Eucharist Miracle Eucharist Miracles

Texto de la Adoración Eucarística del 9 abril 2017

Domingo de Ramos

Querido Jesús, hoy celebramos Tu entrada triunfal en Jerusalén. Durante Tu entrada muchas personas Te acogieron entusiasmadas con las palmas en la mano y ramas de olivo y Te aclamaron al grito de: “¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel” (Jn 12, 13), demostrando que Te reconocían como Mesías y Salvador. Tal evento se refiere a la celebración de la festividad judía de Sukkot, o bien la “fiesta de la Tiendas”, en la que el pueblo judío llegaba multitudinariamente en peregrinación a Jerusalén.

Este día, en el que eras aclamado, abre la Semana de Pasión durante la cual, Tú, Jesús, recorriste la vía dolorosa de la cruz; fuiste despreciado, burlado, traicionado, abandonado, escarnecido, condenado como un malhechor… y así aquel Hosanna que Te había acogido, se transformó en Crucifica: “Sea crucificado”.

El camino que Tú has recorrido es el del amor y del sufrimiento, Tu cuerpo ha sido golpeado y herido, ha sido desgarrado por los golpes de la flagelación y la corona de espinas, perforado por los clavos en el madero de la cruz y todo para que comprendiésemos hasta el fondo que Tu amor es grande e infinito hasta el punto de beber el cáliz del dolor hasta la última gota para cada uno de nosotros.

Hoy nosotros, tu pequeño rebaño, Te hemos llevado solemnemente en procesión con cantos y oraciones y queremos hacerte compañía, vivir contigo la Semana Santa y los intensos y dramáticos momentos del Triduo Pascual, fuertemente ligados a la Eucaristía. Nuestro Hosanna es un acto de gratitud por todas las gracias y las ayudas que, como comunidad, familias e individuos, hemos recibido. Incluso para nosotros el camino a veces es tortuoso, escondiendo trampas, dudas e incertidumbres; tenemos necesidad del poder de Tu gracia y de Tu ayuda para luchar y ser siempre valientes y fuertes.

A Ti nuestro amor, nuestra alabanza, nuestra fe por toda la eternidad.


Del Salmo 118


Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: es eterna su misericordia.

En mi angustia clamé al Señor, él me atendió y me dio respiro. El Señor está conmigo; de nada tengo miedo, ¿qué puede hacerme el hombre? El Señor está conmigo, él es mi apoyo, yo veré derrotado a mi enemigo.

Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse del hombre; mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los poderosos. Todas las naciones me cercaron, pero en el nombre del Señor las trituré; me rodearon, me cercaron, pero en el nombre del Señor las trituré; me cercaron como avispas, ardían como fuego de espinos, pero en el nombre del Señor las trituré.

Me atropellaron para que cayera, pero el Señor vino en mi ayuda; mi fuerza y mi grito de guerra es él, a él le debo la victoria. Clamor de alegría y de victoria en la tienda de los justos: la diestra del Señor hace proezas, la diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor hace proezas.

No, no moriré, seguiré viviendo para contar las obras del Señor; el Señor me ha castigado duramente pero no ha permitido que muera.

La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular; esto ha sido obra del Señor, una maravilla a nuestros ojos.

Éste es el día que el Señor ha hecho; sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Danos la victoria, dánosla, Señor; danos el triunfo, dánoslo, Señor.

Bendito el que viene en nombre del Señor.

Os bendecimos desde la casa del Señor.

El Señor es Dios, él nos ilumina; ordenad la procesión con ramos en las manos hasta los ángulos del altar.

Tú eres mi Dios, yo te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo.

Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia.


Comentario al salmo 118


Hemos escogido meditar este salmo porque, según la tradición judía, se recitó durante la entrada triunfal de Jesús.

El inicio del salmo celebra la bondad del Señor; el ser bueno es una característica exclusiva de Dios: “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”; así dehecho ha actuado el Señor con el hombre: no sólo no le ha devuelto mal por mal sino que, en respuesta al mal, le ha concedido el bien. A esto se refieren en el versículo las palabras: “Su misericordia es para siempre”. La palabra "misericordia" significa precisamente amor absolutamente gratuito e incondicional, que no pretende ser correspondido.

En los versículos sucesivos es el mismo Cristo el que habla: “En mi angustia clamé al Señor, él me atendió y me dio respiro”. Jesús, de tal modo, indica el misterio del sacrificio pascual, la angustia de la cruz y la salvación de la resurrección, el grito del Crucificado seguido del Aleluya del Resucitado.

“Todas las naciones me cercaron, pero en el nombre del Señor las trituré; me rodearon, me cercaron, pero en el nombre del Señor las trituré; me cercaron como avispas, ardían como fuego de espinos, pero en el nombre del Señor las trituré”. En estos versículos, con una imagen fuerte e intensa, los enemigos crueles son comparados primero a un enjambre de abejas y luego con las llamas que avanzan y lo reducen todo a cenizas. Por tres veces se repite: “Pero en el nombre del Señor las trituré”, por lo tanto se reafirma firmemente que aquellos que viven y luchan en estrecha comunión con el Señor pueden derrotar al mal.

“No, no moriré, seguiré viviendo para contar las obras del Señor; el Señor me ha castigado duramente pero no ha permitido que muera”. El Cristo Resucitado ha vencido a la muerte, éste es el gran misterio de la Pascua; nosotros podemos morir y resucitar como Cristo, hacer morir el pecado y resucitar a la vida de gracia.

