MOVIMENTO IMPEGNO E TESTIMONIANZA
Este Vía Crucis ha sido predicado por el Obispo Claudio
Gatti en Lourdes el 12 de octubre de 1991 con ocasión de una peregrinación
efectuada con algunos miembros de la comunidad.
En la misma circunstancia y exactamente el 14 de octubre de 1991 Marisa comenzó
a escribir "bajo dictado" la vida de la Madre de la Eucaristía.
Después de algún tiempo la Virgen expresó el deseo de que
el Vía Crucis predicado en Lourdes fuese utilizado por los miembros de
la comunidad para meditar la pasión y la muerte de Jesús. En este
Vía Crucis falta la quinceava estación, la de la Resurrección
de Jesús. Ésta será escrita -ha dicho el Obispo- cuando
sea restituida la facultad de celebrar la Santa Misa en nuestra capilla.
PRIMERA ESTACIÓN: JESÚS EN GETSEMANÍ
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Salió, y como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos
le siguieron. Llegados al lugar, les dijo: "Orad para no caer en tentación".
Después se alejó de ellos como a un tiro de piedra y arrodillándose,
oraba diciendo: "¡Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz!,
pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Entonces se le apreció
un ángel del cielo que le confortaba. Y sumido en agonía, oraba
con más intensidad; y su sudor se hizo como gotas de sangre que caían
en tierra. Después, levantándose de la oración, vino donde
los discípulos y los encontró dormidos por la tristeza. Y les
dijo: "¿Por qué dormís?. Levantaos y orad para que
no caigáis en tentación" (Lucas, 22, 39-46).
Lector
En la primera estación, meditamos la agonía de Jesús en
Getsemaní; reflexionemos intensamente sobre el dramático momento
en el que el hijo de Dios, que es amado infinitamente por el Padre y a su vez
ama infinitamente al Padre, ha escogido libremente experimentar el sufrimiento
del abandono. Cada uno de nosotros en algún momento de la vida tiene
cierto sufrimiento sintiéndose solo, incomprendido o abandonado; pero
el abandono que Cristo ha querido experimentar ha sido tan violento y estremecedor
que provocó una profunda turbación y un sufrimiento espasmódico
que se manifestó con el sudor de sangre.
Nosotros nos inclinamos reverentes y asombrados frente al Cristo glorioso de
la transfiguración, de la ascensión, al Cristo Hijo de Dios que
se sienta a la derecha del Padre, pero sentimos particularmente cercano a nosotros
al Cristo postrado en tierra, en Getsemaní, que llora, gime, está
cubierto de sudor de sangre, porque es un Cristo que sentimos como nuestro hermano,
es un Cristo que sentimos muy cercano a nosotros.
Jesús ha querido y quiere participar de nuestro sufrimiento, pero es
justo, puesto que nosotros lo amamos, que participemos de una pequeña
parte suya. Cuando amamos a una persona que sufre, nosotros no nos quedamos
indiferentes frente a su padecimiento. Entonces ¿por qué el dolor
de Cristo, que se renueva todavía hoy, nos deja indiferentes o adormilados
como los apóstoles mientras Cristo gemía y sufría?. Ellos
dormían y Cristo sufría. Esperemos que no se repita por nosotros
esta escena del Evangelio porque nosotros podemos, debemos, queremos estar despiertos
para hacer compañía a Jesús. Imprimamos en nuestro corazón
las palabras que Él dijo a los apóstoles: "¿Conque
no habéis podido velar una hora conmigo?. Velad y orad para no caer en
tentación". Frente al sufrimiento de Cristo nosotros debemos gritarle
nuestro amor y demostrarle la voluntad de recorrer el camino que Él ha
comenzado y recorrido primero que nosotros.
Padre nuestro...
SEGUNDA ESTACIÓN: JESUS TRAICIONADO POR JUDAS
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Todavía estaba hablando, cuando una turba de gente se presentó;
les precedía el llamado Judas, uno de los doce, y se acercó a
Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: "Judas, con un beso
entregas al Hijo del Hombre?". (Lucas, 22, 47-48)
Entonces aquellos (los que habían venido con Judas) se acercaron, echaron
mano a Jesús y lo prendieron. (Mateo, 26,50)
Lector
La traición es un pecado que no nace en un momento de debilidad, sino
que se realiza como consecuencia de un largo proceso.
Judas traiciona a Cristo porque se siente traicionado él mismo. De hecho
había aceptado seguirle porque, habiendo asistido a sus milagros y sentido
sus discursos, creía que podía ocupar un puesto relevante en el
reino de Dios. Pero cuando Cristo dijo claramente que había venido al
mundo para salvar al hombre del pecado y por esto sufriría y moriría,
Judas fuertemente desilusionado abandonó al maestro.
