MOVIMENTO IMPEGNO E TESTIMONIANZA
INTRODUCCION
El Obispo y la Vidente han querido hacer un gran regalo a nuestra comunidad
y a todos los que, esparcidos por el mundo, aman, veneran e invocan a la Madre
de la Eucaristía.
Después de haber obtenido el permiso del Cielo, han autorizado la publicación
de las Cartas de Dios y de las conversaciones tenidas con las Tres Personas
Divinas, con la Virgen y con algunos Santos, durante el periodo estival
del año pasado.
Nos encontramos ante un acontecimiento único y ante una decisión
importante. De hecho los mensajes sobrenaturales dados durante el curso del
año social, en presencia de la Comunidad, han sido siempre íntegra
y fielmente publicados en nuestro giornalino "Perlas de la Madre de la
Eucaristía" y han sido divulgados en nuestra página de Internet
www.madredelleucaristia.it, mientras que los que han sido dados sólo
al Obispo y a la Vidente durante los meses de verano de los años anteriores,
salvo rara excepción, los han guardado en secreto. Los motivos de la
confidencialidad son dos:
1) son estrechamente personales,
2) contienen noticias, revelaciones e informaciones sobre la Iglesia y sobre
otros delicados e importantes argumentos.
Ya que el periodo veraniego del 2006 ha sido para el Obispo y la Vidente particularmente
duro, lleno de problemas y pródigo en sufrimientos, Dios se ha manifestado
con una frecuencia tal que no tiene igual en toda la Historia de la Iglesia,
como ha afirmado la Virgen.
El Padre Celeste ha permitido al Obispo y a la Vidente que lo llamen "Papá"
y se ha volcado sobre el sufrimiento de sus dos hijitos con dulzura inimaginable.
Lágrimas de emoción han orlado los ojos de los que han tenido
el privilegio de hacerse cargo de la publicación de estas cartas de Dios,
que recogen el amor infinito de Dios-Papá hacia sus dos hijos a los que
ha llamado a llevar a cabo en la Iglesia la doble misión:
1) Hacer triunfar la Eucaristía en todo el mundo,
2) Hacer renacer la Iglesia
Estamos seguros de que el contenido de estas Cartas de Dios no sólo emocionará
y conmoverá el corazón de los que las leerán, sino que
enriquecerá sobre todo su alma y les hará experimentar y gustar
la paternidad de Dios y la maternidad de la Virgen.
Estamos agradecidos a nuestro Obispo, Mons. Claudio Gatti, y a nuestra hermana
Marisa Rossi que han querido abrirnos su corazón, pero sobre todo el
corazón de Dios y de la Madre de la Eucaristía.
A todos os pedimos que oréis mucho y que ofrezcáis a Dios florilegios,
sacrificios, ayunos y mortificaciones para que aumenten las conversiones de
las almas y para acelerar las intervenciones divinas que darán al Obispo
y la Vidente la victoria que les ha sido prometida desde hace mucho tiempo
Alba Adriatica (TE), 7 julio 2006 - h. 12:45 a.m. (Carta de Dios)
Marisa - ¡Cuánta gente!
Nuestra Señora - Yo, la Madre de la Eucaristía, hablo la
primera en el día de la fiesta de vuestro santo Obispo, San Claudio.
Aquí tengo conmigo a San Claudio, Obispo de la Eucaristía, como
lo eres tú.
Me gustaría mucho que os amaseis como os amamos Nosotros y que el sufrimiento
os dé también alegría. Me gustaría veros sonreír
y festejar. Excelencia si te hacen pequeños regalos, acéptalos,
es una alegría para ellos hacerlos; démosles alegría también
a ellos.
San Claudio - Mi querido Obispo de la Eucaristía. Rezo cada día
por ti y te amo mucho; ¡si supieses cuántas personas grandes y
pequeñas rezan por ti! Al final triunfarás. Tu vida es dura, el
inicio de tu triunfo se alarga cada vez más, pero no estás solo,
tienes a Marisella que te ayuda y ha ofrecido su vida por ti. Dios Omnipotente
me ha dado permiso para hablarte, querido Obispo de la Eucaristía. Somos
dos Obispos de la Eucaristía.
Marisa - Oye, ¿puedo decirte una cosa? A mi me interesa que abraces
a mi Obispo, Monseñor Claudio Gatti, apriétalo junto a tu corazón,
al corazón de Jesús, de María y de todos.
Tu me tienes que ayudar, Virgencita, ayúdame a superar este momento de
crisis, que creo que no durará siempre, después habrá la
alegría, la fuerza y el valor que tu me darás, que Jesús,
todos los ángeles y los Santos del Paraíso me darán. ¿Verdad,
mamaíta, que me ayudarás también tu?
Nuestra Señora - Ánimo, mis queridos hijitos, sed fuertes
y cuando ocurra alguna cosa por culpa de las personas que no se comportan bien,
dejadlas estar y solamente decid: "Te has comportado mal" y basta,
sin discutir.
Tratad de amar a todos. Vosotros queréis mucho a las personas y los otros
no aman, por esto sufrís.
San Claudio - Monseñor Claudio Gatti, te amo y ruego por ti, en
el Paraíso todos rezan por ti. Ánimo, el tiempo se acerca, dice
Dios. Yo no conozco el tiempo de Dios; sólo os digo ánimo y seguid
adelante en nombre de Jesús, de María, de San José, de
la querida Abuela Yolanda y de todas las personas que os aman, seguid adelante
y quereos.
Nuestra Señora - Junto a mi Obispo y vuestro os bendigo, a vuestros
seres queridos, vuestros objetos sagrados. Os traigo a todos junto a mi corazón
y os cubro con mi manto materno. Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de
Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Obispo - ¿Puedo hablar?
Nuestra Señora - Sí. ¿Pretendías más,
Don Claudio?
Obispo - Estamos todavía en el momento de la espera, de la prueba
y del sufrimiento. Por mediación tuya doy gracias a Dios por la ayuda
visible que he constatado en tantos momentos, si no hubiese habido vuestra ayuda
en este momento Marisa ya no estaría.
¿Te acuerdas cuando el año pasado te pedía que pudiéramos
estar juntos con tranquilidad y serenidad porque creía que serían
las últimas vacaciones juntos? Todo aquello que te pedí el año
pasado lo repito este año, si es posible. Ella quiere estar en nuestra
compañía, pobrecita, está siempre sola, si le quitamos
también nuestra compañía cuando comemos y cuando estamos
juntos en la mesa, ¿qué le queda? ¿ Le puede conceder Dios,
si esta es Su voluntad, la posibilidad de comer algo aunque sea poco y aconsejado,
si es posible, por ti?
