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Texto de la Adoración Eucarística del 8 diciembre 2014

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Introducción

La celebración de la Inmaculada Concepción es uno de los aniversarios más importantes y más emotivos de la Iglesia y de nuestra comunidad. Esta fiesta se produce a dos días de una fecha muy importante para nosotros, el 6 de diciembre, día en el que recordamos la partida del Obispo ordenado por Dios.

En esta adoración queremos recordar a nuestro amado padre espiritual, S.E. Monseñor Claudio Gatti, su unión inseparable y profunda con la Virgen y el vínculo entre la Inmaculada Concepción y la Madre de la Eucaristía.

Jesús Eucaristía, que estás aquí presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad, hace pocos días que hemos recordado los cinco años de la partida del Obispo de la Eucaristía, Monseñor Claudio Gatti, aquél que tú mismo has ordenado y dado a la Iglesia y que ahora está en el Paraíso gozando de la merecidísima alegría y recompensa. Hoy, con Tu permiso, nos gustaría dirigirnos directamente a él.

Excelencia, queremos recordarte también en el día de la Inmaculada Concepción porque todos los que han tenido la suerte de conocerte y estar a tu lado, han podido ver, gustar y darse cuenta de tu inmenso amor por la Virgen. Queremos detenernos sobre estos cinco años que han transcurrido sin tu presencia física pero, sobre todo, sobre el afortunado período en el que te hemos tenido a nuestro lado. Probablemente no comprenderemos nunca completamente, mientras estemos en esta Tierra, el gran don que Dios nos ha hecho cuando nos ha permitido encontrarte en nuestro camino. Paradójicamente, tu ausencia física en estos años nos ha hecho reflexionar en el gran amor que siempre nos has sabido dar en toda circunstancia y en la suerte que hemos tenido. Vamos hacia adelante, tratando de poner en práctica tus enseñanzas y, cuando caemos, te imaginamos a nuestro lado que nos tiendes una mano, ayudándonos a levantarnos, animándonos, como lo has hecho siempre en tu vida. No has mirado nunca nuestra pobreza para guiarnos, sino que nos has ayudado a corregirla para que pudiéramos hacer un salto adelante hacia la conquista del Paraíso. Estás siempre presente espiritualmente en cada una de nuestras elecciones o difíciles decisiones que tenemos que tomar. No has dejado nunca atrás a nadie excepto aquellos que, por libre y apresurada elección, han dado la espalda primero a Jesús y luego a ti, y, a menudo, éstos estaban particularmente cerca de ti. Cada año de tu sufrida vida ha sido una perla incrustada en el corazón de Jesús y de María y una flor, la más perfumada, tejida en la corona del renacimiento espiritual de la Iglesia.

Padre espiritual, confesor, médico, enfermero, consejero, amigo, maestro de vida, ejemplo de valor y dedicación total por el triunfo de la Eucaristía. Son sólo algunas de las expresiones que nos vienen a la mente para describir aquella parte de tu magnífica existencia en la que hemos tenido la suerte de participar. Toda tu vida ha sido una oración incesante para que las almas pudieran crecer en la vida de la gracia y en el amor a Jesús Eucaristía y a la Madre de la Eucaristía. Te hemos imaginado como una vela encendida que no se ha dejado extinguir por el viento de la calumnia, de las ofensas, de las injusticias y maldades perpetradas en tu contra por los enemigos de Dios, pero que se ha dejado consumir por el amor por la Iglesia y por las almas. Es comprensible imaginar que tú hayas dejado un gran vacío, pero también es alentador pensar que tu oración y tu intercesión por la Iglesia son aún más poderosas. No olvidaremos nunca tu mirada, a menudo cargada de sufrimiento, pero también de amor, que penetraba en nuestro corazón, hasta llegar a nuestra alma. Creemos que era la misma mirada de Jesús cuando encontraba a un alma que quería salvar. Nos has amado hasta el último respiro y continuas amándonos y amando a tu Iglesia porque tú eres sacerdote in eterno. “Antes de la fiesta de Pascua Jesús, sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. (Jn 13, 1-11)


