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Texto de la Adoración Eucarística del 29 junio 2016

Fiesta del Triunfo de la Eucaristía y de la ordenación episcopal de S. E. Mons. Claudio Gatti

INTRODUCCION


SALMO 66

Aclamad a Dios toda la tierra, cantad la gloria de su nombre,

tributadle su gloriosa alabanza;

decid a Dios: «Tus obras son maravillosas».

Por la grandeza de tu poder tus enemigos ante ti se rinden;

toda la tierra se prosterna ante ti, canta para ti, canta a tu nombre.

Venid y ved las proezas de Dios, las maravillas que ha hecho por los hombres.

Él convirtió el mar en tierra firme, y el río atravesaron a pie enjuto;

con su poder gobierna eternamente, con sus ojos vigila a las naciones,

para que no se subleven los rebeldes.

Pueblos, bendecid a nuestro Dios, proclamad a plena voz sus alabanzas;

él nos conserva la vida y no permite que tropiecen nuestros pies.

Sí, oh Dios, tú nos pusiste a prueba,

nos pasaste por el crisol, como la plata;

nos hiciste caer en el lazo, nos echaste a las costillas una carga pesada,

dejaste que cabalgaran sobre nuestras cabezas,

anduvimos a través de agua y fuego, pero, al fin, nos hiciste recobrar aliento.

Hemos escogido este Salmo porque sentimos que toda la comunidad, al recitarlo, tiene un solo corazón y una sola alma. A pesar de los grandes sufrimientos y pruebas que, sin tregua, han sacudido al Obispo y Marisa y, en pequeña parte también a nosotros, que somos sus hijos espirituales, la comunidad está viva y continua estando aquí rezando delante de los grandes milagros eucarísticos que Dios ha realizado en el lugar taumatúrgico. Los beneficios de estas maravillosas obras de Dios no se acaban nunca y se extienden a toda la humanidad. Aunque en este periodo histórico el mal parece predominar, el Señor nos recuerda que Él ha vencido al mundo.


PRIMER MOMENTO

Querido Jesús Eucaristía, hoy queremos decirte gracias por todos los dones que has hecho en este lugar, que no están reservados solo a los presentes, sino que son para toda la Iglesia. Ver hoy todos estos grandes milagros eucarísticos reunidos es, para nosotros, una gran emoción y nos permite tener siempre en mente tus intervenciones en este lugar que, como nos ha enseñado nuestro Obispo, no son limitados en el tiempo y en el espacio. Cada intervención tuya, de hecho, no tiene confines, humanamente hablando, sino que tienen una acción infinita que continúa todavía hoy y en el futuro.

Jesús perdónanos si, a veces, llevados por la rutina y por nuestros problemas cotidianos, nos olvidamos de cuan privilegiados somos al haber sido testigos de tus intervenciones. Tú has sangrado, has derramado tu sangre por nosotros, por nuestra conversión, para abrirnos las puertas del Paraíso, porque nos amas con un amor infinito. Todavía hoy, después de dos mil años, continúas sangrando porque nosotros los hombres estamos sordos a tus reclamos de amor. Pero Tú nos quieres salvar y nos esperas hasta el final, mejor dicho, como nos ha explicado nuestro Obispo, incluso después de nuestro último momento, nuestro último respiro, nos das una posibilidad de salvación.

Querido Jesús Eucaristía, aquí presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad, aún resuenan en nuestro corazón, las palabras pronunciadas por Ti en la carta de Dios del 13 de septiembre de 1998: “Tengo sed, mis queridos hijos, tengo sed de amor, de paz, de perdón, de sufrimiento. Tengo sed de vosotros mis queridos hijos aquí presentes delante de mi, Jesús en la Eucaristía, Jesús en Cruz, pero esta es una cruz triunfante, una cruz de alegría, de amor, tengo sed de vosotros, dadme de beber. Tengo sed de mis queridos sacerdotes predilectos que, o por miedo o porque no creen que yo esté aquí presente, no vienen a adorarme. Tengo sed de mis esposas. Tengo sed de los videntes, muchos de los cuales no responden. Tengo sed de los laicos empeñados que dicen muchas palabras solo por hablar, pero no saben amar. Yo, Jesús, tengo sed de amor, tengo sed de vosotros. Participad en la santa Misa con todo el corazón y en gracia. Esta es una Misa sufrida, pero es una Misa de amor. Mirad, tengo sed, tengo tanta sed, dadme de beber”.