Nuestra Señora - Claro, yo puedo aconsejaros todo, pero la situación
de Marisella es muy grave.
Obispo - Ya lo sé.
Nuestra Señora - Es muy sensible, tiene una hipersensibilidad
de miedo y ahora el estómago se resiente, como en este momento, porque
su salud está empeorando; le hemos dado la Eucaristía y tiene
hambre de nuevo.
Obispo - ¿Cómo es posible?
Nuestra Señora - Ella tiene que comer la Eucaristía y un
poco de alimento.
Obispo - Pero no es capaz
Nuestra Señora - Poco a poco llegará también a alimentarse
sólo con la Eucaristía, pero ahora no podría, porque tiene
un tumor, que le come incluso aquel poco de Eucaristía que le damos.
Esperemos que Dios le dé lo que necesita comer y sigamos adelante. Esperemos
que pronto termine todo esto. Tenéis que tener más fuerza y más
ánimo.
Marisa - Bueno, más que esto, ¡yo no sé!
Obispo - Mi hermanita es una roca.
Nuestra Señora - El estómago está ya estropeado.
También el hígado y el bazo están enfermos, pero el estómago
es el más enfermo.
Obispo - Pero Jesús es Dios y puede hacerlo todo.
Nuestra Señora - Sí, lo puede hacer todo.
Obispo - Ya sé que ella se está inmolando por mi futuro
y por esto le tendría que decir gracias cada segundo, pero hazla estar
un poquito mejor porque así salimos y goza aquel poco que puede gozar.
La Eucaristía es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Nuestra Señora - Ahora vamos a ver como va la jornada de hoy,
que no se presenta nada bien.
Obispo - ¿Podemos salir un poquito para que se distraiga?
Nuestra Señora - Sí, podéis salir siempre.
Obispo - ¿Ahora? Pero cuando hay sol no podemos salir.
Nuestra Señora - Este sol no hace daño.
Obispo - Está bien, salgamos enseguida y así veremos si
puede distraerse.
Nuestra Señora - Puede ser que caminando le venga el vahído
de estómago y tenga más hambre.
Obispo - Si no lo sabes tú, que eres la Madre de Dios
Nuestra Señora - Ya sé que soy la Madre de Dios.
Obispo - Yo soy una pequeña criatura
Nuestra Señora - Es Dios el que decide.
Obispo - Sí, de acuerdo, estoy convencido de ello, ¿se
lo podemos pedir a Dios?
Nuestra Señora - Podéis pedirle todo lo que queráis.
Obispo - Yo querría defenderla, en este último período,
de los sufrimientos causados por los hombres, pero no lo consigo, gracias de
todos modos por haber venido.
Nuestra Señora - Adiós, amor mío. Felicidades a
nuestro querido Obispo.
Obispo - ¿Ha hablado la Abuela Yolanda?
Marisa - La abuela Yolanda ha dicho solamente: "Quered a mi hija,
no la hagáis sufrir". No sé porqué ha dicho eso.
Alba Adriatica (TE), 10 julio 2006 - h. 10:45 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - La Madre te da las gracias por tus sufrimientos,
que no han terminado. Te da las gracias por la alegría que das a estos
hijitos que tienes contigo, como has hecho esta tarde siguiendo los cantos de
montaña. ¿Has visto que la Madre te ha dado un poco de voz?
Marisa - ¿Me la dejas siempre?
Nuestra Señora - Esto depende de Dios, yo te la dejaría
siempre. No para cantar sola, pero sí junto al coro. Vosotros no podéis
imaginar cuanta alegría me dais cuando estáis serenos, cuando
cantáis, cuando reís incluso por tonterías.
Marisa - Porque deseo que las personas se conviertan.
Nuestra Señora - Tu subirás al Cielo conmigo, los ángeles
y los Santos y el Obispo te seguirá al Paraíso, te dará
un beso y luego volverá a la Tierra para terminar su cometido.
Marisa - ¿Me puedes decir cuando me llevas? Porque estoy verdaderamente
cansada, cansada de sufrir.
Nuestra Señora - Tu sabes que Dios lo decide todo y que ahora
tiene necesidad de ti, criatura. ¡Cuántas personas se han alejado
de Dios y cuántas se han retirado de la misión que habían
aceptado! Tú, alma hermosa y santa, sin embargo, te has quedado para
ayudar a Dios y sufrir por las almas. Tu lo sabes porque ya estás en
el Paraíso, donde todo es alegría, y gozas con tu madre, con la
Madre de la Eucaristía, con Jesús, tu esposo, con San José
y con todas la personas que has conocido.
Marisa - Me gustaría que algunas personas se convirtieran y creyeran
en ti.
Nuestra Señora - En Dios. Yo quiero que se conviertan, pero nadie
puede pretender que se conviertan los seres queridos si no quieren. Tú,
Marisella, harás todo lo posible para convertir a estas personas.
Marisa - Sí, pero ayúdame, tengo mucha necesidad de ayuda
y por la noche déjame dormir un poquito, te lo ruego, sino ¿cómo
lo hago para ir en bilocación a ver a los sacerdotes?
Obispo - Esta noche estoy dispuesto a estar despierto yo, con tal de
que ella duerma.
Nuestra Señora - Gracias, Excelencia, esto me lo esperaba.
Marisa - Jesús mío, esposo mío dilecto, ayúdanos
Tu.
Nuestra Señora - Junto a mi Obispo y vuestro os bendigo, a vuestros
seres queridos, a vuestros objetos sagrados. Os traigo a todos junto a mi corazón
y os cubro con mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo. Sea
alabado Jesucristo. Ánimo y felicidades a todos vosotros.
Marisa - Adiós, adiós, mamaíta.
Abuela Yolanda - Cuando me llamas por la noche, hija mía, vengo
siempre a tu lado y veo que sufres mucho. Nadie se puede dar cuenta de lo grande
que es tu sufrimiento, sólo el Obispo lo puede comprender. Ánimo,
hija mía, dentro de poco nos veremos arriba en el Paraíso; ahora
ya estás, pero de otro modo.
Marisa - ¿Tengo el don de la trilocación? No lo sé.
Está bien, mamá.
Abuela Yolanda - ¿Le das un beso al Obispo de parte mía?
Marisa - Claro, él te quiere mucho.