Primer momento

El Obispo y la Virgen, un binomio indisoluble

A Jesús por María, a María por el Obispo de la Eucaristía. En nuestro corazón florecen espontáneas estas palabras cuando pensamos en el amor que nuestro Obispo tenía y tiene por la Madre de la Eucaristía y cuánto ardor ha puesto, a lo largo de su vida pastoral, para llevar a las almas a ella y, de ella, a su Hijo Jesús. El Obispo de la Eucaristía ha crecido en la escuela de la Virgen que ha estado siempre a su lado y que siempre lo ha animado y sostenido en la grande y difícil misión de hacer renacer la Iglesia. El Señor ha querido premiar este gran amor del hijo por la Madre y ha hecho que, durante cada Santa Misa celebrada por el Obispo de la Eucaristía, la Virgen estuviese a su lado, de manera para nosotros invisible. Es un don que Dios ha reservado a este hijo suyo predilecto que ha defendido siempre el Evangelio, los sacramentos, los innumerables milagros eucarísticos y todas las grandes obras de Dios ocurridas en este lugar taumatúrgico, hasta la muerte, hasta subir a la cruz. Durante los años en los que hemos tenido la suerte de asistir a los encuentros bíblicos, el Obispo ordenado por Dios nos ha hecho conocer mejor a nuestra Madre celeste; de hecho decía que para amar a una persona, hay que conocerla. El Obispo del amor nos ha hecho notar cómo, en las sagradas escrituras, se habla poco de la Virgen y nos ha explicado que eso es debido a la humildad de María; Ella misma, de hecho, deseaba que los apóstoles hablasen y pusieran de relieve a su Hijo Jesús. Es la misma humildad que hemos encontrado en don Claudio, tanto cuando era un sencillo sacerdote, como cuando fue nombrado Obispo, el primero, después de dos mil años, en ser ordenado por Dios y, como nos ha hecho saber el Señor, el último. El Obispo de la Eucaristía no se ha vanagloriado de este gran don, no ha cambiado nunca su actitud humilde y sencilla ante sus fieles, de hecho, sabemos que esta ordenación de origen divino le ha traído muchos sufrimientos. Él ha dicho “Sí”, ha obedecido al Señor y se ha abandonado a su voluntad. Este “Sí” nos recuerda el de María en el momento del “Fiat”, cuando aceptó convertirse en la Madre de Jesús, Corredentora del género humano y Madre de todos los hombres.

El Obispo de la Eucaristía y la Madre de la Eucaristía, un binomio indisoluble unido por el profundo amor por Jesús Eucaristía. Otro testimonio del amor de nuestro Obispo hacia la Madre del cielo está representada por las notas explicativas escritas por él en el libro “Yo soy Madre de la Eucaristía”:

No nos damos cuenta plenamente de la plenitud de gracia en María porque no podemos comprender a qué perfección y riqueza espiritual Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, han elevado a esta criatura humana. Se puede afirmar que la plenitud de gracia es la característica principal de María; de hecho es saludada por el arcángel Gabriel como “llena de gracia”. La identidad de María le es dada por ser “llena de gracia”, la última parte del saludo angélico: “el Señor es contigo” nos hace comprender que María, desde el primer instante de su existencia y para siempre, ha tenido esta plenitud de gracia: ha sido la primera en ser redimida por Cristo, porque le han sido aplicados por anticipado los méritos de Cristo.

Sabemos que María, Madre de la Eucaristía, ha sido el tabernáculo viviente de Dios, el primer tabernáculo de la historia de la Iglesia. El Obispo de la Eucaristía ha defendido, protegido y custodiado con valor este preciosísimo tabernáculo, contra los enemigos del Señor, incluso a costa de su propio honor y de su propia vida.


Segundo momento

La Inmaculada Concepción

En el Capítulo 1º del Evangelio de Lucas (Lc 1, 26.38) podemos contemplar la obra maestra más grande de Dios: María, Inmaculada Concepción y Madre de la Eucaristía.

Nuestro Obispo, en sus maravillosas y preciosas homilías, nos ha explicado magníficamente el motivo de la grandeza de la Virgen. Nuestra Madre celeste, de hecho, es la única criatura concebida sin pecado original, a ella le han sido atribuidos anticipadamente los méritos de la Redención de Cristo. Por otra parte, la cantidad de gracia presente en su alma es superior a la de toda la humanidad, pasada presente y futura.

