Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Texto de la Adoración Eucarística del 18 junio 2017

Corpus Domini

Sión, alaba al Salvador

tu guía, tu pastor,

con himnos y cánticos.

Sé audaz tanto como puedas:

Él supera toda alabanza,

No hay canto digno de él.

Pan vivo, que das vida:

este es el tema de tu canto,

objeto de la alabanza.

Verdaderamente fue dado

a los doce reunidos

en fraterna y sagrada cena.

Alabanza llena y resonante,

alegría noble y serena

brotas del espíritu.

Esta es la fiesta solemne

en la que celebramos

la primera sagrada cena.

Es el banquete del nuevo Rey,

Nueva Pascua, nueva ley;

Y lo antiguo termina.

El rito antiguo cede el sitio al nuevo,

la realidad dispersa la sombra:

luz, ya no más tiniebla.

Cristo deja en su memoria

Lo que ha hecho en la cena:

Nosotros lo renovamos.

Obedientes a su mandamiento,

Consagramos el pan y el vino,

Hostia de salvación.

Es certeza para nosotros los cristianos,

se transforma el pan en carne,

se vuelve sangre el vino.

Tu no ves, no comprendes,

Pero la fe te confirma,

Más allá de la naturaleza.

Es un signo lo que aparece:

Esconde en el misterio

Realidades sublimes.

Comes carne, bebes sangre:

Pero permanece Cristo entero

En cada especie.

Los que lo comen no lo rompen,

ni separa ni divide:

intacto lo recibe.

Sea uno o sean mil,

Igualmente lo reciben:

Nunca se consume.

Van los buenos, van los impíos;

Pero diverso es el destino:

Vida o muerte provoca.

Vida a los buenos, muerte a los impíos:

En la misma comunión

Qué diferente es el resultado.

Cuando partes el sacramento ,

no tengas miedo, pero recuerda:

Cristo está tanto en cada parte,

como en el conjunto.

Está dividido sólo el signo,

No se toca la sustancia;

Nada ha disminuido

De su persona.

Eh ahí el pan de los ángeles,

Pan de los peregrinos,

Verdadero pan de los hijos:

No se tira a los perros.

Con los símbolos que se anuncian,

en Isaac dado a la muerte,

en el cordero de Pascua,

en el maná de los padres.

Buen Pastor, verdadero pan,

Jesús, ten piedad de nosotros,

Aliméntanos y defiéndenos,

Llévanos a los bienes eternos

En la tierra de los vivos.

Tú que todo lo sabes y puedes,

Que nos alimentas en la tierra,

Conduce a tus herederos

A la mesa del cielo,

En la alegría de tus santos.

Amén

Aleluya.


Haced esto en memoria mía


Del Evangelio según San Lucas

A la hora determinada se puso a la mesa con sus discípulos. Y les dijo: «He deseado vivamente comer esta pascua con vosotros antes de mi pasión. Os digo que ya no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios». Tomó una copa, dio gracias y dijo: «Tomad y repartidla entre vosotros, pues os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios». Luego tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío». de la misma manera el cáliz, después de la cena, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre, que es derramada por vosotros. (Lc 22, 14-20)


La Eucaristía, que Jesús estrechó entre sus manos durante la Última Cena, es su mismo Cuerpo que poco después sería inmolado en la Cruz y es el mismo Cuerpo que recibimos durante la S. Misa. Es el gran don de Jesús durante la última hora, en el momento del adiós. Y como todo don lleva consigo el signo del dador; de hecho cuando alguno nos hace un regalo, nos revela también sus gustos, sus preferencias, su corazón. Lo mismo ocurre para Dios, porque la Eucaristía proclama la humildad de Dios. El Señor habría podido hacerse presente de manera espectacular y llamativa sin embargo Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo se esconden, para nuestra salvación, bajo la simple apariencia del pan.

