Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Texto de la Adoración Eucarística del 14 septiembre 2016

Fiesta de la Exaltación de la Cruz
21° Aniversario del primero milagro eucarístico
17° Aniversario de la investitura del Obispo Claudio Gatti
16° Aniversario de la firma del decreto episcopal como reconocimiento de las apariciones de la Madre de la Eucaristía a Marisa Rossi, de los milagros eucaristicos y de las teofanías trinitarias ocurridas nel lugar taumatúrgico

“Empezad la jornada con la señal de la Cruz hecha lentamente y cada vez meditad lo que decís. Haced la oración de la mañana, rezad despacio, muy despacio, sin correr y sobre todo rezad con el corazón” (Carta de Dios, 2 de octubre 1988)

La Madre de la Eucaristía nos ha enseñado a empezar nuestras jornadas haciendo la señal de la cruz, así empezamos hablando con Dios y rogándole que nos acompañe en nuestras acciones cotidianas.

La cruz marca la vida de todo cristiano; cada uno tiene la propia que llevar, más o menos pesada, en base a su capacidad de soportarla y sólo cuando la aceptamos con amor seguimos verdaderamente a Cristo porque nos volvemos semejantes a él.


“Te adoramos, oh Cristo, y Te bendecimos, porque por tu Santa Cruz has redimido al mundo”

No podemos imaginar a Cristo sin su cruz, recordemos el comentario a la séptima estación del Vía Crucis escrito por el Obispo Claudio: Intentemos, por un momento, cerrar los ojos y abrir el corazón para contemplar una escena conmovedora: algunos hombres llevan una cruz, instrumento tremendo de tortura y de muerte; Jesús ve que se acerca, la mira y sus ojos se llenan de lágrimas de amor, porque sabe que por medio de esta cruz, él vencerá a la muerte, y la abraza. Los guardias, los esbirros y verdugos le circundan y ninguno de ellos comprende el gesto de amor del Señor, al abrazar la cruz. Sólo María lo comprende. ¿Demostramos amor por la cruz? Cierto, es natural que la cruz como sufrimiento nos de miedo, pero debemos tener presente que si queremos salvar a nuestros seres queridos, los hijos, los amigos, éste es el único camino. ¿Vosotros creéis que si hubiese sido posible recorrer un camino diferente al del sufrimiento y de la cruz, Cristo no lo habría preferido? Si lo ha elegido ha sido porque éste es el único válido y justo para derrotar el mal y el pecado del mundo. Demos gracias al Señor que abraza, ama y estrecha hacía sí la cruz y de ahora en adelante podremos comprender mejor lo que San Pablo dice: "Yo predico a Cristo y Cristo crucificado" (1Cor. 2, 2), porque la salvación viene sólo de la cruz. No nos limitemos sólo a tener una imagen de la cruz en nuestra casa, dirijámosle frecuentemente nuestra mirada y oremos delante de ella para que en nuestra casa, familia, comunidad, no sea sólo un símbolo, un signo, sino que sea realidad de salvación.


“Si alguno quiere venir tras de Mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt. 16-24)

Con su muerte en cruz Cristo ha reabierto las puertas del Paraíso y su sacrificio tiene infinito valor ya que con ello el mundo, que vivía en las tinieblas, ha sido inundado por una cantidad inmensa de luz y de gracia; Dios ha vuelto a dialogar con el hombre mostrándole el único camino a seguir para reunirse con Él por la eternidad, el camino estrecho, aquél más tortuoso y difícil, el camino de Cristo.

La vida de Cristo no lleva a conocimientos humanos o satisfacciones terrenas, sino que es la única que nos permite llegar a la santidad: “La Madre os invita a amar la Cruz. No os tiene que asustar, sino que tenéis que amarla y vivirla; sin la Cruz y el sufrimiento no se llega a la santidad” (Carta de Dios, 16 marzo 1997).

En este camino no estaremos nunca solos, ni siquiera en los momentos más tristes de nuestra vida, porque Cristo nos tomará en brazos cuando sintamos que no somos capaces de seguir con nuestras fuerzas. Si llevamos nuestras pequeñas cruces con Jesús seremos la sal de la Tierra, seremos aquellas llamitas que llevarán salvación y Dios nos recompensará cien veces más. “Mis queridos hijos, os pido que deis vuestro testimonio en todo por el Señor. Es mi gran deseo que me ayudéis a salvar las almas que están a vuestro lado, con humildad y caridad. Os he repetido muchas veces que si me ayudáis a salvar aunque sea sólo una sola alma, tendréis el Paraíso asegurado. A vosotros, mis queridos jóvenes, os recomiendo que hagáis apostolado, que hagáis conocer a mi Hijo Jesús, vuestro Jesús, amadlo y hacedlo amar” (Carta de Dios, 4 abril 1992).

La Madre de la Eucaristía velará por nosotros y nos acompañará hacia su Hijo: “Yo no estoy en cruz, veo la vuestra, estoy a vuestro lado, os amo a todos; quizás sentís más el peso de la cruz que mi presencia. No, mis queridos hijos, tenéis que sentir antes mi presencia y después la cruz, porque la Madre os ayudará a llevarla. Abrazadla”. (Carta de Dios, 5 julio 1996)


“El sufrimiento os consumirá” (Carta de Dios, 27 junio 1993)

Si pensamos en la cruz inmediatamente brilla en nuestros recuerdos aquella grandísima, que han llevado nuestros padres espirituales: el obispo Claudio, aquél que representaba “el dulce Cristo en Tierra”, como tantas veces lo llamaba la Madre de la Eucaristía, y nuestra hermana Marisa, que Jesús escogió como su esposa, llamándola a vivir íntimamente unida a él en la gracia y en el inmenso dolor de la Pasión.

Marisa - Alma de Cristo santifícame, Cuerpo de Cristo sálvame, Sangre de Cristo embriágame, agua del costado de Cristo lávame, pasión de Cristo confórtame, o buen Jesús escúchame, dentro de tus llagas escóndeme. (Carta de Dios, 25 mayo 1996)

En los momentos de gran sufrimiento la criatura se confundía con lo divino y juntos se convirtieron en instrumento de salvación para las almas.

Marisa - La cruz es pesada, muy pesada...

Jesús – Tráeme, tráeme muchas almas; mi Corazón tiene necesidad de muchas almas y especialmente de muchas almas sacerdotales. No me dejes, toma sobre tu espalda mi cruz, que hoy es más pesada que nunca. ¡Tráeme muchas almas! Ánimo, esposa mía, la transverberación, la pasión no está acabada para ti; por lo demás te has inmolado por tu esposo y Yo soy tu esposo. (Carta de Dios, 16 noviembre 1997)

El Obispo Claudio ha estado siempre al lado de su hermana Marisa, sus almas han permanecido siempre unidas, por eso han compartido cada momento de su vida terrena, volando suavemente hacia Dios. Cuando Marisa sufría tremendamente el Obispo se consumía a su lado y trataba de sostenerla con la oración incesante. Esos son los que han vivido la gran tribulación, han caminado juntos por el camino de Getsemaní hasta el Calvario y juntos han muerto abrazando la cruz, aceptando siempre la voluntad de Dios. Su cruz ha brillado en esta Tierra, se ha elevado más allá de toda mezquindad y maldad humana y ha triunfado, porque el sufrimiento vivido por Cristo no es nunca estéril, sino que lleva grandes frutos, porque “La cruz es vida, es salvación, es resurrección, es alegría” (Carta de Dios, 14 septiembre 2007)