NOTA: A los que se tuvieran que escandalizar al leer las cartas
de Dios del 14, 15 y 21 de julio 2006 recuerden lo que ha escrito el card. Josef
Ratzinger pocos días antes de ser elegido Papa con el nombre de Benedicto
XVI.
"Pero ¿no deberíamos pensar también en lo que debe
sufrir Cristo en su propia Iglesia? Cuantas veces se abusa del santo sacramento
de Su presencia, en que vacío y maldad de corazón entra Él
a menudo! ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos
cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de Su
Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas
palabras vacías! ¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia, y entre
los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a
Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué
poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el que Él
nos espera, para levantarnos de nuestras caídas! Todo esto está
presente en Su Pasión. La traición de los discípulos, la
recepción indigna de Su Cuerpo y de Su Sangre es ciertamente el mayor
dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. Señor, frecuentemente
tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas
partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo.
Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros
mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y
las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella
Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás
se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú,
siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre.
Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado
y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos
a todos". (Vía Crucis - Novena Estación)
Alba Adriatica (TE), 14 julio 2006 - h. 4:30 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - No me siento con ánimo de continuar sufriendo, especialmente
por los sacerdotes. Basta. Me retiro a mi casa, en via delle Benedettine, con
mi Obispo, y no quiero ayudar más a ningún sacerdote, porque mi
salud está comprometida y me estoy yendo por culpa de estas personas.
Si me dicen que ayude a un joven, a una madre, a un padre, estoy dispuesta,
pero no quiero sufrir por los sacerdotes. Condéname, si quieres, no me
importa, pero para los sacerdotes no quiero sufrir más, me dan asco (Marisa
llora en las espaldas del Obispo). No quiero a los sacerdotes, no los quiero,
no los quiero.
Obispo - Virgencita mía, te lo ruego, manifiéstate, ¿ves
en qué situación estamos? No podemos más.
Marisa - Yo no estoy enfada con nadie, ni con Dios Padre, ni con Dios
Hijo, ni con Dios Espíritu Santo, ni con la Virgencita, pero mi no esta
vez es definitivo. No me interesaré más por los sacerdotes. ¿Por
qué tengo que pensar en ellos cuando tengo a mis hermanos y a mis hermanas
en los que pensar? ¿Por qué tenemos que continuar dando para los
sacerdotes que son sucios? Me dan ganas de vomitar cuando hablo de ellos. Lo
han recibido todo, no quiero darles nada más a ellos.
Virgencita, créeme, no estoy enfada contigo, no quiero desobedecerte,
pero no quiero inmolar mi cuerpo, hacer sufrir a mi alma por estas personas.
Yo estoy muriendo y me gustaría morir con alegría, con Dios Padre,
con Dios Espíritu Santo, Dios Hijo, la Madre de la Eucaristía,
mi madre y mi Obispo. Hacedme partir pronto de este mundo, porque no puedo más.
Perdóname, Virgencita, si he dicho estas cosas, no es por maldad, pero
no puedo más. Perdóname, pero no puedo más.
Obispo - Ni yo tampoco. Somos dos que no podemos más.
Marisa - Nos ha acaparado muchos años.
Obispo - Treinta y cinco años.
Marisa - Treinta y cinco años de sufrimiento y hemos dicho siempre
que sí.
Obispo - Ahora basta.
Marisa - Ahora que vaya a coger a algún otro. Aquellas personas
que se han retirado han hecho bien, algunas han muerto, pero ¿Por qué
me tiene siempre sufriendo?
Obispo - Pide a Nuestra Señora que venga a ayudarte.
Marisa - ¿Vienes a ayudarme, Virgencita, aunque no me lo merezca?
Nuestra Señora - Pero si yo estoy siempre contigo, tesoro, estoy
aquí con vosotros. Tienes razón, es justo lo que dices y Nosotros
haremos como quieres.
Marisa - ¿También para el Obispo?
Nuestra Señora - Sí, ahora basta. Basta con todas estas
miserias de los hombres de la Iglesia, basta. Yo estoy con vosotros y vosotros
estáis conmigo. También los hombres de la Iglesia son mis hijos
predilectos, pero no hacen la voluntad de Dios.
Marisa - ¿Cómo estamos contigo? Ayer salimos a dar un paseo
y tuvimos que volver atrás, hoy tenemos que lograrlo, pero yo no estoy
bien.
Nuestra Señora - Verás que hoy lo conseguirás.
Marisa - Ayuda al Obispo, ayúdalo. Él te ama, te ama mucho,
también a mi me ama mucho.
Nuestra Señora - Sí, ya lo sé.
Marisa - Mira, la mamá está llorando y llora por el. Ayúdanos,
ayúdanos. Adiós, Virgencita, has prometido que nos ayudarías
y yo espero con ansia tu ayuda.
Obispo - ¿Puedo hablar? Pregúntale si puedo hablar.
Marisa - ¿Puede hablar?
Nuestra Señora - Claro.
Obispo - ¿Ha llegado el momento en el que Dios diga basta?
Nuestra Señora - No, no ha llegado, pero después de lo
que ha dicho hoy tu hermana, creo que no tendrá que pensar más
en los sacerdotes.
Obispo - ¿Que significa esto?
Nuestra Señora - Significa que termina de sufrir por los sacerdotes
y nosotros venimos a buscarla.
Marisa - Excelencia, ¿quieres venir conmigo?
Obispo - Tengo que cumplir mi misión. Yo vendré cada tanto
arriba y tu vendrás a verme a mi.
Marisa - Entonces recibamos la bendición.
Obispo - Lo que cuenta es que tu estés mejor.
Nuestra Señora - Junto a mi santo Obispo y vuestro os bendigo,
a vuestros seres queridos, a vuestros objetos sagrados. Bendigo a todos los
hijitos, a las madres, a los papás y a los niños. Os traigo a
todos junto a mi corazón y os cubro con manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo. Sea
alabado Jesucristo.
Marisa - Ahora hagamos lo que ha dicho.
Obispo - Salgamos.
Marisa - No voy más en bilocación a ver a los sacerdotes.
Obispo - Estoy contento, estoy contento.
Marisa - Ayer tarde, cuando Nuestra Señora me habló de
Milingo, me dio un ataque.
Alba Adriatica (TE), 15 julio 2006 - h. 1:50 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Como lo habías prometido a nuestros padres, así
también nos has prometido cosas hermosas a nosotros. Hemos llegado a
treinta y cinco años desde que nos has llamado para la gran misión.
