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Texto de la Adoración Eucarística del 29 junio 2017

Fiesta del Triunfo de la Eucaristía y de la ordenación episcopal de S. E. Mons. Claudio Gatti

“YO SOY EL PAN VIVO BAJADO DEL CIELO”


Amor de Cristo por nosotros, eh ahí la Eucaristía

Amor que se da, Amor que permanece,

Amor que se comunica, Amor que se multiplica,

Amor que se sacrifica, Amor que nos une,

Amor que nos salva.

(Pablo VI)


Estas palabras, que evocan proféticamente a los milagros eucarísticos y que tuvieron lugar en el lugar taumatúrgico, fueron pronunciadas por el Papa Pablo VI, el cual agradaba particularmente a nuestro Obispo. Hoy hemos entronizado las seis hostias de los milagros eucarísticos todavía conservadas en el lugar taumatúrgico y que, desde hace más de diez años, están intactas y no muestran ningún signo de deterioro.

La Eucaristía es el eje alrededor del cual gira nuestra comunidad, es fuente de unión, en ella contemplamos aquella misma sangre gracias a la cual hemos sido redimidos. Recordamos con viva emoción el gran milagro del 11 de junio del 2000 del cual hemos sido testigos y, justamente en virtud de esto, podemos comprender que Dios, nuestro Creador, participa activamente y vivamente en la historia de cada hombre; solo la Eucaristía es la puerta de acceso a la verdadera vida, la eterna, porque solo Cristo es camino, verdad y vida.


Tú eres Obispo ordenado por Dios, Obispo de la Eucaristía


De la Carta de Dios del 29 junio 1999

Jesús – Mi querido sacerdote predilecto, Yo, Jesús, te he ordenado Obispo el 20 de junio, pero la fiesta para tu episcopado es hoy, 29 de junio, fiesta de los Santos Pedro y Pablo. Hoy es una fiesta muy grande, tu comunidad no ha comprendido lo grande que es el episcopado que Dios te ha dado. Hay mucha alegría, mucho dolor, mucha pena, pero tú tienes que alegrarte de esta alegría y dejar todo en las manos de Dios Padre, de Dios Espíritu Santo y de Mí, Dios Hijo. Yo soy el Primer y Eterno Sacerdote, te he ordenado obispo.


Con estas palabras Jesús anunció a nuestra comunidad aquel don precioso que pocos días antes Él le había concedido, de Su libre iniciativa y voluntad, a nuestro querido Obispo: el Episcopado. Ninguno de nosotros había comprendido lo que la Madre de la Eucaristía había anunciado en la Carta de Dios del 20 de junio 1999: “Don Claudio, en nombre de Dios, te digo que tú tienes todos los poderes que se dan al Obispo”. El único que había comprendido lo que la Madre de la Eucaristía le estaba comunicando, en nombre de Dios, es justamente nuestro Obispo. Como María, que permaneció turbada cuando le fue anunciado por el ángel que se convertiría en Madre del hijo de Dios, así también el Obispo, después del anuncio de su episcopado, experimentó sentimientos encontrados: de alegría, por el gran don que Dios le había hecho y por el cual se sentía indigno y al mismo tiempo de dolor, porque sabía las dificultades y los obstáculos que encontraría por parte de los hombres. A pesar de todo, unió su “Fiat” al de María para el bien de las almas y de la Iglesia y es por esto que hoy queremos celebrarlo y darle las gracias, porque sin su inmolación, sin su abandono a Dios, nuestra comunidad no existiría. Él se hizo instrumento del Señor y unió sus sufrimientos a los de nuestra querida Marisa, para que la voluntad de Dios se realizase dejando el don a toda la humanidad, los milagros eucarísticos más importantes en la historia de la Iglesia, aquellos mismos que hoy contemplamos y adoramos.


Del Salmo 95

Venid, cantemos jubilosos al Señor,

aclamemos a la roca que nos salva;

vayamos ante él a darle gracias

y a cantar himnos en su honor.

Porque el Señor es el Dios grande,

el rey grande sobre todos los dioses.

Tiene en sus manos las profundidades de la tierra

y suyas son las cumbres de los montes;

suyo es el mar, pues él mismo lo hizo,

y la tierra firme, que formaron sus manos.

Venid a adorarlo, hinquemos las rodillas

delante del Señor, nuestro creador.

Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,

las ovejas que él guarda.

Escuchad lo que dice:

«No endurezcáis vuestro corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto,

cuando vuestros padres me desafiaron

y me pusieron a prueba

aunque habían visto mis obras».

Durante cuarenta años aquella generación me asqueó,

y dije: «Son un pueblo de corazón rebelde,

no han entendido mis caminos».

Entonces juré en mi cólera:

«No entrarán jamás en mi descanso».


En este Salmo encontramos escrita la grandeza de Dios, nuestro Creador. Él confirma Su Omnipotencia ante todo lo creado y a todas Sus criaturas. Dios sabe lo que hace y lo que quiere de sus hijos; Él los cuida, los ama, los sostiene, los guía y desea ardientemente la conversión de las almas. Él trata de buscar sobre todo a las lejanas, perdidas en este mundo que está yendo cada vez más hacia la autodestrucción. Hoy, las obras de Dios no son reconocidas, los grandes milagros eucarísticos son ignorados y el pecado más difundido es sobre todo el que va contra la caridad, porque el hombre es desviado, deshonesto y corrupto. Estos grandes milagros han tenido lugar en diferentes momentos, marcados cada uno por el sufrimiento y por los tiempos difíciles causados por los hijos de Dios, que han pagado Su gran amor con odio, egoísmos, profanaciones, maldad e injusticias, haciendo así sufrir a Dios y a la Madre de la Eucaristía.

En este día recordamos también a los Santos Pedro y Pablo, que a pesar de sus debilidades, sus infidelidades, sus errores humanos se han convertidos en santos, los primeros de nuestra Iglesia, que hoy parece estar abandonada, descuidada, desierta y frágil en la caridad. Solo gracias a Jesús ésta se puede renovar, porque a través de Él podemos seguir la dirección justa que es la del amor, de la caridad, de la lealtad y de la confianza, primero hacia nosotros y después hacia el prójimo. Oh sí, muchas veces el Obispo nos decía: “Si el hombre fuese más sencillo, más dócil, si amase más, las cosas no habrían ido y no irían como en este momento”. A pesar de los grandes sufrimientos y pruebas que, sin tregua, han golpeado al Obispo y Marisa y, en pequeña parte también a nosotros, que somos sus hijos espirituales, la comunidad está viva y continúa estando aquí presente y rezando delante de los grandes milagros eucarísticos que Dios ha realizado. Los beneficios de estas maravillosas obras de Dios no se acaban nunca y se extienden a toda la humanidad. Aunque en este período histórico el mal parece predominar, el Señor nos recuerda que Él “ha vencido al mundo” y por esto no tenemos que desanimarnos.