Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Texto de la Adoración Eucarística del 12 marzo 2017

Fiesta del Sacerdocio

Introducción

Querido Jesús Eucaristía,

esta fiesta es una de las más sentidas y amadas por nuestra comunidad porque, cuando meditamos el sacramento del sacerdocio, pensamos inmediatamente en el Obispo de la Eucaristía, en el Obispo ordenado por Dios, en nuestro padre espiritual, Monseñor Claudio Gatti. Para nosotros encarna todo lo que tiene que tener un hijo predilecto tuyo. Vosotros lo habéis escogido, le habéis dato el episcopado y le habéis reconocido la palma del martirio. Para vosotros los del cielo es ya santo porque siempre ha amado y defendido a la Eucaristía y los milagros eucarísticos acontecidos en el lugar taumatúrgico. Él siempre ha preferido obedecer a Dios, antes que a los hombres de la Iglesia, que lo han chantajeado y condenado, aunque esto le haya costado sufrimiento, soledad, ofensas y abandono. A pesar de todo no ha dejado nunca, ni siquiera por un instante, su misión, sostenido por el amor, por las oraciones y por los sufrimientos de nuestra hermana Marisa. Nosotros, hoy, queremos comentar tres fragmentos del Evangelio que más nos recuerdan a nuestro Obispo y a su acción pastoral. Nosotros, naturalmente, no nos permitimos entrar en los aspectos doctrinales que se refieren a la Palabra de Dios, cosa que compete a los sacerdotes, pero queremos solo recordar el gran amor de nuestro padre espiritual que, estos tres fragmentos del Evangelio, han hecho revivir en nuestros corazones. A él le gustaba mucho celebrar el aniversario de su ordenación sacerdotal, extendiéndolo a todos los sacerdotes e implicando, en un gran abrazo ideal, a todos los hermanos unidos a Jesús Eucaristía. Y es con este espíritu que nosotros, Jesús, hoy lo recordamos.


Primer momento


El hijo Pródigo (Del Evangelio según San Lucas 15, 11-32)

“Y continuó: «Un hombre tenía dos hijos. Y el menor dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde. Y el padre les repartió la herencia. A los pocos días el hijo menor reunió todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí gastó toda su fortuna llevando una mala vida. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquella comarca y comenzó a padecer necesidad. Se fue a servir a casa de un hombre del país, que le mandó a sus tierras a guardar cerdos. Tenía ganas de llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, y nadie se las daba. Entonces, reflexionando, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo: tenme como a uno de tus jornaleros. Se puso en camino y fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, conmovido, fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Sacad inmediatamente el traje mejor y ponédselo; poned un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traed el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron todos a festejarlo. El hijo mayor estaba en el campo y, al volver y acercarse a la casa, oyó la música y los bailes. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello. Y éste le contestó: Que ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano. Él se enfadó y no quiso entrar. Su padre salió y se puso a convencerlo. Él contestó a su padre: Hace ya tantos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. ¡Ahora llega ese hijo tuyo, que se ha gastado toda su fortuna con malas mujeres, y tú le matas el ternero cebado! El padre le respondió: ¡Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo! En cambio, tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado».


Este fragmento del Evangelio nos conmueve cada vez que lo leemos porque, a través de la Sagrada Escritura, vemos el gran amor del Señor hacia sus hijos y nos recuerda todas las veces que nuestro Obispo ha venido a buscarnos cuando nos hemos alejado de Ti. No se contentaba con tener las 99 ovejas resguardadas, protegidas en el recinto, sino que se preocupaba de la única que todavía faltaba a la llamada, porque tenía miedo de que ya no encontrase el camino de casa y se perdiese definitivamente. No se quedaba tranquilo hasta que todas sus ovejas estuvieran resguardadas. Muchas veces nuestro Obispo ha venido a buscarnos, ha luchado, rezado y sufrido por nosotros, para que nos diésemos cuenta del error, cuando volvíamos a casa pidiendo perdón, él nos acogía siempre con amor, alargando los brazos como hizo el Padre con el hijo pródigo, sintiendo una alegría inmensa. En sus ojos leíamos esta felicidad, la alegría de un padre que ve a su hijo volver a la verdadera vida, a la vida de la gracia. No contaban para él los días lejos de casa o los sufrimientos sufridos, lo importante era haber pedido perdón al Señor y haber vuelto a estar en cercano contacto con Jesús. En los profundos y penetrantes ojos de Don Claudio hemos visto a menudo la gran misericordia de Dios que tiende la mano a quien ha caído y le ayuda a levantarse.


Segundo momento


El Buen Pastor (Del Evangelio según San Juan 11, 11-18)

“Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es el pastor ni el propietario de las ovejas, en viendo venir al lobo deja las ovejas y huye, y el lobo ataca y las dispersa, porque es un asalariado y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y ellas me conocen a mí, igual que mi Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil. También a ellas tengo que apacentarlas. Ellas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor. El Padre me ama, porque yo doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que la doy yo por mí mismo. Tengo el poder de darla y el poder de recobrarla. Tal es el mandato que he recibido de mi Padre”.