Judas, después de dos mil años, está todavía hoy
presente en muchos de nuestros hermanos. Oremos y pidamos insistentemente a
la Virgen que no sigamos nunca a Judas y traicionemos a Jesús.
Que ninguno de nosotros tenga la presunción de salvarse sin la gracia
de Dios. Solo la gracia garantiza al hombre el derecho de llamarse y de ser
hijo de Dios, y la gracia debe ser adquirida a través de los sacramentos.
Pidamos a María que podamos besar a Jesús, pero que nuestro beso
sea siempre un beso de amor, nunca de traición. La Virgen ha dicho: "Orad,
haced sacrificios por la conversión de los pecadores". Nosotros
deseamos acoger esta súplica, este angustioso llamamiento materno y empezar
a ofrecer al Señor pequeños florilegios y pequeños sacrificios.
Hagamos pues que en nuestros rostros se pueda leer la serenidad y la alegría,
y si vivimos turbados, tensos, melancólicos, escondámoslo, abramos
los labios a la sonrisa, el corazón a la esperanza y el alma al beso
de Dios, para que de este encuentro con Él pueda realizarse una real
transformación y un auténtico cambio de estilo de vida.
Sólo así podremos conseguir la paz, la serenidad, la armonía
y la concordia y hacer don a las personas que encontremos en nuestro camino.
Padre nuestro...
TERCERA ESTACION: JESÚS CONDENADO POR EL SANEDRÍN
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín entero andaban buscando un falso
testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte, pero no encontraron
ninguno. Entonces el sumo sacerdote le dijo: "Te conjuro por el Dios vivo,
que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios".
"Tú lo has dicho" le responde Jesús
Entonces el sumo sacerdote se rasgó sus vestidos diciendo: "Ha blasfemado
¿qué os parece?
Respondieron ellos: "Es reo de muerte". (Mateo, 26, 59
66)
Lector
El Sanedrín era el tribunal que ostentaba la máxima autoridad
del pueblo hebreo; éstos tenían también el deber de tener
presente la promesa de la venida del Mesías. Sin embargo, los que debían
reconocerlo y acogerlo como Mesías le negaron, le rechazaron, le condenaron.
Esto debe empujarnos a reflexionar. Debemos abrirnos a la gracia de Dios, dejarnos
guiar por ella, para comprender la lógica del Señor, aún
cuando puede contrastar con la nuestra.
Los cabecillas del Sanedrín condenaron a Jesús porque habían
deformado el concepto de Mesías. Estos querían un Mesías
político que los librase de la dependencia de los Romanos y por esto
habían sustituido el designio de Dios por el suyo. Estemos atentos para
reconocer los designios de Dios y a no pretender imponerle estúpidamente
nuestras opiniones, nuestras valoraciones. Cuando la Virgen dice: "abandonaos
a Dios" se refiere en modo particular a la palabra de Jesús: "Mirad
las aves del cielo: no siembran ni cosechan, ni recogen en graneros y vuestro
Padre celestial las alimenta". Tampoco a nosotros, dejará El Señor
que nos falte aquello de lo que tenemos necesidad, si tomamos como modelo la
actitud de María que ante al anuncio del ángel respondió:
"He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según
tu palabra".
Aún hoy, Cristo, desgraciadamente continúa siendo juzgado y condenado
por el Sanedrín, por nuestros hermanos, que con su maldad, su perfidia
y dureza se atreven a juzgar al juez divino, condenar la víctima inocente,
oponerse a Dios que se ha encarnado, se ha hecho hombre para alzarnos a una
altura y dignidad nunca conseguida: la de ser hijos de Dios.
Oremos por los que traicionan, por los que juzgan y se burlan de nuestro compromiso;
criticar el compromiso cristiano significa juzgar y condenar al mismo Cristo
que lo ha predicado y enseñado.
Cristo ha opuesto su silencio frente a los que le juzgaban; opongamos también
nosotros nuestro silencio, no nos dejemos arrastrar por el resentimiento, por
el rencor, sino que repitamos aquellas maravillosas palabras salidas de su corazón:
"Padre, perdónales porque no saben lo que hacen"
Padre nuestro...
CUARTA ESTACION: JESÚS ES NEGADO POR PEDRO
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Pedro, entretanto, estaba sentado fuera, en el patio. Una sirvienta se le acercó
y le dijo: "También tú estabas con Jesús el Galileo"
Él lo negó delante de todos: "No sé que quieres decir".