Hemos padecido mucho, también gozado, pero sobretodo hemos sufrido. Ahora
hemos llegado a un punto que ya no tenemos fuerza ni para levantarnos, ni para
sentarnos, ni para comer, ni para hablar, ni para hacer nada. Virgencita, pura,
santa e Inmaculada, habla con Dios por nosotros y dile que estamos cansados.
Nuestra Señora - Mis queridos hijitos, Dios lo sabe todo. Conoce
vuestro cansancio y vuestro sufrimiento y sabe también de tu negativa
de ayudar a los sacerdotes y ha consentido.
Marisa - Estoy contenta.
Nuestra Señora - Te queda, sin embargo, el cometido de ayudar
a los laicos, a los niños, a los jóvenes. Verás que será
más fácil ayudarles a ellos antes que a los sacerdotes.
Dios Padre - También a mi, Dios Padre Omnipotente, me repele hablar
del señor Milingo. Si a ti te da repulsión y disgusto este hombre,
imagina a Mi, que lo he creado. Todos lo han defendido, empezando por el Santo
Padre, los obispos y los cardenales. Le han dado todo: casa, dinero, honores
y él ¿qué ha hecho? Ha huido entre los brazos de su mujer.
Has hecho bien en renunciar a ayudar a los sacerdotes, no te reñiré
nunca por esta negativa. Basta con los sacerdotes, ya sean buenos o malos, basta.
Goza de este poco tiempo que te queda por vivir. Gózalo con tu hermano
y con las personas que te quieren. Para Mi el tiempo de tu partida hacia el
Paraíso está a punto de cumplirse y sé que tu estás
contenta. Sé que no estás bien y que el tumor en el estómago
te come dentro, por eso sería mejor que te llevásemos al Paraíso.
Tampoco en estos momentos estás bien porque piensas en aquellos sucios
señores sacerdotes. Ya lo sé, son sucios. Si tuvieses a tu lado
a otros sacerdotes como Monseñor Claudio Gatti, todo sería más
fácil para ti y para él. Pero te lo ruego, no abandones a los
niños, a los jóvenes y a los laicos que quieren convertirse. Sé
buena, Marisella, acéptalo todo, pero no ofrezcas tus sufrimientos y
tus oraciones por los sacerdotes. Ya sé que te cuesta hablar y que el
dolor te está martirizando el cuerpo, por esto te pido a ti, Excelencia,
si deseas hablar conmigo. Si quieres, pero no te sientas obligado.
Obispo - Ante todo, Te doy las gracias, Señor Dios mío,
porque en estos quince días, incluso en el gran sufrimiento, he constatado
Tu ayuda, porque de lo contrario no habríamos podido festejar nuestros
treinta y cinco años. Tu, mi Dios, has dicho a Marisella que le queda
muy poco por vivir y la has exhortado a gozar de este último período.
Por este motivo, Te pido que le quites algún dolor, tal como el 15 de
julio del año pasado le quitaste el tumor de los huesos. Deseo tanto
vivir este último tramo de camino junto a mi hermana hablando del Paraíso,
de mi futuro y de cómo se puede ayudar a toda esta multitud de personas,
abandonada por los pastores, para que vuelvan a Ti, mi Dios. Ea, es este el
gran deseo que tengo en el corazón y que no habría dicho si Tu
no me hubieses invitado a hacerlo. ¿Es posible, mi Dios, que Marisa pueda
estar un poquito mejor? Tu estableces el día y la hora del nacimiento
y de la muerte, pero está aquella fecha que yo he indicado por motivos
que sabes. Señor me remito a Ti, haz lo que quieras y será siempre
lo mejor, pero si puedo insistir, haz que Marisella pueda estar un poquito mejor.
No me siento con ánimo de decirte nada más, sino es recomendarte
a Tu Iglesia y a los sacerdotes buenos y honestos. Aunque Marisella no tendrá
que pensar más en ellos, yo creo que es mi deber pensar y orar por los
sacerdotes. Te pido que bendigas a los buenos y neutralices a los malos en el
modo que Tu juzgues mejor. Tu Iglesia renacerá, ciertamente del costado
de Tu Hijo, por Tu poder y la gracia del Espíritu Santo, pero también
por la sangre, las lágrimas y el sufrimiento de Tus hijos, que han ofrecido
e inmolado su propia vida por ellos. Entre estos hijos, creo que no soy presuntuoso,
podemos considerarnos estar en primer lugar. Mi Dios, bendíceme, dame
la fuerza para seguir adelante, pero sobre todo el dominio y el control de mi
mismo, porque a veces el cansancio es fuerte y lucho con mi sistema nervioso.
No quiero que de mi boca salga ni la más pequeña palabra que involuntariamente
haga sufrir a Marisa, que ya sufre tanto, o a algún otro. Señor,
dame, como me has dado siempre, mucha gracia para el alma y energía para
el cuerpo, para que pueda trabajar hasta el fin y hacer Tu santa voluntad.
Marisa - También yo, Dios, te pido que me des un poco más
de fuerza, porque ya no soy capaz ni de hablar, ni de comer, ni estar en pie
o sentada, estoy muy cansada. Siento un cansancio que me consume y estoy muy
débil, pero quiero continuar amándote y a todo el Paraíso,
pero tienes que ayudarme sino es mejor que me lleves ahora, sin esperar mucho
tiempo. No pido nada contra Tu voluntad, pero si quieres, llévame. Te
encomiendo con todo el corazón a Monseñor Claudio, pensaba que
viviría hasta su ascensión a las alturas vertiginosas, pero en
las condiciones en que estoy hoy no puedo, no puedo. Tu sabes cuanto le amo,
pero no puedo llegar hasta entonces porque me faltan las fuerzas. Si Tu quieres,
puedes ayudarme y puedes darnos aquella pequeña fuerza de la que tenemos
necesidad.
Dios Padre - Yo, Dios Padre Omnipotente, haré de todo para sanar
el mal presente en aquellas personas, pero vosotros no desfallezcáis.
Al menos vosotros, quereos y amaos. Yo, Dios Padre, Jesús, el Espíritu
Santo, la Madre de la Eucaristía y todos los Santos y los ángeles
del Paraíso estamos con vosotros. Recordad que la abuela Yolanda es santa.
Marisa - Gracias. ¿Seré santa yo? No soy buena como mi
madre.
Dios Padre - ¡Oh sí, hija mía, serás declarada
santa pronto!
Marisa - Gracias.