Nuestro Obispo, en toda su vida sacerdotal, ha encarnado plenamente la figura del buen pastor, él se ha dado todo por las almas hasta consumirse por ellas. Cada miembro de la comunidad puede sentirse privilegiado porque ha tenido del Señor la gracia de haber encontrado un pastor auténtico que, al contrario del mercenario el cual al mínimo peligro abandona a las ovejas y demuestra que no las ama, ha conducido siempre a su rebano con fuerza, amor, humildad y no lo ha abandonado nunca a pesar de las numerosas dificultades y sufrimientos. El Obispo del amor, el Obispo de la Eucaristía, ha defendido siempre con todas sus fuerzas a cada alma que el Señor ha puesto en su camino, en mayor medida a quien se encontraba en dificultades, ya fueran materiales, pero sobre todo espirituales, llegando hasta la inmolación con tal de salvarla.

Su deseo más grande era siempre el de llevarnos a Jesús a través de la Madre de la Eucaristía, estimulándonos a crecer siempre en el amor a la Eucaristía, a los hermanos y a la Palabra de Dios. Nosotros hoy podemos afirmar que hemos tenido un pastor santo y si cada sacerdote se inspirase sinceramente en nuestro Obispo, se llegaría más velozmente al completo renacimiento de la Iglesia querida por el Señor. Por desgracia la Iglesia está todavía enferma y tiene necesidad como nunca de pastores auténticos que la lleven a la pureza y al esplendor de los primeros tiempos. Nuestro pastor, el Obispo ordenado por Dios, ahora por desgracia ya no está físicamente y a veces sentimos su falta y nos sentimos tristes y abandonados, pero tenemos la certeza de que está en el Paraíso junto a nuestra hermana Marisa y que desde allí arriba vela, está cercano y nos protege.


Tercer momento


Tú eres Pedro (Del Evangelio según San Mateo 16, 13-20)

“Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Él les dijo: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón tomó la palabra y dijo: «Tú eres el mesías, el hijo del Dios vivo». Jesús le respondió: «Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces ordenó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el mesías“.


Jesús – Querido Don Claudio, tú serás el apóstol, el profeta, el Obispo, el conductor de la nueva Iglesia. (De la Carta de Dios del 26 de julio 1998)

Nuestra Señora – Mi querida Marisella, esta mañana no has comprendido el mensaje de Dios. Mi Todo ha dado a Don Claudio la plenitud del sacerdocio, por el que tiene todos los poderes. Puede celebrar el Bautismo y la Confirmación, absolver los pecados en la Santa Confesión, celebrar la Santa Misa, bendecir y unir a los esposos en matrimonio, administrar la Unción de los enfermos, conferir el Sagrado Orden, es decir ordenar sacerdotes y consagrar Obispos; esto es todo lo que un Obispo puede hacer (De la Carta de Dios del 20 de junio 1999)

Jesús, hace dos mil años, llamó a Pedro, a Pablo y a los otros apóstoles para fundar su Iglesia. Después de dos mil años, el 20 de junio de 1999, llamó y ordenó directamente a otro Obispo, Claudio, para volver a fundar su Iglesia y hacerla volver a los orígenes, centrada en la vida de gracia, sobre el respeto de los mandamientos y sobre el amor a Jesús Eucaristía y a la Madre de la Eucaristía.

Monseñor Claudio Gattti, como Pedro, Pablo y los apóstoles, ha sido ordenado directamente por Dios, sin ninguna mediación humana. Jesús no ha abdicado nunca en su papel una vez ascendido al cielo, sino que ha permanecido a la cabeza de su Iglesia. El Señor puede hacer lo que quiera, sin necesidad de los hombres y, después de Pedro, ha llamado a Claudio porque tenía proyectos para él. Los hombres de la Iglesia no han aprendido la lección del pasado y pretenden además sustituir a Dios persiguiendo proyectos humanos y no divinos. En vez de aceptar esta gran intervención, que ha sido a favor de toda la Iglesia, se han opuesto. Pero la acción pastoral del Obispo ordenado por Dios, alimentada por las oraciones y sufrimientos de la víctima de amor, ha permitido la conversión de muchísimas almas y el triunfo de la Eucaristía. Aquello que para los hombres es una derrota para Dios es victoria, lo que para los hombres es debilidad, para el Señor es fuerza, “En la debilidad se manifiesta mi fuerza” (2Cor, 12, 1-10), “Dios ha escogido lo que en el mundo es débil para confundir a los sabios”(1Cor 27-28) “Dios ha escogido lo que para el mundo es innoble y despreciado y lo que es nada, para reducir a la nada las cosas que son” (1Cor 1,28), Dios ha escogido lo que para los hombres es muerte, la cruz, pero que, para el Señor, es vida, signo de resurrección y victoria. Porque “la piedra que desecharon lo constructores se ha convertido en piedra angular”. (Mc 12, 1-12). Esta piedra, como nos ha explicado el Obispo, es la Eucaristía, son los milagros eucarísticos que han producido y continúan produciendo sus efectos espirituales porque, siendo intervenciones de Dios no tienen límite ni de tiempo ni de espacio.

El triunfo de la Eucaristía, grande y maravillosa victoria espiritual, ha sido posible gracias a un Obispo humilde, pero grande a los ojos de Dios, que ha aceptado y abrazado con amor su misión y que ha sido acompañado por las oraciones y sobre todo por los sufrimiento de una rosa entre las espinas: Marisa, la víctima de amor.