Mientras salía al portal lo vio otra criada y dijo a los que estaban
allí: "Este estaba con Jesús el Nazareno". Pero él
negó de nuevo jurando: "No conozco a ese hombre". (Mateo, 26,
69-74)
Y en aquel instante cantó el gallo. Entonces el Señor se volvió,
miró a Pedro y Pedro se acordó de las palabras que el Señor
le había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres
veces". Y saliendo fuera, lloró amargamente. (Lucas, 22, 60-62)
Lector
Para comprender mejor la negación de Pedro deberíamos traer a
la mente el episodio que le precede: Cristo había profetizado que se
quedaría solo, que sería abandonado y enseguida Pedro había
afirmado: "Señor, aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré
nunca".
Pero poquísimo tiempo después, a pesar de que las palabras de
Cristo le habrían tenido que poner en guardia: "Pedro, Pedro: antes
que el gallo cante me negarás tres veces", él le negó.
La negación de Pedro nos debe hacer reflexionar en nuestra debilidad.
Pedro no tenía todavía aquella fuerza que viene solamente de Dios
y que después del descendimiento del Espíritu Santo lo habría
visto auténtico cabeza de la Iglesia. Con el sustento de la gracia, Pedro,
en efecto, estará en grado de dar testimonio de Cristo, hasta llegar
al martirio.
En la caída de Pedro debemos ver nuestras caídas. Como Pedro ha
cedido porque era débil, así también cedemos por debilidad;
pero hay un remedio que puede impedirnos que caigamos: la gracia que Cristo
abundantemente nos dispensa con los sacramentos.
Pidamos a la Virgen que comprendamos cuan necesarios e indispensables son para
nosotros los sacramentos de la confesión y de la Eucaristía. No
son la Santa Comunión, hecha raramente, y la participación a la
misa dominical, las que nos da garantías de vivir en gracia, sino un
encuentro cotidiano con el Señor.
Si tenemos en nosotros a Cristo, que es fuerza, gracia y amor, él será
aquella roca sobre la que podremos construir el edificio espiritual de nuestra
vida, contra la que arremeterán las olas, la tempestad y los huracanes,
sin conseguir abatirla. Si nosotros construimos nuestra casa sobre roca viva
que es Cristo, resistiremos, no caeremos y tampoco otros podrán hacernos
caer. Oremos en este momento a San Pedro, porque si lo habíamos seguido
al negar al Señor podamos ahora seguirlo en el arrepentimiento, en la
fidelidad y en el amor perseverante y constante. Siguiendo el ejemplo de San
Pedro, nos encontraremos de nuevo en compañía de Cristo.
Padre nuestro...
QUINTA ESTACIÓN: JESÚS JUZGADO POR PILATO
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo
y les dijo: "Me habéis traído a este hombre como alborotador
del pueblo; pero yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado
ninguna culpa
Lo castigaré severamente y después lo soltaré".
Ellos insistieron todos a una pidiendo que lo crucificara. (Lucas, 23, 13-16)
Pilato, visto que no conseguía nada, y el tumulto crecía más,
tomó agua y se lavó las manos delante de la gente: "Yo no
soy responsable -dijo- de esta sangre
" Y todo el pueblo respondió:
"Que su sangre recaiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos" (Mateo
27, 24-25)
Lector
Hemos oído decir muchas veces que Dios es juez. Sabemos que Cristo juzgará
a los hombres al final de los tiempos, en el juicio universal, cuando se realizará
la resurrección de la carne y los buenos le seguirán a la gloria
del Paraíso y los malos, desgraciadamente, seguirán al demonio
en los sufrimientos del infierno. Por tanto, Cristo, es juez y ser juez es un
derecho suyo, una prerrogativa suya. Así pues, frente a Pilato, es el
acusado, el que está sometido a juicio.
Cristo inclina la cabeza y acepta la sentencia con amor, porque sabe que gracias
a ella podrá realizar los designios del Padre: ser víctima inocente,
inmolado sobre una cruz por la salvación de los hombres.
Debemos dar gracias al Señor por haber querido asumir una acusación
y un juicio injustos, porque sin ellos no se habría realizado nuestra
salvación.
Hagamos otra consideración: Cristo, Dios infinitamente perfecto, acepta
voluntariamente ser juzgado. Pongámonos, ahora, a nosotros mismos en
lugar de Cristo y en lugar de Pilato a un hermano, o un amigo, o un padre, o
un sacerdote que nos reprende por cualquier falta nuestra. ¿Cuál
es nuestro comportamiento frente a un reproche justo, frente a un justa observación?.
