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Texto de la Adoración Eucarística del 13 marzo 2016

Fiesta del Sacerdocio

Jesús, sacerdote entre los hombres

En el capítulo XVI del libro de la vida de Nuestra Señora, “Primeros viajes apostólicos de Jesús y de María”, se narran los primeros viajes que Jesús de Nazaret, emprendió para anunciar el Evangelio. Gracias a la revelación privada, hemos conocido algunos acontecimientos que en el Evangelio no se cuentan y también hemos sabido realidades sobrenaturales maravillosas.

Jesús, antes de salir para un viaje apostólico, se preparaba dedicándose de manera particular a la oración y al ayuno: “Se arrodillaba con el rostro en tierra, pedía la ayuda de Dios Omnipotente, invocaba al Espíritu Santo para convertir a los hombres con su palabra” (Del libro Tú eres Madre de la Eucaristía). En este episodio es evidente la realidad teándrica de Jesús, es decir que Él es verdadero Dios y verdadero Hombre. Jesús-Hombre, antes de empezar una acción misionera-sacerdotal, preparaba su alma con la oración y el ayuno para fortificar su Espíritu, para que pudiera afrontar cualquier dificultad en Su apostolado. Por otra parte está aquél fuerte anhelo apostólico de llevar el Evangelio a todos los hombres. Un anhelo que debería estar presente en el corazón de todos los sacerdotes, como lo estaba también en San Pablo que hizo frente a largos viajes, persecuciones, sufrimientos y fatigas para predicar a Jesucristo: “Todo lo hago por el Evangelio, para participar de sus bienes”. (1 Cor 9, 23)

También nuestro Obispo, antes de comentar la Palabra de Dios, la estudiaba con gran dedicación y se preparaba con la oración; durante una homilía nos dijo: “Se ama al Cristo que se conoce, no se ama al Cristo que no se conoce. El sacerdote tiene que tratar de llevar adelante esta ansia y transmitirla en los encuentros bíblicos que tienen que ser deseados, preparados, alimentados por la meditación y por la oración y tienen que estar acompañados por la presencia de la Eucaristía, que por sí sola, puede transformarlos en vivos y vitales, por esto no se puede dividir la Palabra de Dios de la Eucaristía”. En su cátedra de oro, nuestro Obispo estudiaba y preparaba con todo su corazón lo que después escribiría, para quien quiera que fuera su interlocutor y de cada palabra escrita o dicha salía un amor particular, porque estaba impregnada de muchísimo sufrimiento.

Otro aspecto que afectaba a cualquiera que conociera a nuestro Obispo era su profunda humanidad, embellecida por la grandeza del sacerdocio y fortificada por la potencia de la Eucaristía, que brillaba en el amor con el que se acercaba y se preocupaba de las almas. Es maravilloso, leyendo el libro de la vida de Nuestra Señora, como algunas descripciones que se refieren a Jesús se reflejan claramente en nuestro Obispo: “Jesús conocía la dificultad de los hombres en acoger su palabra, por eso, cuando estaba en medio de los hombres, hacía de todo para preparar sus corazones, como hace el agricultor que prepara la tierra antes de tirar la semilla y los escuchaba, rezaba, comía y dormía con ellos. Era para ellos un amigo, un hermano, un padre lleno de misericordia y de bondad, de sabiduría y de santidad”. (Del libro Tú eres Madre de la Eucaristía)

El sacerdote, como varias veces nos ha dicho la Virgen, “se tiene que dejar consumir por las almas”; el alma fiel tiene que poder encontrar en él una guía, una protección, una paternidad humana a la que confiarse para caminar a lo largo del camino trazado por Dios Padre.

El auténtico sacerdote trata de dar todo de sí mismo para llevar a Cristo entre los hombres; no limita su acción pastoral entre los muros de una iglesia sino que trata de salir para ir al encuentro de las almas. Nuestro Obispo en los años 90 enseñaba en el instituto Pasteur, y en el libro “Tú eres sacerdote in eterno” cuenta: “Cada ocasión para rezar con mis alumnos era de oro, aprovechaba los viajes escolares, transformaba las horas de lección que no podía hacer, en momentos de oración y quizás nunca se ha rezado tanto tiempo y tan persistentemente por el bien espiritual de estos jóvenes, a los que nadie, ni los padres, ni los sacerdotes, ni los profesores les habían hablado de la grandeza y de la belleza de ser cristianos”.

