Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Texto de la Adoración Eucarística del 14 septiembre 2015

Fiesta de la Exaltación de la Cruz
20° Aniversario del primero milagro eucarístico
16° Aniversario de la investitura del Obispo Claudio Gatti
15° Aniversario de la firma del decreto episcopal como reconocimiento de las apariciones de la Madre de la Eucaristía a Marisa Rossi, de los milagros eucaristicos y de las teofanías trinitarias ocurridas nel lugar taumatúrgico

“Ahora el hijo del hombre ha sido glorificado y también Dios ha sido glorificado en él y lo glorificará enseguida” (Jn 13, 31-32)

El 14 de septiembre representa para nosotros, que nos encontramos en este lugar taumatúrgico, una fecha muy importante: hace 20 años, el 14 de septiembre de 1995, el Señor quiso que aquí se realizase el primer gran milagro eucarístico; el 14 de septiembre de 1999, fue la primera investidura del Obispo después de su ordenación episcopal, de origen divina, ocurrida el 20 de junio de 1999. Finalmente recordamos la firma estampada por nuestro Obispo, el año después, el 14 de septiembre del 2000, al decreto de reconocimiento de las apariciones de la Madre de la Eucaristía. En nuestra memoria permanecen vívidas y claras las imágenes ligadas a estos acontecimientos y lo que nuestro corazón vivió en aquellas circunstancias. El día en el que nuestro Obispo fue ordenado directamente por Dios permanecerá impreso en nuestra memoria por la grandeza del evento y por la humildad y el amor con el que él aceptó la orden del Señor de ejercer “PLENOS PODERES”. El difícil camino que lo llevó a recibir este gran don de Dios está hecho de amor y de abnegación, pero sobre todo de dolor y sufrimiento, en pocas palabras el camino de la cruz. Cuando nuestro Obispo nos hablaba de la cruz, podíamos leer en sus ojos, en sus gestos, y finalmente por la entonación de su voz, el amor que se vislumbraba de todo su ser por la cruz de Cristo. Él nos repetía que si queremos estar unidos a Cristo tenemos que amar la cruz, considerada escándalo por los necios, pero salvación por los que creen. Él y nuestra querida Marisa vivían cotidianamente de la cruz, dulce y feroz compañera de los días, pero sobre todo de las noches. Sólo podemos imaginar lo insoportable que pudo ser para el Obispo Claudio ver a la Iglesia que tanto amaba, desgarrada horrendamente en su interior, ver las grandes obras de Dios no reconocidas o, peor aún, ridiculizadas, ver los sufrimientos cotidianos de Marisa y sentirse impotente ante tanto dolor. Más de una vez él, durante los encuentros bíblicos o las homilías, nos repitió: “Creedme, ante tanto sufrimiento, la mente vacila”, y su sonrisa se apagaba, los labios se cerraban, el fuerte cansancio se veía en su rostro, pero inmediatamente después hablaba de la cruz y nos explicaba cómo justamente a través de ella se alcanzaría la victoria. El Obispo nos mostraba cómo la fe y el amor por la cruz eran el único camino a recorrer. Recordamos sus palabras en la homilía del 14 de septiembre del 2008: “La cruz no nos tiene que dar miedo, porque la cruz nos habla del amor sufrido por Dios, la cruz nos habla de la encarnación de Dios en medio de los hombres finalizada en el sacrificio de la cruz. La cruz nos recuerda que, si nosotros podemos entrar en el Paraíso, se lo debemos solamente a ella. Yo creo poder decir que, cuando nos presentemos a Dios en el juicio personal después de la muerte Él, para admitirnos en el Paraíso, querrá ver la cruz impresa en nuestra alma, querrá ver si ella está presente y si esta cruz da luz, calor y amor, porque tendremos la gracia y sólo en este caso seremos admitidos. Pero si esta cruz se desvanece o se borra, entonces el juicio de Dios nos indicará el purgatorio o, peor aún, el infierno. Es la cruz que tenemos en el alma la que nos abre las puertas del Paraíso, es la señal de pertenencia a Dios, de adhesión a Dios, es el signo que indica que nosotros nos inclinamos hacia él, que aceptamos la redención y la cruz. La cruz es vida, la cruz es victoria, la cruz es triunfo. Amad la cruz”.


"Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí, dice el Señor" (Jn 12,32)

Cuantas veces el Obispo nos repetía lo normal que era que la cruz infundiera temor, pero al mismo tiempo nos recordaba cómo ésta era el único camino a seguir para la salvación. Él nos explicaba cómo la cruz era el único modo que tuvo Cristo para salvarnos. No olvidemos las importantes palabras que, durante la consagración, son pronunciada por el sacerdote: “Él libremente…”. Cristo, de hecho, se ha sometido libremente al suplicio de la pasión y de la muerte. El primer don hecho por Dios a cada criatura es el de tener la libertad de creer o no creer, de obrar el mal o el bien. La libertad es la condición esencial para ser “prisioneros” en el corazón de Cristo, la libertad de desearle a Él en nuestra vida, la libertad de escoger que sea Su voluntad la que queremos seguir o no, la libertad de desearlo. Pero, con ella, tenemos también el conocimiento de que, escogiéndole libremente a Él, se escoge la cruz. Con Su muerte en cruz Cristo no sólo nos ha indicado el camino a recorrer, sino que nos ha indicado también como tiene que ocurrir por parte nuestra, con amor y en plena libertad. Toda la pasión de Cristo está llena de gestos, de símbolos, cada uno de los cuales es para nosotros fuente de salvación, como el abrazar la cruz, el soportar pacientemente las injurias y las acusaciones en silencio, ser calumniado y tratado peor que un ladrón y asesino, ser burlado y coronado de espinas, desnudado y torturado, sufriendo en Getsemaní debido a los pecados de la humanidad, sentirse abandonado por los suyos, sufrir al ver el dolor de Su Madre, pura y perfecta criatura, mientras era clavado en la cruz. El Obispo, en el Vía Crucis elaborado por él, nos cuenta y nos hace revivir todos estos momentos y en cada palabra se evidencia su amor por Cristo y el amor de Cristo por la humanidad. Ante tanto dolor ¿cómo se puede permanecer insensible? Si Cristo, con el sacrificio de la cruz, ha dado todo de sí mismo por nosotros, por cada uno de nosotros, ¿Cómo podemos no amarlo? Abrazando la cruz es como si Cristo nos abrazase a cada uno de nosotros, susurrándonos: “Mira, estoy dispuesto a morir por ti”. Eh ahí las palabras del Obispo, sacadas de su espléndido Vía Crucis elaborado por él, que queremos reproducir aquí fielmente y que tienen que constituir nuestro lema, nuestra intención: “El Señor está en la cruz y gira su mirada: ve a su madre, a Juan a las otras mujeres y siente consuelo, pero ve también a los demás y siente sufrimiento. No tenemos que olvidarnos que Jesús es Dios y su mirada perfora el tiempo, atraviesa los siglos y llega hasta nosotros. Jesús nos ve también a nosotros a los pies de la cruz, escruta nuestras miradas, lee en nuestros corazones. Preguntémonos qué encuentra en ellos: amor, hostilidad o indiferencia. Señor no te agradeceremos nunca lo suficiente por habernos salvado y redimido, por haberte entregado a nosotros en la Eucaristía y habernos dado a tu madre como nuestra madre. Pero podemos solamente balbucir pocas palabras, porque nuestro corazón es muy pequeño. Queremos refugiarnos en este momento en el corazón de María que está siempre presente al lado del sagrario y sentirlo latir tan lleno de amor. Como te has consolado entonces al ver a tu madre bajo la cruz, así te alegrarás ahora al vernos a nosotros, encerrados en tu corazón. Te ofrecemos no nuestro amor, tan carente e insuficiente, sino el amor de tu Madre para obtener las gracias espirituales para amarte y para hacerte amar, para servirte y hacerte servir, ahora y por siempre”.