A menudo, reaccionamos enfadados, nos sentimos ofendidos e irritados. Cristo
calla y es juzgado injustamente, nosotros reaccionamos negativamente y somos
amonestados justamente. En esta situación, por intercesión de
María, pidamos al Señor el don de la humildad, de saber acoger
con gratitud y reconocimiento la amonestación de un hermano, que nos
invita a mirarnos dentro y a tomar conciencia de nuestras limitaciones, de nuestras
imperfecciones y faltas. Debemos recordar siempre que cuando se interviene en
el momento oportuno, cualquier defecto o vicio, puede ser transformado en virtud,
en cualidad positiva. Oremos al Señor para que nos ayude a volvernos
dóciles, humildes, sencillos, a comprender que muchas gracias se nos
ofrecen por los méritos que ha adquirido, cuando Pilato lo juzgaba y
condenaba injustamente.
Padre nuestro...
SEXTA ESTACION: JESUS FLAGELADO Y CORONADO DE ESPINAS
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Entonces Pilato les soltó a Barrabás y después de azotar
a Jesús lo entregó a los soldados para que fuese crucificado.
Entonces los soldados del procurador condujeron a Jesús al Pretorio y
reunieron en torno a él a toda la corte.
Le desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura y trenzando una
corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza y una caña en la mano
derecha; después, mientras se arrodillaban delante de él, le hacían
burla diciendo: "salve rey de los judíos". Y después
de escupirle le cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. (Mateo,
27, 26-30).
Lector
Reflexionemos ahora sobre el gran sufrimiento de Jesús en el momento
de la flagelación y de la coronación de espinas. Cuando leíamos
las breves palabras, pero intensamente dramáticas, del Evangelio que
cuentan la flagelación y la coronación de espinas del Señor,
sale espontáneo preguntarse: "¿Por qué Cristo ha querido
sufrir los dolores tan desgarradores, los sufrimientos tan inauditos, cuando
habría sido suficiente una sola gota de su sangre que tiene valor infinito,
para poder salvarnos?. ¿Por qué Cristo no ha querido ahorrar ningún
sufrimiento con tal de inducirnos a la conversión?.
Ha querido, mostrándonos sus sufrimientos, hacernos comprender que su
amor es tan grande, inexplicable e infinito que ha estado dispuesto a beber
el cáliz del dolor hasta la última gota.
Frente a la flagelación y a la coronación de espinas, las almas,
hoy, desgraciadamente, continúan quedándose indiferentes y viviendo
su vida en oposición a la ley de Dios: son muchas, muchísimas,
demasiadas. Oremos a María para que ella que ha engendrado el Cuerpo
de Cristo, ella que lo ha amado con un inmenso amor, ella que ha sufrido porque
sabía que aquel Cuerpo sería cubierto de heridas y ha visto a
su hijo desgarrado, coronado de espina, cubierto de sangre, nos haga de intermediaria
delante de su Hijo, de nuestro arrepentimiento y continúe orando al Padre
para que la humanidad pueda volver a él arrepentida y convertida.
Pensemos en la hermosísima parábola del hijo pródigo que
es atendido con tanta ansia por el padre. Hace falta orar al Señor para
que sea apresurado el retorno de tantos hijos pródigos, empezando por
los que nosotros amamos y con los que tenemos lazos de sangre, de amor, de afecto,
de amistad. Hemos encontrado a Cristo y hemos descubierto qué hermoso,
rico y lleno de frutos, es este encuentro y queremos que también nuestros
hermanos lo encuentren. Nosotros, en oración incesante, con la ayuda
de nuestros florilegios y sacrificios, debemos acompañar hacia el Señor
a nuestros hermanos; llevar un alma a Dios es una cosa grandísima y maravillosa
que asegura el Paraíso.
La sangre divina de Jesús, continúa descendiendo sobre esta humanidad,
incluso si no es recogida por el corazón de tantas almas. Nosotros la
queremos acoger, la queremos, momentáneamente, depositar en nuestro corazón
para poderlo dar, después, al corazón de nuestros hermanos, de
modo que en él pueda volver a latir la única y verdadera vida,
que es la que proviene del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Padre nuestro...
SEPTIMA ESTACION: JESUS ES CARGADO CON LA CRUZ
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Cuando se hubieron burlado de él, lo despojaron del mando, le hicieron
poner sus vestidos y se lo llevaron a crucificarle. (Mateo, 27, 31)
Lector
Intentemos, por un momento, cerrar los ojos y abrir el corazón para contemplar
una escena conmovedora: algunos hombres llevan una cruz, instrumento tremendo
de tortura y de muerte; Jesús ve que se acercan, los mira y sus ojos
se llenan de lágrimas de amor, porque sabe que por medio de esta cruz,
él vencerá a la muerte, y la abraza. Los guardias, los esbirros
y verdugos le circundan y ninguno de ellos comprende el gesto de amor del Señor,
al abrazar la cruz. Sólo María lo comprende.