“La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular; esto ha sido obra del Señor, una maravilla a nuestros ojos”. Esta imagen indica que, gracias a la intervención de Dios, los proyectos de los malvados son trastocados y derribados; aquella misma piedra que había sido desechada por los constructores, se volverá justamente la piedra que sostendrá el edificio entero. Sin embargo, esto sólo puede hacerse porque es el Señor quien trabaja de una manera maravillosa, para realizar sus planes de salvación y de amor.

Estos versículos del salmo parecen representar fielmente también la situación en la que han vivido nuestro Obispo y Marisa en su misión de defender la centralidad de la Eucaristía, verdadero cuerpo y verdadera sangre de Cristo, durante la cual han encontrado numerosos enemigos que, como abejas y llamas devastadoras, la han convertido en un verdadero martirio. El triunfo de la Eucaristía, anunciado del 10 de enero de 2002, fue la gran intervención de Dios que impidió la realización del plan diabólico-masónico que trataba de eliminar la Eucaristía y el culto eucarístico y, ya que los partidarios de este plan ocupaban posiciones muy importantes en la Iglesia, se presume que sin la intervención de Dios habrían logrado realizarla.

Esto ha sido obra del Señor, una maravilla a nuestros ojos”, este versículo nos recuerda lo que a menudo nuestro Obispo nos repetía: el Señor es capaz de desmontar las situaciones más graves incluso de una manera absolutamente inesperada. De hecho los eclesiásticos masones, para demostrar que los llamamientos de la Madre de la Eucaristía no eran dirigidos a ellos, se afanaban hablando extensamente y devotamente de la Eucaristía, por tanto nuestro Obispo y Marisa se han convertido justamente en aquella “piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angula”, necesaria para que se realice el renacimiento de la iglesia.


QUE SEA “HOSANNA” Y NO “CRUCIFICA”


Primero el “Hosanna” acoge a Jesús durante su entrada triunfal en Jerusalén, luego el grito despiadado del "crucifica" lo abruma con los insultos y las palizas que, humillándolo, lo acompañarán por toda la subida al Gólgota.

Estas dos palabras, diametralmente opuestas, se alternan en nuestra mente y nos empujan a abarcar todo el significado; nuestro “Hosanna” quiere glorificarte en nuestro corazón Jesús, mientras nos empeñamos en transformar aquel “Crucifica” para que se aleje de Ti, en actos de amor y de reparación que alivien Tu Corazón herido.

Muchas veces nuestro Obispo nos ha invitado a reflexionar sobre el hecho de que la cruz ha sido la única vía posible recorrida por el Señor para salvar al hombre del pecado y reabrirle las puertas de Paraíso. Dios es Infinito y Omnipotente, por tanto habría bastado una sola gota de Su sangre divina, que tiene valor infinito, para redimir la humanidad entera. Pero Él ha actuado de diferente manera, ha querido dar a Su Hijo por todos nosotros, para que tuviésemos la vida eterna; y sin embargo todavía hoy, como entonces, Su martirio no conmueve a muchos hombres que rechazan abrir el corazón a Su gracia, como los que dedican toda su vida al poder o al dinero. Son estos los que también y sobre todo hombres de la Iglesia, los que en el tiempo han continuado “crucificando” a Jesús, porque se han opuesto a Él y han tratado de destruir de muchas maneras la misión más importante y hermosa que Dios podía confiar a las almas, la de hacer conocer, amar y hacer triunfar en el corazón de los hombres a Jesús Eucaristía y a la Madre de la Eucaristía. Aquellos que se alejan del Corazón de Cristo son también los que provocan guerras y violencia de todo tipo, verdaderas plagas para la humanidad, que cada día flagelan el corazón de Jesús y consumen a los hombres con un sufrimiento inaudito.

Los hechos que ocurren en el mundo resuenan como un continuo “crucifica”; estos son causados por la lejanía de Tu amor Señor, están en oposición con Tu ley y nos empujan a gritar en nuestro corazón un “Hosanna” aún más fuerte y lleno de amor, para que la situación difícil que aflige a nuestro planeta pueda cambiar. Sabemos que el mundo cambiará su rostro y sanará de las llagas a partir del cambio de los hombres de la Iglesia y poco a poco los frutos del martirio de tus dos queridos hijitos están madurando; esto nos anima, vigoriza nuestras fuerzas y refuerza nuestra confianza.

Queremos acercarnos a la Pascua acercándonos más a Ti, Jesús, para hacerte triunfar en nuestro corazón y, como ha escrito tu querido Obispo de la Eucaristía en la oración para la Iglesia, esperamos con confianza que Tú puedas anclar la nave de la Iglesia a las dos columnas, sobre las que se alzan la Madre de la Eucaristía y la Eucaristía.

Te rogamos, Jesús, para que se aplaquen las tempestades peligrosas en las que navega la Iglesia y sus pilotos vuelvan a amar la Eucaristía y reparen las velas rotas para que sean frenadas por el viento del Espíritu Santo y lleven finalmente la nave mar adentro.

Roguemos que Tu cuerpo místico no derrame más gotas de sangre sino que resplandezca, inmaculado y fulgurante, finalmente amado y respetado por todos los hombres.