Podemos decir que hemos tenido como sacerdote a un Obispo que en todo y por todo ha actuado como Jesús, él, ante todo, ha amado y después guiado nuestra alma, tratando de plasmarla y de acercarla lo más posible al amor de Jesús Palabra y de Jesús Eucaristía. Cada uno de nosotros lleva dentro de sí los signos del padre que ha sido para nosotros porque con una mirada sabía entendernos hasta el fondo y entender nuestras dificultades, era capaz de hacernos comprender como ver la realidad bajo la luz de Dios, de manera que pudiéramos después, con el tiempo, aprender a reconocerla.


El sacerdote y María

Antes de salir para uno de sus viajes apostólicos, Jesús se dirigió así a su Madre: “Madre, te pido que me acompañes con tu amor, con tus oraciones, con tus sufrimientos” y al regreso, dirigiéndose también a Ella: “Madre, madre querida, en países lejanos hay tanta mies que recoger, pero no hay hombres dispuestos a cosecharla. Si tu quieres, de ahora en adelante, es oportuno que trabajemos juntos, vayamos al encuentro de los pobres, de los débiles, de los desheredados. Yo te pido que seas para todos los pobres madre, maestra y guía, consoladora… Yo conozco las numerosas y grandes necesidades de los hombres. Te pido que trabajes a mi lado porque tienen necesidad de una madre como tú: buena, comprensiva, amorosa, prudente, fiel (…) ruega al dueño de la mies para que ¡mande operarios a su mies!” (Del libro Tú eres Madre de la Eucaristía)

Si al principio Jesús se enfrentaba solo a sus viajes apostólicos, después pidió a Su Madre que trabajara a Su lado en la misión apostólica, porque Ella la “llena de gracia”, tiene todas las virtudes que hacen falta para ayudar a todo hombre a convertirse, a volverse hijo de Dios. De hecho, al lado del Redentor está la Corredentora. Este binomio ha sido explicado por nuestro Obispo: “Dios no tenía necesidad de los enormes méritos de María para realizar Su designio de redención, pero Él ama y respeta al hombre tanto que ha querido, incluso no siendo necesario, que a los propios méritos infinitos fuesen añadidos aquellos inconmensurables de María”. “María Corredentora tiene que ser una verdad que tiene que entrar en el equipaje de la fe de toda la Iglesia y yo deseo que se empiece pronto a reconocer también este dogma”. (De la homilía del 15 de septiembre de 2007). Por tanto cada sacerdote debería ser un auténtico sacerdote de Cristo. Cada sacerdote, como hizo nuestro Obispo, puede pedir a la Virgen que lo ayude, que lo siga, que los sostenga espiritualmente, que interceda por él ante Dios en su misión sacerdotal con el fin de garantizar un trabajo eficaz y fructífero. Nuestro padre espiritual cultivó, junto a nuestra hermana Marisa, una relación cotidiana y muy íntima con la Virgen que hizo a continuación “la diferencia” en su sacerdocio y en su humanidad y que expresó siempre y únicamente como un regalo para los demás y nunca para sí mismo.

La Madre de la Eucaristía el 1º de noviembre de 1993 dijo: “Yo estoy siempre con vosotros, quiero ayudaros. Durante la S. Misa yo estoy junto al Sacerdote, me uno a vosotros y rezo también yo a mi Hijo Jesús por el mundo entero”. Dios dio un gran don al Obispo de la Eucaristía: la presencia de la Madre de la Eucaristía cuando celebraba la S. Misa.

Él nos confiaba que sentía cerca a la Madre de la Eucaristía, que deseaba su abrazo materno y que esto para él era muy importante para conseguir soportar el sufrimiento de cada día, para comprender cómo hablar a una alma y poderla ayudar profundamente, en definitiva, para poder ser sacerdote hasta el fondo. En el libro “Tú eres sacerdote in eterno”, nuestro obispo contó un episodio en el que durante una homilía dirigida a la Comunidad Cenáculo para la recuperación de los jóvenes drogadictos, nuestra Madre, que estaba a su lado, inspiró su corazón: “Hemos salido de nuevo para Saluzzo y hemos devuelto más de 120 jóvenes con sus padres y amigos. He sentido que la Virgen ponía en mi corazón los pensamientos y los conceptos adaptados a aquellos jóvenes. Era la Virgen la que recogía las palabras que salían de mi boca para depositarlas en el corazón de aquellos muchachos que habían conocido la droga, la cárcel, la prostitución y el robo. Verlos recogidos y rezar con tanta fe nos ha conmovido, la consagración y la comunión han sido momentos particularmente emotivos y la presencia de Cristo y de la Virgen ha obrado con gran eficacia porque me permitido darles indicaciones maravillosas”.