¿Demostramos amor por la cruz?. Cierto, es natural que la cruz como sufrimiento
nos de miedo, pero debemos tener presente que si queremos salvar a nuestros
seres queridos, los hijos, los amigos, éste es el único camino.
¿Vosotros creéis que si hubiese sido posible recorrer un camino
diferente al del sufrimiento y de la cruz, Cristo no lo habría preferido?.
Si lo ha elegido ha sido porque éste es el único válido
y justo para derrotar el mal y el pecado del mundo.
Demos gracias al Señor que abraza, ama y estrecha hacía sí
la cruz y de ahora en adelante podremos comprender mejor lo que San Pablo dice:
"Yo predico a Cristo y Cristo crucificado", porque la salvación
viene sólo de la cruz.
No nos limitemos sólo a tener una imagen de la cruz en nuestra casa,
dirijámosle frecuentemente nuestra mirada y oremos delante de ella para
que en nuestra casa, familia, comunidad, no sea sólo un símbolo,
un signo, sino que sea realidad de salvación.
Padre nuestro...
OCTAVA ESTACION: JESUS ENCUENTRA AL CIRINEO Y A LAS MUJERES DE JERUSALEN
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Cuando se lo llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene que
venía del campo y le cargaron la cruz para que la llevara detrás
de Jesús. Lo seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que
se dolían y lamentaban por él.
Pero Jesús volviéndose hacia las mujeres, dijo: "Hijas de
Jerusalén no lloréis por mí, llorad más bien por
vosotras y por vuestros hijos. Pues vendrán días en los que se
dirá: Dichosas las estériles y las entrañas que no engendraron
y los pechos que no amamantaron. Entonces dirán a los montes: ¡caed
sobre nosotros!, y a las colinas: ¡cubridnos!. Porque si tratan así
al leño verde, ¿qué será del leño seco? (Lucas,
23, 26-31)
Lector
El cirineo y las mujeres de Jerusalén viven el encuentro con Jesús
con un espíritu completamente diferente. El cirineo es obligado a llevar
la cruz y ayudar a Cristo; él no habría tomado nunca esta iniciativa
por voluntad propia porque, con respecto a Cristo, siente indiferencia. Las
mujeres de Jerusalén, en cambio, lloran, sufren por Jesús y ante
sus lágrimas y su dolor, Cristo no piensa en su propio sufrimiento, sino
en la situación de ellas y de sus hijos. El Señor pronuncia una
frase que manifiesta su estado de ánimo: "Si el leño verde
es tratado de este modo, ¿qué será del leño seco?".
El leño verde es Cristo, inocente, sin pecado, que es quemado para el
sacrificio y el sufrimiento; el leño seco, representa a los que no tienen
vida porque están carentes de gracia; el fuego los consumirá con
más celeridad y de éstos no quedará nada.
Las palabras del Señor deben empujarnos al compromiso y a una precisa
elección: ser leño verde o leño seco. Puesto que el sarmiento
verde produce la uva si está unido a la vid, pidamos a la Virgen que
nos haga estar siempre unidos a su Hijo y que no se interrumpa nunca esta unión
nuestra con Él. En esta luz conseguiremos comprender también la
afirmación del joven Santo Domingo Savio: "La muerte, pero no el
pecado", porque la verdadera destrucción del hombre no es la muerte
física, sino la espiritual.
Prometamos al Señor que no moriremos nunca espiritualmente, y, si alguna
vez, desgraciadamente la debilidad nos tuviese que llevar a vivir experiencias
pecaminosas, no dejemos pasar el tiempo, y volvamos inmediatamente a través
del sacramento de la confesión a Aquel que es la vida y puede darnos
la vida.
Padre nuestro...
NOVENA ESTACIÓN: JESUS DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS Y CLAVADO EN LA CRUZ
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Llegados a un lugar llamado Gólgota, que significa lugar de la calavera,
le dieron de beber vino mezclado con hiel; pero él, después de
probarlo, no quiso beberlo. Una vez que le crucificaron, se repartieron sus
vestidos, echando a suertes. (Mateo, 27, 33-35)
Lector
Jesús llega al Calvario, está despojado de los vestidos y clavado
sobre el leño de la cruz. Como un cordero, conducido al sacrificio sin
un lamento, el Señor se extiende sobre la cruz.