Jesús, queremos darte de beber, queremos aplacar tu sed. Ayúdanos a permanecer anclados a Ti, agarrados a Ti, al sagrario, y perdónanos si, a veces, caemos, pero Tú no nos amas menos por esto y estás siempre dispuesto a levantarnos y a sostenernos en nuestro camino y a darnos el valor para continuar. Ayúdanos a amarte y a amar cada vez más. Gracias, Señor, por habernos dado al Obispo de la Eucaristía y a la Víctima de la Eucaristía. Su sangre se ha unido a la Tuya y su Sí ha permitido el triunfo de la Eucaristía y tu retorno al centro de la Iglesia, en el lugar central que mereces.


SEGUNDO MOMENTO

“Nuestra Señora: Don Claudio, en nombre de Dios, te digo que tú tienes todos los poderes que se dan al Obispo”. (Carta de Dios del 20 de junio de 1999).

¡Cuántas veces hemos leído estas pocas líneas que contienen un grandísimo e importante anuncio! Cuántas veces nos hemos parado a reflexionar sobre su significado más profundo, sobre lo que comportaría y, con el transcurso del tiempo, lo que se ha realizado después de este gran anuncio. Cada vez que lo leemos, suscita en nosotros pensamientos y emociones contradictorias: alegría y dolor, estupor y confusión, deseo de dar gracias a Dios y de preguntar por qué tanta maldad contra esta gran intervención Suya.

El nombramiento episcopal del sacerdote Claudio Gatti, por intervención de Dios, es una de las grandes obras que el Señor ha realizado en este lugar taumatúrgico, pero es seguramente una de las más combatidas por parte de los hombres de la Iglesia, porque ha suscitado muchas envidias y celos.

En los meses precedentes el anuncio de la ordenación episcopal el Señor nos había preparado, mediante sus cartas, para este momento, pero nadie había comprendido, ni siquiera don Claudio, que se pudiera tratar de un don tan precioso.

Querido Don Claudio, tú serás el apóstol, el profeta, el obispo, el conductor de la nueva Iglesia” (Carta de Dios del 26 de julio de 1998). Solo después la Madre de la Eucaristía ha mostrado claramente cuál sería el proyecto de Dios sobre nuestro sacerdote:

“Dios puede hacerlo todo, cualquier cosa, incluso en este momento puede consagrar obispo a vuestro sacerdote, pero no es el momento todavía. Si los hombres que tú, Marisella, conoces, no cambian, Dios ya me ha dicho que ordenará al sacerdote Obispo y Don Claudio podrá hacer todo lo que es deber de un obispo”. (Carta de Dios del 25 de abril de 1999). Sería por tanto una ordenación querida directamente por Dios, como ha ocurrido con los apóstoles, en la última Cena, y con San Pablo, hace 2000 años”. “No he dudado de que me convertiría en obispo, pero he pensado que me convertiría por nombramiento humano, después del pleno triunfo de la Eucaristía, de la verdad y de nuestro triunfo y sin embargo tengo que creerlo y repetir una vez más: “A Dios nada le es imposible”, (Del libro “Tú eres Obispo ordenado por Dios, Obispo de la Eucaristía”).

Seguramente nos ocurre a todos nosotros, a veces, que rezamos pensando en aquellos momentos tan intensos y en los días que siguieron, para tratar de comprender qué emociones y sentimientos animaban el corazón del nuevo Obispo. La alegría, el miedo, el sufrimiento son palabras que sólo pueden describir, en parte, lo que podría haber sentido una persona abrumada por un anuncio de tal importancia. La alegría de sentirse amados y escogidos por Dios para un ministerio tan grande y el conocimiento del sufrimiento causado por las calumnias, por la incomprensión, por la envidia y la maldad humana, sobre todo por parte de los que habrían tenido que alegrarse con él. Condenado y rechazado junto a nuestra hermana Marisa, igual que Jesús, el Obispo decía a menudo: “Estoy en buena compañía”. Ahora ambos están verdaderamente en buena compañía, en el Paraíso, y nosotros estamos aquí, delante de Jesús Eucaristía, para celebrar este gran don que Dios ha hecho a la Iglesia, su esposa, y al mundo entero. Estamos seguros de que, a pesar de todo el dolor, la alegría prevaleció en el corazón de nuestro Obispo. La única verdadera alegría que emana del gran amor por Dios y por los hermanos y por la certeza de tener el Señor dentro de sí y junto a sí.