Dios Padre - Excelencia, si no tienes nada más que decir termino
esta Teofanía dedicada a ti, porque tu hermana está muy cansada.
Obispo - Sí, tengo un deseo en el corazón y Tu sabes a
lo que me refiero, pero lo hablaremos en otra ocasión.
Dios Padre - No, dilo ahora, no te preocupes.
Obispo - Señor, Tu has hecho los más grandes milagros eucarísticos
de la Historia de la Iglesia en el lugar taumatúrgico. Nosotros conservamos
la Eucaristía que ha sangrado y algunas hostias que han derramado sangre
incluso dos o tres veces. Por el Triunfo de la Eucaristía, por Tu triunfo,
a mi modesto parecer, sería hermoso que en el tercer domingo del mes
Tu intervinieras para curar a muchos enfermos, incluso graves, con una condición:
después que se hayan reconciliado contigo en la Santa Confesión.
Lo sabes, desde hace años tengo este pensamiento dentro y que Tu conoces
y que hoy me has autorizado a manifestarte.
Dios Padre - Está bien. Os doy las gracias por todo el bien que
hacéis por la Iglesia, pero no por esto quiero que continuéis
trabajando y sufriendo por los sacerdotes. No, no, basta. Amad a los tullidos,
a los enfermos y a las personas que tienen hambre y sed de justicia, pero dejad
a los sacerdotes.
Marisa - Sí, sí, estoy contenta.
Dios Padre - ¿Puedo daros la bendición o tienes algo que
decir, Don Claudio, Monseñor mío?
Obispo - Te lo hemos dicho todo y ahora, mi Dios, me arrodillo aunque
sabes que no podría, pero delante de Ti tengo que postrarme en tierra.
Danos Tu bendición y un poco de alivio a Marisa.
Dios Padre - Junto a la Madre, Madre de la Eucaristía y a todos
los ángeles y Santos del Paraíso, os bendigo a vosotros y a las
personas que os he dicho que ayudaré. Os traigo a todos junto a mi corazón,
especialmente a vosotros dos, mis queridos hijitos.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo. Excelencia, si no te quieres poner la mitra, puedes
evitar el ponértela.
Obispo - Gracias.
Dios Padre - Hazlo así pues, porque estás más hermoso
sin mitra.
Marisa - Adiós.
Villetta Barrea (AQ), 18 julio 2006 - h. 2:50 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - ¿Me permites estar un poquito mejor, especialmente
por la noche, cuando se desencadenan muchos problemas y dolores? Oye, mamá,
¿se lo vas a decir a Dios? No pases a través de nadie, ve directamente
a Dios y díselo. Díselo, tesoro, mami, o sino llévanos.
Si el Obispo no quiere venir no importa, llévame a mi, no puedo más.
Yo soy para el Obispo una gran preocupación y cuando yo ya no esté
él estará tranquilo. ¿Vas a hablar con Dios? ¿Se
lo dices?
Abuela Yolanda - Sí, tesoro, te prometo que iré a ver a
Dios y no iré sola. Llevo conmigo un ejército de ángeles
para hablar con Dios, para decirte que al menos te deje estar un poquito mejor,
solo un poquito.
Marisa - No pedimos muchos, pedimos solo el poder estar un poquito mejor,
tesoro. Mamaíta, ya sé que tu no mandas, pero díselo a
Dios. Abuela Yolanda - ¿Y el Obispo?
Marisa - Volvemos a empezar con el Obispo. Él tendrá que
hacer renacer la Iglesia. Llévame contigo. Dile a Dios que nos deje estar
un poquito mejor, poco, poco, no pedimos tanto.
(Dirigiéndose al Obispo) ¿Verdad, pequeñín?
Obispo - Si no es así haré huelga.
Marisa - Mamá, ¿no te lo crees? Mira que cuando dice una
cosa la hace. Está bien, mami, oye, ve a ver a Dios y dile que me haga
estar un poquito mejor, que nos deje gozar un poquito en este rincón
de paz. Ayúdanos verdaderamente, porque estamos en las últimas,
apurados. Adiós, adiós, tesoro.
Abuela Yolanda - Adiós, amor.
Marisa - Acuérdate de nosotros, te lo ruego, acuérdate
de nosotros.
Villetta Barrea (AQ), 19 julio 2006 - h. 10:50 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Te hemos esperado y has venido con mi madre. Virgencita,
¿ves cómo estamos reducidos? Somos dos guiñapos, ayúdanos,
te lo ruego, haznos descansar y transcurrir una jornada serena, un poco más
distendida, sin tantos problemas que nos aflijan. No soy yo sola la que sufre,
sino también Su Excelencia y estos muchachos que están con nosotros.
Ayúdanos, Virgencita, te lo ruego. Madre, madre de nosotros dos, ayúdanos,
tenemos mucha necesidad. Yo no estoy nada bien, aunque en este momento me sienta
mejor, continúa ayudándonos, y nosotros estaremos con vosotros
y vosotros estaréis con nosotros y juntos rezaremos. Cuando digo que
no es porque estoy cansada y no soy capaz de rezar en voz alta, pero rezo en
el corazón; rezo contigo, con mamá y con tu santo Obispo. Bendícenos
a los dos, ayúdanos, no nos abandones, necesitamos mucha ayuda. No me
prolongo más. Te doy las gracias de todo corazón y esperamos tu
bendición en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Nuestra Señora - Sea alabado Jesucristo.
Ánimo, hijitos, ánimo. Pensáis que estáis solos,
pero no lo estáis.
Obispo - ¿Puedo hacer una pregunta?
Nuestra Señora - Sí, sí.
Obispo - ¿Sólo Marisella ya no tiene que escribir, ni ir
a ver a los sacerdotes, ni a los obispos, ni a los cardenales ni tampoco más
arriba? Porque a mi me molesta tener que escribir aquellas cartas a los cardenales.
Nuestra Señora - Lo sé, querido hijito mío, pero
tu tienes que ser el jefe de los jóvenes y de los adultos. Marisella
ya no irá más a hablar con los hombres de la Iglesia por varios
motivos que tu sabes, pero tu no puedes dejarlos solos a todos. Deja estar los
sacerdotes, pero ayuda a los jóvenes y a los adultos para que hablen
con estas personas, mientras tu te quedas fuera como Marisella.
Obispo - Gracias. Por tanto, ¿ya no tengo que escribir más
a aquellos señores?