En el Antiguo Testamento las víctimas animales eran ofrecidas a Dios
y solo una parte de la carne era, después, comida por los que las ofrecían;
Cristo, en cambio, víctima divina, no ofrece al hombre como comida sólo
una parte de sí mismos, sino enteramente, porque él es único,
verdadero alimento.
El Señor, mientras es despojado nos mira y busca los ojos de los hombres
que ama infinitamente. Encuentra pocas miradas llenas de amor: la de su madre,
de las pías mujeres y la de Juan. Incluso si cerca de él hay indiferencia
y hostilidad, él prosigue en su misión, en la realización
del designio de salvación que ha querido junto al Padre. Se extiende
sobre la cruz y alarga los brazos: el gesto del que ama; Cristo en este momento
supremo quiere abrazar a toda la humanidad y a cada hombre en particular.
El amor que el Señor nos muestra es único, irrepetible. El Señor
ama a cada uno de nosotros de modo personal sin quitar nada a los otros. El
sufrimiento que ha querido experimentar lo ha ofrecido por todos y cada uno
de nosotros.
Es justo afirmar que cada hombre ha costado a Cristo todos los sufrimientos
que ha afrontado durante su vida y su pasión.
Tratemos de acercarnos a Cristo que está en la cruz, no levantada aún,
seamos generosos en medio de las personas que le son indiferentes y hostiles
para hacerle sentir que le amamos, que deseamos continuar amándole, que
queremos estar siempre a su lado.
Padre nuestro...
DECIMA ESTACION: JESÚS Y EL BUEN LADRÓN, JESÚS Y SU MADRE
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Uno de los malhechores colgado en la cruz lo insultaba: "¿No eres
tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!. Pero el
otro le reprendía: "¿Ni siquiera tú tienes temor de
Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque
recibimos lo justo por nuestras acciones, él en cambio no ha hecho nada
de malo" Y añadió: "Jesús, acuérdate de
mí cuando vengas con tu reino". Le respondió: "En verdad
te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso". (Lucas, 23,
39-42)
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María
de Cleofás y María de Magdala. Jesús entonces, viendo a
su madre y junto a ella al discípulo que él amaba, dijo a su madre:
"¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!". Después dijo
al discípulo: "¡Ahí tienes a tu madre!" Y desde
aquel momento el discípulo la acogió en su casa. (Juan, 19, 25-27)
Lector
En esta estación meditamos el coloquio de Jesús con el buen ladrón,
con la madre y Juan el evangelista.
Jesús es crucificado en medio de dos ladrones, uno lo insulta y el otro,
más sensible, lo compadece. El buen ladrón le pide simplemente:
"Señor, acuérdate de mí cuando estés en el
Paraíso" y añadió humildemente vuelto al otro: "Nosotros
recibimos lo justo por nuestras acciones, él en cambio, no ha hecho nada
malo". El Señor, a este acto de fe y de humildad responde: "Hoy
estarás conmigo en el Paraíso".
Esta promesa del Señor es consoladora porque nos permite esperar a nosotros
y a los otros; nos hace comprender que en el fondo no es difícil poder
gozar de Dios, poder ser su hijo, vivir en unión con él para toda
la vida y para toda la eternidad: no son necesarios grandes sacrificios, es
necesario simplemente el arrepentimiento, el reconocer las propias faltas y
los propios pecados.
No debemos vernos en este ladrón, en otra cosa que en sentir dirigidas
también hacia nosotros las dulces y consoladoras palabras del Señor:
"Estarás conmigo en el Paraíso".
Jesús, antes de morir, en el coloquio con su madre y Juan ofrece un último,
grande y maravilloso regalo a la humanidad. Algunas horas antes el Señor
se ha ofrecido a sí mismo en la Eucaristía: "Tomad y comed,
esto es mi cuerpo; tomad y bebed, esta es mi sangre"; ahora nos da también
a su madre, tanto es el amor que tiene por nosotros.
Confiando la madre a Juan, que representa a toda la humanidad, Jesús
se la da a todos los hombres; detengámonos un instante a considerar lo
que la Virgen puede haber experimentado en su corazón: sabe muy bien
que Jesús está allí en la cruz y está para morir
después de sufrimientos atroces provocados por las mismas personas de
las cuales ella será madre, pero no se vuelve atrás frente a la
maternidad universal a la que Jesús la ha llamado. Todos los hombres,
incluso pecadores, son amados por Jesús, igualmente todos los hombres,
incluso pecadores, son amados por María. María recuerda las palabras
de Jesús: "Yo he venido por los pecadores" y vive estas enseñanzas
del Hijo. El Evangelio dice que Juan, que nos representa a todos, desde aquel
momento la tomó consigo.
