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Texto de la Adoración Eucarística del 29 marzo 2015

Domingo de Ramos

Primer momento

Hoy, Jesús Eucaristía, queremos hacerte compañía, seguirte y compartir contigo tanto la alegría de Tu entrada triunfal en Jerusalén como el dolor de Tu subida al Calvario. Estos dos acontecimientos, que celebramos en el domingo de Ramos, se han realizado a pocos días el uno del otro y sin embargo están tan en desacuerdo entre sí que resulta incomprensible. Tú, Señor, mientras subías a Jerusalén acogido por aclamaciones y gritos de alegría, ya sabías lo que sucedería en breve. Pero los que te seguían, tus apóstoles, ¿qué pensaban o que entendieron de lo que ocurrió? Primero las aclamaciones y poco después la crucifixión. También nosotros si nos ponemos en lugar de los apóstoles, si tratamos de comprender qué emociones les animaban, o de que dudas eran asaltados en aquellos momentos, sentimos un remolino de sentimientos encontrados y mucha confusión. Las personas entusiastas agitaban en el aire ramos de olivo en Tu entrada a la ciudad santa y poco después Te condenaron a la muerte de cruz, considerada en aquel tiempo la más atroz y la más humillante y por esto infligida a los peores malhechores.

¿Qué deseas enseñarnos, Señor? ¿Qué querrías que comprendiésemos del análisis de estos sucesos? Seguramente podemos comprender que no debemos confiar en el hombre, porque el hombre es voluble, sigue sus intereses y no siempre o, necesariamente, el camino del amor. Sólo Tú, Dios, permaneces fiel para siempre. Desde el Antiguo Testamento nos has animado a confiar en Ti, cuando el profeta Jeremías exclamaba:

Bendito el hombre que confía en el Señor y en el Señor pone su esperanza. Es como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces; nada teme cuando viene el calor, su follaje se mantiene verde, en el año de sequía no se preocupa ni deja de producir frutos (Jer 17, 7-8)

Cabe señalar, en este caso, que estar unidos a Ti, Señor, no significa estar privados de los sufrimientos y de las dificultades de la vida. Un gran ejemplo son nuestro Obispo y nuestra hermana Marisa, a los que no les has ahorrado, verdaderamente, el sufrimiento. Significa ante todo que, si te dejamos actuar en nuestra vida, nos das también la fuerza y la capacidad de afrontar los momentos vacíos.

También el profeta Isaías señala el hecho de lo falaz que es el hombre y de sus recursos:

Guardaos, por tanto, del hombre, pues sólo un soplo hay en su nariz. ¿Cuánta estima merece? (Is 2, 22)

En el Nuevo Testamento, con el discurso de la montaña, nos enseñaste con claridad cual tiene que ser nuestro comportamiento hacia Ti, hacia nosotros mismos y hacia nuestros hermanos. La primera bienaventuranza “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3), fundamento sobre el que se encuentra toda la vida del cristiano, significa que el hombre tiene que vaciarse de sí mismo y confiarse completamente a Ti, Dios. El pobre de espíritu es aquél que es consciente de no poder contar sólo con sus fuerzas y busca Tu voluntad y la pone como guía a sus elecciones de vida.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permaneces en mí y yo en él, da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. (Jn 15, 5)

Es justo así, Jesús, sin Ti no podemos hacer nada, de Ti sacamos la fuerza, la alegría, la esperanza y sobre todo el amor. Este, Dios mío, es el camino que deseamos recorrer, el camino del que sabe que no se basta a sí mismo y que no se puede confiar a la volubilidad del mundo y a su inestabilidad. Nosotros queremos seguirte Señor, ayúdanos a hacerlo siempre con amor y empeño crecientes.


Segundo momento

Al entrar en Jerusalén Jesús es aclamado con alegría como un Rey y festejado con entusiasmo por los niños, que a su vez involucran también a los adultos. Como se nos ha revelado por nuestro Obispo en la oración formulada el 16 de marzo de 2008 con ocasión de la misma solemnidad, de tal evento histórico él ha sido testigo fuera del tiempo, a través de los ojos del alma. En esta visión ha surgido el gran sufrimiento moral sentido por Jesús, mientras veía, a través de los siglos, todos los que lo traicionarían. Sólo la Madre de la Eucaristía se dio cuenta de la infinita tristeza presente en el corazón de su Hijo e intervino para animarlo. Después de este estímulo, Jesús sintió alegría al mirar el futuro y encontrar tantas personas que lo “amarían y se convertirían en sus discípulos”. Entre aquellos vio al Obispo y a la Vidente, que con tal de seguirlo y para continuar la misión que les habían confiado, serían objeto de “tremendas persecuciones” y “de injustas condenas”. Junto a ellos nos vio también a nosotros, un exiguo grupo de personas, de escasa importancia a los ojos del mundo, pero movidos por auténtico amor hacia él. El pensamiento que también nuestro pequeño rebaño haya sido motivo de consuelo para Jesús, en el momento del sufrimiento, nos llena de alegría y tiene que ser un fuerte incentivo para proseguir con renovado vigor por este maravilloso camino, a pesar de los momentos de cansancio y de las dificultades de la vida.

De la carta de Dios del 24 de mayo de 2004:

Cuando os sintáis deprimidos y estéis decaídos, no os dejéis ir, venid a este lugar taumatúrgico, o mejor acercaros al tabernáculo, invocad a Jesús y decid: "Jesús, ayúdame, hoy es una jornada muy triste". Esto vale para todos, vale para el Obispo, para la vidente, para todos y para vuestros seres queridos. Ánimo, hijitos míos.

El Señor ha puesto sus ojos llenos de amor sobre este lugar Santo y sobre los que optan por asistir con perseverancia. Cada uno de nosotros ha recibido de Dios grandes dones tanto espirituales como materiales. No nos olvidemos nunca de agradecérselo, amándole a Él y al prójimo. Y ahora, deseamos hacer nuestra la célebre frase de San Agustín que nuestro Obispo repetía a menudo: “Ama y haz lo que quieras”. Los pensamientos y las acciones del que ama son dictadas por el amor y por el respeto por sí mismo y por los demás y, en consecuencia, por la ley del Señor.