Nuestra Señora - Sí, escribir sí, pero no ir a hablar
o hacer otra cosa. Has terminado como ha terminado Marisella.
Obispo - ¿Cuándo terminará nuestro calvario?
Nuestra Señora - Hijo mío, el calvario es siempre largo.
Tened paciencia.
Obispo - Tu has visto cuanto rezo, como esta noche.
Nuestra Señora - Sí, soy muy feliz de sentirte rezar, pero
cuando tu hermana no puede, no la fuerces porque está muy mal. Adiós,
mi dulce hijo. ¿Tienes aún algo que decir?
Obispo - Hazla estar un poquito mejor y hazla descansar. No puedo decir
que velaré por ella porque, ya sabes que las noches pasadas he dormido
muy poco. Haznos descansar a los dos.
Nuestra Señora - Tenéis que tomar la pastilla y dormir
los dos.
Obispo - Gracias.
Nuestra Señora - Salve, hijitos. Adiós, Excelencia, vete
en paz.
Abuela Yolanda - Adiós, Excelencia, vete en paz.
Obispo - Adiós, Abuela Yolanda.
Marisa - Adiós, mamaíta.
Villetta Barrea (AQ), 21 julio 2006 - h. 6:00 p.m. (Carta de Dios)
Abuela Yolanda - (Se dirige a Dios) Dios Padre, soy la Abuela Yolanda,
me conoces. No pido nada, solo que ayudes a estos dos hijos míos. Han
sufrido siempre, han sufrido también conmigo, ayúdales, te lo
ruego. Tu puedes hacerlo, yo sólo puedo rezar.
Dios Padre - Nosotros les estamos ayudando, por supuesto, un poco cada
vez, poco a poco. Su misión es muy difícil, pero Yo no les abandono
nunca. Tu, Abuela Yolanda, que eres su madre, ayúdalos a vivir contigo,
sobre todo a vivir con Dios, con su Papá.
Marisa - Has llevado contigo a todos los ángeles, y están
también los niños. ¡Qué hermosos son! ¿Sabes
que nos ha nacido una niña, Miriam? Después tendría que
nacer otro, Ismael.
Abuela Yolanda - Que dulce nombre Ismael.
Marisa - He sido yo la que lo ha sugerido, ¿te gusta?
Abuela Yolanda - Es hermosísimo.
Marisa - Gioele ¿te gusta?
Abuela Yolanda - Son todos nombres bonitos. Id en paz, hijitos. He dicho
muchas veces que no os abandonaré nunca. Claro que vuestra vida es dura,
muy dura. Ningún santo ha sufrido lo que sufrís vosotros. Cuando
terminéis de sufrir, gozaréis juntos y los otros se darán
cuenta de quiénes sois y porqué habéis sufrido tanto.
Marisa - ¿Te puedo saludar, Dios?
Dios Padre - El Obispo me puede decir: "Hola, Papá"
y tu: "Hola, Dios!". De todos modos lo hacéis todo igualmente.
Marisa - Nosotros Te queremos. Muchas veces me he preguntado: "¿Pero
Dios nos quiere? ¿Por qué si nos quiere nos hace sufrir tanto?".
Por la noche, te lo ruego, déjanos dormir. Yo no puedo más, tu
hijito no puede más. A Ti, ¿qué te cuesta darnos una mano?
Es suficiente con que Tu hagas así (Marisa chasquea los dedos),
y nosotros estaremos bien. Adiós, adiós, mamá.
Abuela Yolanda - Adiós, hijo mío, soy tu mamá.
Dios Padre - Adiós, hijo mío, soy tu Papá.
Villetta Barrea (AQ), 21 julio 2006 - h. 6:58 p.m. (Carta de Dios)
(La aparición ha ocurrido en el automóvil)
Marisa - Ven a llevarme, mamá. No puedo más. De Claudio
te ocuparás tú, mami. Llévame, estoy cansada, sufro mucho,
no todos comprenden mi gran sufrimiento, que es un martirio continuo. Mamá,
mamá, pide a Jesús que se me lleve. Manda a alguno que ayude a
Don Claudio, no lo dejes solo. Mamaíta, mamaíta, llévame.
La mía no es una vida, llévame no puedo vivir más. Dios
ha dicho que me ayudaba, pero yo cada vez estoy peor. Mamá, Madre de
la Eucaristía, de Jesús; Dios Omnipotente, ángeles y santos
del Cielo, yo quiero sufrir, pero estoy cansada y quiero venir con vosotros.
Llevadme con vosotros. Si vuestra preocupación es Claudio, llevadlo también
a él. ¿Qué hacemos en la Tierra? Sufrir, sólo sufrir.
Mamá, te lo ruego, pide a Dios Omnipotente que me lleve. Mamá,
mamá bella, tesoro mío, qué hermosa eres, qué hermosa
eres, mamá. Ya sé que ciertas personas te han hecho sufrir, son
personas que no saben amar pero tu sabes perdonar, ¿verdad?.
Abuela Yolanda - Entonces, Marisella, así como he perdonado yo,
tienes que perdonar tu también. Perdona tu también a los que aún
te hacen sufrir. Yo muchas veces bajaría a la Tierra para gritarles,
después me lo pienso y digo: "Sí, las he perdonado".
También tu, hija mía, tienes que perdonarlas, son personas que
no son buenas, son personas que no saben amar. Ves, la que se llama atea, es
mejor que ellas. Tesoro, es por esto que tu la quieres, es por esto que tu la
has adoptado como hija, ella dice que es atea, pero no es verdad. Sin embargo,
aquellas que van a la iglesia, que tienen las manos juntas, que reciben a Jesús,
son las que te hacen sufrir. Pero tu no estás sola, tu tienes a Monseñor
Claudio Gatti. Tienes también a aquella persona que se llama atea, pero
no lo es, te quiere, os quiere a los dos. Está Marco que os quiere, Marco
ha cambiado. Marco se ha convertido en otra persona, espiritualmente hablando.
Después tienes a tus sobrinos, pero el que te quiere verdaderamente es
el Obispo. Tesoro mío, vuelvo al Padre a rezar con todos los ángeles,
naturalmente con la Madre de la Eucaristía, con San José y con
todos los Santos que tu conoces. Voy a rezar por vosotros, porque ya no puedes
salir afuera, es demasiado duro. Preguntaré a Dios qué quiere
aún de ti y veremos qué dice.
Adiós, hija mía. Adiós, hijo mío, adiós pequeña
atea, adiós, Marco, un beso a todos.