Sigamos también nosotros el comportamiento de Juan, acojamos a María;
en el fondo ella no espera otra cosa que no sea esta invitación: "Entra
en mi alma, entra en mi casa"; así para cada uno de nosotros se
convertirá en realidad el deseo del papa Juan XXIII: "La Virgen
os haga siempre buena compañía".
Padre nuestro...
UNDECIMA ESTACIÓN: JESÚS EN LA CRUZ
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Y los que pasaban por allí lo insultaban, meneando la cabeza y diciendo:
"¡Eh, tú que destruyes el templo y lo levantas en tres días,
sálvate a ti mismo bajando de la cruz!". Igualmente también
los sumos sacerdotes con los escribas, haciendo burla de él, decían:
"¡A otros ha salvado y no puede salvarse a sí mismo!".
"El Cristo, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos
y creamos". (Marcos, 15, 29-32)
Lector
Vivimos los últimos instantes de la vida terrena de Cristo a los pies
de la cruz, al lado de María, de Juan y las otras pías mujeres.
Recordemos aquello que Jesús había dicho anteriormente: "Cuando
sea alzado sobre la cruz, atraeré a todos a mí"; pero el
hombre para ser atraído por Cristo tiene que querer su abrazo. Debemos
renovar nuestro compromiso por una vida cotidianamente cristiana, incluso aunque
no sea fácil, dadas las dificultades, las adversidades, las incomprensiones
de los hombres y sus frecuentes ironías sobre nuestro compromiso. Debemos
prometer al Señor no tener nunca vergüenza de seguirlo. Cristo ya
había advertido: "Si os avergonzáis de Mi delante de los
hombres, yo me avergonzaré de vosotros delante de mi Padre", es
decir: "Si me negáis, ¿Cómo puedo conduciros de nuevo
al Padre?".
El Señor está en la cruz y vuelve su mirada: ve a la Madre, a
Juan y a las otras mujeres y busca consolación, pero ve también
a los otros y siente sufrimiento. No debemos olvidar que Jesús es Dios
y su mirada perfora el tiempo, atraviesa los siglos y llega hasta nosotros.
Nos ve también a nosotros a los pies de la cruz, escruta nuestras miradas,
lee en nuestros corazones. Preguntémonos qué encuentra en ellos:
¿amor, hostilidad, indiferencia?.
Señor no te agradeceremos nunca lo bastante por habernos salvado y redimido,
por haberte entregado a nosotros en la Eucaristía y habernos dado a tu
madre como nuestra madre. Solo somos capaces de balbucear pocas palabras, porque
nuestro corazón es muy pequeño. Queremos refugiarnos, en este
momento, en el corazón de María que está siempre presente
al lado del tabernáculo y sentirlo palpitar tan lleno de amor. Como te
consoló el ver entonces a tu madre bajo la cruz, así te alegrarás
ahora al vernos a nosotros, encerrados en su corazón. Te ofrecemos, no
nuestro amor tan carente e insuficiente, sino el amor de tu madre, para obtener
las gracias espirituales, para amarte y hacerte amar, para servirte y hacerte
servir, ahora y por siempre. Amén.
Padre nuestro...
DOCEAVA ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde hubo oscuridad sobre toda
la tierra. Hacia las tres, clamó Jesús con fuerte voz: "¿Elí,
Elí, lemmà sabactani?, que significa "Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado? (Mateo 27, 45-46)
(Después) Jesús, dando un fuerte grito dijo: "Padre, en tus
manos entrego mi espíritu", y dicho esto, expiró. (Lucas,
23, 46)
Lector
El Evangelio narra que Cristo reclina la cabeza y muere. Poco antes ha suspirado:
"Todo está cumplido". Para los ojos que no saben ver más
allá de la cruda realidad, no cambia nada, pero a los ojos de Dios, los
únicos que conocen profundamente la verdad, la situación cambia
completamente. Las almas de los justos reciben la visita de Cristo y son introducidas
por él en el Paraíso; al lado de Cristo que vuelve al Padre, está
José, su padre putativo, está el precursor, Juan Bautista y con
ellos todos los justos que lo han esperado manteniendo despierta la esperanza
de la realización de la venida del Mesías.