Cuando una persona es declarada santa, la cantidad de gracia presente en esta alma, no será nunca completa. Sin embargo, en María, está presente una gracia tan grande que hasta los ángeles, criaturas de naturaleza espiritual, la reconocen como a su reina porque es “llena de gracia”.

El dogma de la Inmaculada Concepción fue promulgado por el Papa Pío IX en 1854 y esto fue confirmado cuatro años más tarde, en Lourdes, donde la Virgen se presentó a Bernardette con estas palabra: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Entre la Inmaculada Concepción y la Madre de la Eucaristía existe un hilo conductor que parte de Lourdes, pasa por Fátima y llega a Roma. Para confirmar esto, el 17 de julio de 1994, Marisa, por primera vez, ve a dos Vírgenes: la Inmaculada Concepción y la Madre de la Eucaristía. “Dios ha querido que abriese y cerrase la historia” (Carta de Dios, 11 de febrero de 1995). Nuestro Obispo nos ha explicado que ningún otro título, que se le dé a la Virgen en un futuro, será más importante que el que le ha dado Jesús en el momento de su circuncisión, diciéndole: “Tú eres Madre de la Eucaristía”.

Nuestra Madre celeste ama inmensamente a sus hijos y desea con todo su corazón llevarnos a la conversión, conduciéndonos directamente a Jesús Eucaristía.

La verdadera conversión y la vida de gracia son posibles sólo con una fuerte unión con Dios, realizable a través de los sacramentos y, en particular, con la Eucaristía: “Vivid de la Eucaristía, sin Eucaristía no hay amor”. (Carta de Dios, 6 de febrero de 1993).

El Obispo de la Eucaristía y Marisa, la víctima de la Eucaristía, al pronunciar su “Sí” a Dios, también en Lourdes, en 1973, empezaron su importantísima misión, bajo la guía de la Madre de la Eucaristía que los ha protegido durante su vida terrena con su manto. Tenían que llevar a Jesús Eucaristía al centro de la Iglesia y al corazón de cada hombre.

Te rogamos, querido Jesús Eucaristía, por la intercesión de María, Inmaculada Concepción y Madre de la Eucaristía, que nos ayudes a amarte cada vez más y que nos ayudes a volar juntos al cielo, como nos han enseñado nuestros padres espirituales.

En particular, en este momento, protege nuestra comunidad de las insidias y de los ataques de todas aquellas personas adversas a los designios de Dios. Ayúdanos a llevar adelante con fuerza, valor y, sobre todo, con amor la misión empezada por María y por nuestro Obispo. Sabemos que las fuerzas del mal no vencerán nunca porque Tú Mismo has dicho al primer Papa. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16, 18-19)


Roma, 8 diciembre 2000 - hora 10:30

Carta de Dios

Marisa - Hoy estás vestida de fiesta; estás hermosa, y, como siempre, estás acompañada de los ángeles, de los santos y las almas salvadas. Hoy están también Silvano, Bruno y todos los que están salvados.

Nuestra Señora - Si, quién frecuenta este lugar taumatúrgico y viene aquí a orar es más fácil que se salve.

Marisa - He visto entrar a Padre Pío.

Nuestra Señora - Marisella, mira cuantas almas tengo en torno a mí, éstas están salvadas, aunque han hecho pequeñas cosas; no hace falta hacer grandes cosas para salvarse.

Marisa - Veo a Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y un Papa futuro que no puedo decir. Pero ¿no están los jóvenes? Veo sólo a Stefanuccio y Juan. En torno a ti tienes a tu amado esposo y a Jesús, que unas veces veo grande y otras pequeño. Te encomiendo a todos los enfermos y a todas las personas que piden tu ayuda, porque ellos se dirigen más fácilmente a ti y te dicen: "Mamá, ayúdame, tengo necesidad de ti"· Eh ahí dos Vírgenes, están formando una corona; no hay flores, sino ángeles. La corona parte de la Inmaculada y llega a la Madre de la Eucaristía. El rostro es siempre el mismo, cambian solamente el vestido y la expresión: La Madre de la Eucaristía es más seria, porque lleva a Jesús; mientras que la Inmaculada es más sonriente y cada poco mira a la Eucaristía en las manos de la Madre de la Eucaristía. ¡Qué maravillosa escena! ¡Qué hermosa eres! Yo te veo desde hace muchísimos años y cada vez eres siempre más hermosa. Nosotros estamos aquí siempre para pedir tu ayuda. ¿Te gusta nuestra basílica? No tiene paredes y si alguno quiere puede entrar fácilmente. ¿Te gusta?

