensable para los pastores. Yo, pequeño siervo tuyo junto a la Madre de la Eucaristía, a S. José, a la Abuela Yolanda, a Marisa, a todos los ángeles y santos, a mis hermanos, a mis hermanas, a mis hijos y a los hombres buenos y honestos de la Tierra, mi inclino delante de Ti y te suplico: "Dios mío, salva la Iglesia y hazla renacer".

Bendice, Dios Papá, Dios Hermano, Dios Amigo, aquella carta que me has pedido que enviara a 68 cardenales. Mientras la escribía, sentía que estabas conmigo, me sugerías las palabras, porque Tú sabes, y yo no lo puedo esconder, que, estando muy cansando y preocupado por tantos problemas, humanamente no habría podido escribir aquella carta en poco tiempo y de manera tan clara e incisiva. Nosotros esperamos y oramos, pero Tú prepara el camino y los corazones de los destinatarios para que la lean bajo tu luz. Ahora, Jesús, bendícenos a todos nosotros. A cada una de las personas aquí presentes les digo gracias y les doy mi bendición, porque han resistido a los ataques de los adversarios y han defendido la verdad por serte fieles a Ti y a este lugar taumatúrgico. Han encontrado también resistencia y luchas en familia, entre los parientes, amigos y conocidos. Cada uno de ellos es un pequeño apóstol que ha dado testimonio de ti. Haz, oh Señor, que de tanto sufrimiento compartido, pueda surgir la esperanza que es certeza en la realización, permíteme que diga "cuanto antes", de tus designios. Gracias, Dios Hermano, porque has tenido la paciencia de escuchar nuestras pequeñas y pobres palabras, que vienen de personas que te aman.

A Ti, Jesús Eucaristía, verdadero hombre y verdadero Dios, la alabanza, el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Roma, 9 marzo 2008

Fiesta del Sacerdocio

+ Claudio Gatti

Obispo ordenado por Dios

Obispo de la Eucaristía