El sacerdote y la nostalgia del Paraíso

La Virgen, muchas veces durante las apariciones, dijo que con la Eucaristía recibida en gracia, se entra en contacto con la dimensión del Paraíso dado que en ella está presente Jesús en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por eso dentro de nosotros acogemos a la Santísima Trinidad: “La Madre quiere llevaros a todos al Paraíso a gozar. Los que reciben a mi Hijo Jesús en gracia tienen ya el Paraíso dentro de ellos, porque en ellos está presente Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo” (Carta de Dios, 16 noviembre 1996). Nuestro Obispo ha sido definido por la Madre de la Eucaristía como “Obispo de la Eucaristía” a razón del amor particular y fuertísimo que siempre ha alimentado por Ella y que ha transmitido a toda la comunidad. Él nos enseñaba que una vida en gracia, sostenida por los sacramentos, es una anticipación del Paraíso en la Tierra para nuestra alma. Nos exhortaba, por tanto, a recibir la Eucaristía con el alma blanca, a mecer en aquel momento a Jesús en nuestro corazón y a gozar hasta el fondo de su presencia, dialogando con El en el silencio interior y con el máximo recogimiento. La Madre de la Eucaristía en una carta de Dios dijo: “Amad a Jesús Eucaristía, recibidlo en vuestro corazón en gracia y hablad con Él. Cuando Jesús Eucaristía entra dentro de vosotros está ya presente el Paraíso en vosotros”. (Carta de Dios, 17 agosto 1997)

Un alma rica de amor eucarístico recibe de la Eucaristía un impulso cada vez mayor a anhelar el Paraíso; por eso el Obispo nos exhortaba continuamente a acumular la mayor gracia posible en nuestra alma, para llegar a Jesús un día cuando nos llame.

Haría falta tener cada día la nostalgia del Paraíso, como recita la oración a Jesús Dulce Maestro: “Quiero venir contigo al Paraíso y por ahora llena mi corazón de esta nostalgia”. El Obispo expresaba a menudo el deseo de que los sacerdotes hablasen más del Paraíso en las homilías y en cada catequesis, para suscitar en las almas un fuerte impulso a amar más. La Madre de la Eucaristía en 1998 dijo: “¿Cuánto podéis vivir aún? Digamos para los más pequeños ¿cien, ciento cincuenta años? Después está el Paraíso. Creed, hay paraíso, hay alegría, el gozo eterno, el amor, el amor hacia todos” (Carta de Dios, 25 enero 1998). Sabemos que en el Paraíso las almas que ven a Dios crecen en el amor y se vuelven cada vez más semejantes a Él; por esta razón nuestra hermana Marisa, durante las apariciones, repetía a menudo que veía a la Virgen cada vez más hermosa.

También nuestra estatua de la Madre de la Eucaristía con el tiempo se ha transformado milagrosamente: su cara se ha vuelto cada vez más dulce y ha asumido incluso una triple mirada, dirigida a los hijos, al Cielo y a la Eucaristía que tiene en la mano. De este modo nuestra Madre expresa el amor materno hacia todos los hombres de la Tierra y al mismo tiempo el deseo de conducirnos a gozar del Paraíso a través de Jesús Eucaristía.

El gran deseo y anhelo de nuestro amado Obispo ha sido siempre el de volverse a encontrar en el Paraíso con todos, como nos dijo una vez en una homilía: “Me gustaría deciros hasta pronto en el Paraíso, pero no el Paraíso de la Espera, sino en el de la Visión Beatífica”. (De la homilía del 7 junio 2009)

En nuestro corazón, en nuestra memoria, se ha quedado impresa la luz que emanaban los ojos de nuestro Obispo, impregnada de aquel amor eucarístico que regaba su alma y llegaba directo y fuerte a los ojos de quien le miraba. Nos decía que el amor puede transformarlo todo si viene de Dios y que cada uno puede sentirse verdaderamente cerca de la persona que ha amado mucho en vida, gracias a la Eucaristía, a través de un contacto eucarístico, y por esto para nosotros constituye un consuelo por el dolor que notábamos por su ausencia y por la que nuestra amada Marisa, ahora, ambos, en el Paraíso.