Nuestra Señora - Sí, a Dios Padre le gusta mucho.

Marisa - Pero nosotros ¿le gustamos a Dios Padre?

Nuestra Señora - Sí, sois todos sus predilectos. Cierto Dios prefiere a los que viven en gracia y a quién ama al prójimo. Para quien no ama no hay sitio en el Paraíso. Marisella, ahora oremos todos juntos: en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo... Mis queridos hijos, gracias por vuestra presencia y gracias por la vigilia que habéis hecho por mi fiesta. Querría que cada fiesta mía, fuese también la vuestra, no obstante las diversas visicitudes, dificultades y sufrimientos que vivís. Os invito a hacer que esta fiesta no se acabe hoy y que mañana no comencéis de nuevo a preocuparos del trabajo, del estudio o la casa. Una vez ya os hice leer la novena de la Inmaculada en la de Navidad, esta vez os dejo libres, pero si queréis, podéis hacer una cadena entre las dos novenas. Preparad la venida del pequeño Jesús. Preparaos, a fin que todo triunfe, sobretodo la verdad. El Santo Padre no tiene el valor de reconoceros, pero llegará aquel que os reconocerá y todos sabrán donde está la verdad. Mi Papa lo sabe todo, pero no quiere ponerse en contra de los cardenales y los obispos. Mis queridos hijos, habéis tenido tantos y tantos milagros, lo que ha sucedido aquí no ha ocurrido en ningún otro sitio de la tierra: milagros eucarísticos, repetidas efusiones de sangre de la Eucaristía, sobretodo el gran milagro acaecido durante la consagración pronunciada por mi obispo. Quien no conoce a Jesús Eucaristía no puede comprender hasta el fondo los grandes milagros. Debéis gritar: aleluya, aleluya, aleluya, porque Dios está con vosotros. Continuar hablando de ciertos argumentos no es bonito, hablemos en cambio de vosotros, de vuestro camino espiritual, de vuestro amor, hablemos de lo que ha dicho Jesús: "Aprended a amar y después orad" El Santo Rosario es una oración potente y es bonito recitarlo, sobretodo juntos, pero el amor está por encima de todo.

Marisa - Veo al Padre Pío que está cerca de ti como un niño cuando esté al lado de la mamá. Pero, ¿tú me ayudas?

Nuestra Señora - Veo a la querida abuela Yolanda que con mucho sacrificio está aquí en medio de nosotros. Oh, querida abuela Yolanda, ¡qué difícil es tu vida!. Has dicho una frase muy bella: "Sufro, pero estoy bien". En cambio, ¿qué has dicho tú Marisella?

Marisa - Es verdad, he dicho lo contrario.

Nuestra Señora - Mis queridos hijos, la Mamá os desea una buena y santa fiesta. Continuad recitando cualquier oración durante la jornada. Me repito: si queréis haced esta cadena, no de ángeles, sino de flores, florilegios y sacrificios, ligad la novena de la Inmaculada a la del santo Nacimiento, pero sin crear problemas en familia. Junto a mi y vuestro obispo os bendigo, a vuestros seres queridos, sobre todo a los enfermos. Bendigo a los niños y todos los enfermos que están en el hospital o en casa. Bendigo vuestros objetos sagrados. Bendigo a los que han venido de lejos con sacrificio. Os traigo a todos junto a mi corazón y os cubro con mi manto materno. Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo. Sea alabado Jesucristo.

Marisa - Los ángeles la han tomado y se la han llevado hacia arriba. Adiós. Don Claudio, ¿has visto cómo estaban colocados?

Don Claudio - No, tú ves, yo no.

Marisa - Es verdad, se me olvida, pero me sale espontáneo decir: "¿Has visto?"