Dios vuelve a dialogar con el hombre, el Paraíso está abierto,
un nuevo pacto inicia: todo esto, nosotros, lo debemos al hombre-Dios que ha
muerto en la cruz. Cualquier palabra humana, incluso la más elevada y
la más inspirada, no podrá nunca hacernos comprender el misterio
de la muerte de Cristo. Ante esta situación, es oportuno que el hombre
cese de hablar para que el alma se abra a Dios. Sumerjámonos en el silencio
y en la oración; elevemos nuestro corazón a Dios, porque sólo
en el silencio y en la oración alcanzaremos aquella altura que ninguna
palabra humana es capaz de conquistar. El hombre, en la oración, se encuentra
con Dios y entonces es Dios mismo que lo toma en brazos y lo hace reposar en
su corazón. Ahora, en este momento de silencio, oremos, demos gracias
al Señor y confirmemos nuestro amor por Él.
Padre nuestro...
TRECEAVA ESTACION: JESUS ES BAJADO DE LA CRUZ
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Había un hombre llamado José, miembro del Sanedrín, hombre
bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás.
Era de Arimatea, una ciudad de los judíos y esperaba el Reino de Dios.
Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Después
de descolgarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y le puso
en un sepulcro excavado en la roca, en el que nadie había sido puesto
todavía. (Lucas, 23, 50-53)
Lector
Jesús es bajado de la cruz y recostado en el seno de la madre; es un
momento tremendo y conmovedor que se consuma en breve tiempo porque urge empezar
el rito de la sepultura. En la mente de la Madre de la Eucaristía reviven
los años vividos junto a él, desde el primer día de la
vida terrena de Cristo en Belén. Aquel cuerpo que María ha engendrado,
amado, atendido con tanto amor, ahora, de adulto, está entre sus brazos,
pero ensangrentado y desfigurado, y el corazón de esta madre se desgarra
y gime.
El padecimiento de María no cesará ni siquiera con la resurrección:
ya que ha aceptado ser madre de todos los hombres, y al igual que las madres
sufren cuando sus hijos mueren, también María sufre porque tantos,
demasiados, de sus hijos, están muertos espiritualmente.
Es grande el dolor de esta madre que estrecha contra sí el cuerpo sin
vida de su divino hijo primogénito, no aceptado por tantos de sus hijos,
los cuales continúan muriendo por no querer comprender y acoger la pasión,
la muerte y la resurrección de Cristo.
María llora, sufre; en ella no hay ni resentimiento, ni rencor, sino
sólo amor y sufrimiento: ora, sufre, perdona y ama.
Con su comportamiento, es un ejemplo luminoso para nuestra vida. También
nosotros si sabemos amar, si sabemos dar y perdonar como María, podremos
colaborar en la renovación del mundo y de la Iglesia
Padre nuestro...
CATORCEAVA ESTACIÓN: JESÚS ES PUESTO EN EL SEPULCRO
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
Porque por tu santa cruz has redimido al mundo.
Del Evangelio
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de
Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió
a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato
se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también
Nicodemo -aquel que anteriormente había ido a verle de noche- y con una
mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús
y lo envolvieron en vendas junto con los aromas, conforme a la costumbre judía
de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado, había un
huerto y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había
sido depositado. Allí, pues, pusieron a Jesús, porque era el día
de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca. (Juan,
19, 38-42)
Lector
La permanencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro dura apenas tres días.
Hoy, Cristo, está presente como Eucaristía en los tabernáculos
de las iglesias y está envuelvo por el silencio, como en la tumba de
Jerusalén.
Cristo Eucaristía está vivo, está presente en cuerpo, sangre,
alma y divinidad; el cuerpo de Cristo en la tumba de Jerusalén se está
preparando a resucitar en el fulgor de su divinidad.
Pasamos del silencio de la tumba al silencio del tabernáculo; entre uno
y otro hay el gran suceso de la resurrección, en el cual nosotros creemos.
Empeñémonos en amar, en dialogar con Cristo, a sentirlo vivo y
presente en la Eucaristía, porque nuestra conexión, nuestra relación,
nuestra familiaridad con él sean cada vez más fuertes, más
vigorosas y mejor vividas.
Hemos empezado este vía crucis en compañía de María;
María nos ha seguido, nos ha hablado, ha inspirado nuestros corazones
de buenos propósitos; pues bien, continuemos nuestra vida con María
y recordemos lo que ha dicho: "Donde está presente mi hijo, allí
estoy yo". Si queremos encontrar a María, la encontraremos al lado
del tabernáculo: allí está su hijo, por tanto allí
está ella presente. Comprometámonos para que en nosotros esté
la promesa y el deseo de visitar a Jesús Eucaristía, de hacerle
compañía para darle nuestras "gracias" y renovarle nuestro
amor.
Padre nuestro...
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