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Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo

Domingo, 26 noviembre 2017 - hora 9:30

“Me gustaría que todos los hombres fuesen reyes sin corona, sin poder o riquezas para gozar la vida verdadera. Es hermoso ser rey, pero hay que vivir con honestidad, con sinceridad y con humildad. Me gustaría que todos vosotros fueseis reyes como yo, porque el amor que tenéis por la Eucaristía es grande y es lo que cuenta” (Carta de Dios, 26 de noviembre 2000)


El domingo 26 de noviembre de 2017, celebramos a Jesucristo nuestro Señor, Rey del Universo. Jesús Dulce Maestro es el buen Pastor que se ha inmolado para salvar a todos los hombres. Él no ha venido a la Tierra para ser servido, sino para servir a los hombre y librarlos de la esclavitud del pecado. Jesús ha escogido el trono glorioso de la Cruz como signo de su realeza y nosotros tenemos que estarle infinitamente agradecidos, porque se ha dado del todo y tenemos que tratar de imitarle poniéndonos al servicio de nuestros hermanos.

En la carta de Dios del 20 de noviembre de 2005, Jesús nos dijo: “Mis queridos hijos, lo que ha dicho vuestra hermana es la verdad. He llevado la corona de espinas, he sangrado por todas partes y después he subido al Padre, que me ha proclamado Cristo Rey, pero no me he querido poner la corona, como hacen tantos personajes, especialmente los reyes, que les importa mucho la corona. Yo no me he querido poner la corona, he tratado por todos los medios de dar mi corazón, mi corazón. Para mí es mucho más importante quitarme la corona y dar mi corazón a todos”

Cristo es el eterno jefe de toda la Iglesia. Él es el Rey de la Iglesia militante, constituida por la comunidad de bautizados que viven en gracia en la Tierra; a éstos el Señor les da asistencia ayudándoles en la lucha contra el pecado, hasta el punto que destruirá a todas las autoridades humanas y diabólicas que se opongan a él.

Cristo es el Rey de la Iglesia purgante, formada por los que han muerto en gracia de Dios, pero que todavía tienen una deuda que expiar por los pecados cometidos.

Cristo, por último, es el Rey de la Iglesia triunfante, la única que permanecerá incluso después del juicio final. Con el juicio de Dios y la resurrección de la carne, incluso el último enemigo, la muerte, será aniquilada y los que han muerto en gracia resucitarán en toda su belleza. La resurrección de la carne afectará a todo el mundo, incluso a los condenados, pero éstos serán de una fealdad horripilante. En ese momento la Iglesia militante ya no existirá y por lo tanto ya no habrá motivo para que Cristo sea el Mesías combatiente. Jesús entregará el reino a su Padre y se colocará a su derecha, como Hijo de Dios, ante el cual, todo el Paraíso, en su realidad de comunidad y de Iglesia triunfante tendrá que inclinarse a su vez.

En este punto de vista, atribuir a Cristo las comunes insignias reales, el trono, el cetro y la corona, significa disminuir su grandeza de Rey.

Jesús nos sorprende porque su modo de actuar es completamente opuesto al de los hombres. A estos les gusta sobresalir y en el curso de la historia se han impuesto sobre sus semejantes. A veces, incluso con la fuerza se han autoproclamado reyes y emperadores, reclamando todas las insignias propias de aquellos que reinan sobre los pueblos. “Jesús en cambio no se siente rey como los reyes de la tierra, pero se siente padre, hijo, hermano” (Carta de Dios, 24 de noviembre 1996). Él no busca las insignias reales: siendo Dios desde la eternidad se sienta sobre un trono infinitamente glorioso; encarnándose ha escogido los tronos que no necesitan la aprobación de los hombres, el último y el más importante en el tiempo, es el trono de la cruz, de hecho ha dicho: “Cuando sea levantado en la cruz atraeré a todos los hombres hacia mí”. Este trono, que según la mentalidad de los hombres era el más humillante que podía existir ofrecido a los condenados, exalta a Dios, porque indica la soberanía.

Cristo Rey nos viene al encuentro mostrándonos los signos de su pasión, los signos de su realeza son éstos, trofeos gloriosos y signos de victoria. Si nosotros nos inclinamos delante de Él diciendo como S. Tomás: “Señor mío y Dios mío”, entonces nos confirmaremos en la dignidad de ser hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico.

Si crecemos en gracia, nos asemejaremos cada vez más a Jesús y por lo tanto seremos también nosotros soberanos, como nos ha dicho la Virgen: “¿Os acordáis cuando Jesús dijo: “Soy Rey, pero sin corona”? Nosotros no utilizamos el llevar la corona. No es la corona lo que nos hace soberanos, sino el corazón y el alma; todo lo que es justo, que es casto, que es puro nos hace Reyes y Reinas; así también vosotros podéis alcanzar la realeza. Sed perfectos delante de Dios. Vosotros diréis que sólo Dios es perfecto. Es verdad, pero también el hombre puede llegar a la perfección, no al nivel de Dios, por su caridad, por su bondad, por su paciencia, si tiene el alma limpia y vive siempre en gracia” (Carta de Dios, 12 de noviembre 2006).

Por esto nuestro Obispo y Marisa, que nos han amado como hijos, rezaban por nuestro crecimiento espiritual y temblaban para que nos elevásemos cada vez más hacia Dios y nuestra adhesión a la Eucaristía se volviese cada vez más fuerte y auténtica. La celebración se lleva a cabo en tres etapas: la procesión con Jesús Eucaristía la adoración eucarística y la S. Misa.