Marisa - Estoy cansada, muy cansada.
Villetta Barrea (AQ), 21 julio 2006 - h. 7:00 p.m. (Carta de Dios)
(La aparición ha ocurrido en el automóvil)
Obispo - Mira el Paraíso. ¿Qué ves ahora? Mira adelante.
Marisa - ¿Por qué no filmas aquellas montañas?
Obispo - Tu descríbenos el Paraíso, porque es más
interesante.
Marisa - El Paraíso es grandísimo, es muy grande, es muy
hermoso.
Obispo - ¿Han llegado delante de Dios?
Marisa - Todavía no. Están todos en camino para llegar
delante de Dios y pedir a ver si puedo estar mejor o morir. Mi madre va a pedir
esto, pero aún no han llegado.
Obispo - ¿Tan larga es la procesión que va a ver a Dios?
Marisa - El Paraíso es el Paraíso. Es inmenso.
Obispo - ¿Están todos? ¿Es una fila enorme, larguísima?
Marisa - Sí, están todos, niños y muchas almas buenas.
Obispo - ¿Están también Don Giovanni y Don Giorgio?
Marisa - Sí, pero ellos están en el fondo, al lado de mamá
está Nuestra Señora, San José y todos los niños.
Obispo - ¿Los sobrinos?
Marisa - Sí, luego llegan todos los otros Santos, primero, entre
ellos está Fatina.
Abuela Yolanda (cantando) - Soy yo, Dio mío, soy la madre de Marisa,
¿qué quieres hacer de ella? ¿Quieres llevártela
enseguida o dejarla un poquito en la Tierra para gozar con su hermano y estar
un poquito mejor? Ea, Dios, estamos todos alrededor Tuyo. He visto la estrella
de Dios. Estamos todos alrededor Tuyo para rogarte por aquella criatura. Los
nombres que el Obispo le ha dado son exactos.
Marisa - Pero yo no los recuerdo, porque siempre tengo miedo de que se
ría de mi.
Obispo - Mártir de amor.
Marisa - Mártir de amor.
Obispo - Heroína del sufrimiento
Marisa - Heroína del sufrimiento.
Obispo - Víctima de la Eucaristía.
Marisa - Víctima de la Eucaristía. Mártir de amor.
Heroína del sufrimiento. Víctima de la Eucaristía.
Dios Padre - Yo soy Dios. Os acojo a todos a Mi lado. Juntos orad por
Miriam, Marisella. Rezad, para que pueda hacer la voluntad de Dios hasta el
fondo. Yo no quiero llevármela, quiero verla terminar de sufrir y luego
llevarla al Paraíso. Quería dejarla todavía por poco tiempo
con Su Excelencia para gozar un poco de la vida del mundo. La vida de la Tierra
es tan sucia, tan impúdica, que casi me desagrada dejarla en este mundo
lleno de personas inmorales, empezando por los vértices de la Iglesia.
Marisa - No lo digas, Dios, no lo digas. Yo te oigo, pero no Te veo,
he visto la estrella, una estrella grande que brilla, ¿eres Tú?
Dios Padre - Soy Yo. Mientras estés en la Tierra no me verás,
pero verás la estrella, una flor y muchos otras escenas maravillosas,
pero no me verás hasta que no vengas arriba. Prueba a no comer, hija
mía, prueba a tomar solamente la Eucaristía, veremos como va.
Yo, Dios, quiero dejarte todavía un poco junto a tu hermano, pero como
ves, tu salud está muy probada. Piensa en todas estas personas que están
en el Paraíso, todas te aman. Pronto vendrás arriba conMigo y
entonces Me verás y serás feliz. Presta atención, mira
la estrella. Ánimo, hija mía, ánimo. Prueba a tomar sólo
la Eucaristía, aliméntate sólo de Eucaristía, veremos
como va.
Marisa - Pero Tú, sabes como va.
Dios Padre - Yo en este momento soy Dios en la Tierra. Si la situación
mejora, te dejo todavía un poco, si no va bien, te llevo, hija mía.
No puedo continuar viéndote sufrir de este modo.
(Se recita el Padre Nuestro)
Marisa - Gracias, Dios Omnipotente, ayúdame a estar un poquito
mejor, si luego no sucede, llévame junto a la estrella. Adiós
a todos. La estrella se ha ido.
Villetta Barrea (AQ), 23 julio 2006 - h. 12:00 a.m.
Fenómeno particular
Marisa - No sufro por la guerra, pero rezo por la guerra, porque
si llega también a Italia estamos todos perdidos. Sufro muchísimo:
primero sufría mucho por los sacerdotes, ahora ya no sufro por ellos,
sin embargo me haces estar mal. Te lo repito, no soy capaz de hablar como mi
hermano, él tiene una gran riqueza espiritual dentro del corazón
y vosotros lo inspiráis al hablar. Yo no sé hablar, tengo este
gran dolor que me está destruyendo. Te lo repito, si ha llegado la hora
nos lo tienes que decir, como has prometido, porque tenemos que prepararnos
espiritualmente y materialmente. Yo no soy buena, no soy una santa, tengo que
corregir todavía mis imperfecciones, pero Tu, Dios, no prolongues esta
agonía que es muy dolorosa, porque prolongándola nos haces estar
mal. Nos dices una cosa, luego nos dices otra, has dicho que nos dirías
la fecha de mi muerte, has dicho que preparabas al Obispo para esta partida,
sin embargo todavía nada. Yo querría ir al Paraíso perfecta,
quizás pretendo demasiado o es imposible.
Obispo - Ya estás en el Paraíso, ya estás en el
Paraíso. Esto te lo ha dicho Dios.
Marisa - No, se lo repito: si ha llegado la hora dínoslo, te lo
ruego, dínoslo, y volvemos a Roma a prepararnos y yo, estirada en aquél
lecho de muerte, estaré contigo. Yo, cuando digo: quiero el ataúd
blanco, quiero el vestido blando, lo digo porque me gusta bromear, me gusta
reír, me gusta animarme y animar a los otros, a veces hago bromas. Dentro
siento esta especie de serpiente que gira dentro y me come. Basta de hablar.
Decídete, Dios, si tengo que partir haz que volvamos enseguida a Roma
para prepararlo todo. Si no tengo que partir y quieres que me quede con los
míos todavía, sobre todo con mi hermano, hazme estar un poquito
mejor, un poquito, no digo mucho, un poquito. Habías dicho que me dabas
la Eucaristía para no hacerme sufrir al comer, pero yo sufro lo mismo.