De hecho, “Jesús, teniendo la naturaleza divina, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Fil 2,6-8)

Por otra parte, mientras un regalo es bueno en sí mismo, el don exige responsabilidades a quién lo recibe. Dios se da con su vida que es el amor; Jesús se ha partido, se parte por nosotros y nos pide que nos demos, que nos partamos por los demás. Justamente esto “partir el pan” se ha convertido en el signo de reconocimiento de Cristo y de nosotros los cristianos. Nosotros, alimentándonos de ese mismo amor, somos transformados, y somos capaces de hacernos “partir” por los que nos rodean.

El Obispo y Marisa se han “partido” así mismos, han dado su vida por los demás. Han estado dispuestos a morir por Jesús, por la Madre de la Eucaristía y por la conversión de las almas. ¿Dónde han encontrado la fuerza para hacer todo esto? En la Eucaristía, en el poder del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: “Haced esto en memoria mía”.

Jesús ¡qué gran misterio es para nosotros Tu presencia en el “frágil Pan”! Nos has dado un mandamiento eucarístico: ¡“Haced esto en memoria mía”! Tu amor eucarístico nos llama a Ti fuente de la Vida, fuente del Amor y en el silencio del tabernáculo de todas las iglesias esparcidas por todo el mundo susurra al corazón del hombre: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis descanso para vuestras almas porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt. 11, 28-30)


Y lo reconocieron al partir el pan


Del Evangelio según San Lucas

Llegaron a la aldea donde iban, y él aparentó ir más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque es tarde y ya ha declinado el día». Y entró para quedarse con ellos. Se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras”. (Lc 24,28-32)


Los versículos que hemos leído han siso sacados del episodio evangélico de los discípulos de Emaús, que diversos exegetas consideran una obra maestra de la catequesis. Es una narración que Lucas dedica a su comunidad, pero también a todos nosotros, para enseñarnos cómo y cuándo podemos encontrar al Señor, incluso sin verlo con nuestros ojos.

La experiencia de dos discípulos de Emaús nace de la dispersión, de la desilusión. De hecho, estos esperaban que Jesús liberase a Israel del yugo del domino extranjero. No habían comprendido aún que la verdadera misión del Mesías era la de liberar al hombre del pecado, por eso creían que con la muerte en cruz todo se había terminado y que Jesús había fallado completamente. No pensaban en la Resurrección y no habían comprendido que Jesús nos ha salvado justamente con su Sacrifico en la cruz. Pero, al partir el par, ocurre un completo giro “se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc 24, 31). Este es el gesto más elocuente realizado por Jesús en la última cena, signo de una vida entera ofrecida y dada por amor. Después de haber explicado la Escritura a lo largo del camino de Jerusalén a Emaús, Jesús sella su Palabra con el Pan que es su Cuerpo: este es Su don supremo. Tal don produce el efecto divino: los ojos de los discípulos, que antes estaban cerrados, se abren. El corazón ahora está accesible, pero Jesús desaparece de su vista, porque ahora está dentro de ellos, no ha desaparecido, ha entrado en su alma.

Jesús, estás aquí en la Eucaristía donde Te podemos encontrar y reconocer como nuestro salvador. Solo aquí estás vivo y eficaz para nuestra conversión nuestra renovación. También nosotros como los discípulos de Emaus, en el viaje de la vida, antes estábamos tristes, descentrados y envueltos en tinieblas.., pero Te has hecho presente, Te hemos conocido sobre todo gracias al encuentro con el Obispo de la Eucaristía y a la Víctima de la Eucaristía.

Mons. Claudio Gatti ha sido para nosotros el “Dulce Cristo en la Tierra” que nos ha enseñado a amarte y a alimentarnos de Ti, “Pan vivo bajado del Cielo, que das vida”.

También a nosotros nos ardía fuertemente el corazón cuando escuchábamos las catequesis y las homilías de Tu sacerdote predilecto, que como tantas veces la Madre de la Eucaristía ha dicho: “de cada línea ha hecho un poema; no hay ningún sacerdote en el mundo que hable como él” (De la Carta de Dios del 17 de noviembre 2002). Todavía tenemos mucho que hacer como individuos, familia y comunidad, pero como los discípulos de Emaús Te imploramos: “Quédate con nosotros” sin Ti no podemos hacer nada.