Sufro aún más, ayer fue una jornada terrible y hoy es como ayer.
Yo no puedo más. Te pido perdón si no he sabido darte todo lo
que me pedías, te pido perdón si no he sabido sufrir por todas
las personas, te pido perdón si me he negado a sufrir por los sacerdotes;
Tú, esto lo has aceptado. Te pido perdón si no soy capaz de ofrecerme
por esta guerra, sino que solo puedo rezar. Te pido perdón si he hecho
sufrir a alguno de mis jóvenes, a alguna persona adulta, si he hecho
sufrir a mi hermano, te pido perdón, Dios, te pido perdón si te
he hecho sufrir. (Vuelta al Obispo) Te pido perdón si te he hecho sufrir.
¿Es verdad que te he hecho sufrir alguna vez? (El Obispo hace el gesto
de que no) Si nos dice que tenemos que irnos porque ha llegado la hora tendremos
que marchar.
Obispo - Que nos lo diga.
Marisa - Es lo que he dicho. No podemos continuar así. Dios, no
sé que más decirte.
(El Obispo manda llamar a los otros)
Marisa - Yo te amo. Dio, te amo, te amo, te he amado mucho, no me avergüenzo
de decirlo. He amado mucho a los hombres, a todos, incluso a los que me hacían
sufrir. Pensaba que no sabía amar, sin embargo sé amar. Sé
amar a todos, quiero amar a todos, pero queda poco tiempo, siento que ha llegado
la hora. Si esta hora ha llegado, Dios mío, háblalo con el Obispo;
dile: "Marcha a Roma, ha llegado la hora de preparar la partida de esta
hija". Si, por el contrario, todavía no ha llegado la hora, y tengo
todavía un poco de tiempo, hazme gozar un poco con mis amigos y mi Obispo,
hazme estar mejor. Has dicho que si tomaba la Eucaristía estaría
mejor, sin embargo estoy siempre mal, mal, mal.
Dios, Papá mío, yo te amo, como a todos, aunque alguna vez de
mi boca salen palabras fuertes, pero hablo así, aunque es para bromear
un poco, para animar un poco. Te pido perdón, corrige estas imperfecciones
mías y decídete. Toma una decisión, Dios mío, ¿tanto
necesitas para tomar una decisión? Si tenemos que partir, partamos para
prepararlo todo para nuestro bien. (Vuelta al Obispo) ¿Verdad? Tu estabas
de acuerdo. Adiós, Dios, adiós, Madre de la Eucaristía,
adiós, San José, adiós mamá, pronto vendré
a veros.
Me gustaría vivir en una situación mejor que esta, sino vengo
a buscarte y juntas seremos felices, porque yo así no puedo más
y tampoco el Obispo puede más, no se aguanta ya de pié, ya no
puede hacer nada. No es posible que Tu durante treinta y cinco años hayas
tratado a estos dos hijos tuyos de este modo. Nosotros hemos dicho que sí
a todo, estoy cansada, estoy cansada.
(Se canta "Te amo, Señor")
Marisa - Ves, Jesús, que a pesar de todo, somos capaces de cantar,
de llorar, de rezar y de reír, pero espero una respuesta. Si tengo que
morir dentro de poco, tenemos que irnos a Roma, Tú lo sabes. Yo no quiero
morir aquí, quiero morir en Roma con los míos. Si por el contrario
me das todavía un poco de salud, haz que yo esté un poquito mejor.
No me hagas pasar las noches de aquel modo, es para enloquecer. Y luego tienes
que dejar dormir al Obispo, porque tampoco él se aguanta de pié
¿y como lo hará para ayudarme? Yo no soy una niña, yo soy
grande.
Nuestra Señora dice: permanece niña. Tienes que ayudarnos a estar
bien, un poquito, poco, poco, pero quítame este dolor que tengo aquí
que me atormenta. (Vuelta al Obispo) ¿Nos das la bendición?
Obispo - ¿Y no dicen nada?
Marisa - Todavía no.
Obispo - ¿Cantamos un canto?
Marisa - No, danos la bendición, basta, estoy cansada.
(El Obispo da la bendición a los presentes y da la Comunión
a Marisa)
Villetta Barrea (AQ), 23 julio 2006 - h. 1:20 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Mírala, Mírala. Te doy las gracias por haber
venido. Tenemos mucha necesidad de ti, de tu ayuda, de la ayuda de Dios Padre,
de Jesús, del Espíritu Santo, de San José y de mi madre.
Tenemos necesidad de una respuesta muy importante, comprensible, segura. No
podemos continuar de este modo.
Nuestra Señora - Marisella, te tomo la palabra y me uno a las oraciones
que el Obispo formuló ayer tarde y a todas las oraciones de esta noche
y de esta mañana en las que os habéis dirigido a Dios como hijos;
vosotros sois hijos de Dios. La partida está llegando, pero no sucederá
en estos días. Aún queda un poco de tiempo para estar juntos,
para gozar y para orar. Sé que el sufrimiento es grande.
Tu, antes has dicho que te sientes imperfecta y la Madre te pregunta: ¿En
qué cosas? No sabrías responderme. Por tanto la respuesta de Dios
es que la partida llega, pero aún tendréis tiempo, poco tiempo
naturalmente, para estar juntos. Esto no os tiene que afligir, os tiene que
consolar. Tenéis que decir que finalmente vuestra hermana acabará
de sufrir, y cuando esté en el Cielo con Nosotros, orará por vosotros.
Orará también por vuestros seres queridos, por vuestros amigos,
parientes, hijos que no creen y que llegarán a creer. Tenéis que
aceptar la partida de vuestra hermana, porque tiene que terminar de sufrir.
Os digo que ella no ha pedido sufrir para que cesen las guerras, ha pedido sólo
orar, no pide más sufrimientos, no pide coger las enfermedades de quien
está mal, ella puede sólo orar y también vosotros tenéis
que orar por ella. Orad para que Dios le de la fuerza a ella y al Obispo de
aceptarlo todo hasta el fondo. Cuando lleve a Marisella al Paraíso, tendréis
que hacer una ceremonia más hermosa que la de un matrimonio, que de una
Primera Comunión, que la de la Confirmación y que la del Bautismo.
Tendréis que hacer una ceremonia grandísima a los ojos de la gente
y a los ojos de todo el Paraíso, y tendréis que ser felices. Marisella,
sé que sufres mucho, que sientes aquella serpiente que te come dentro.
Sí, es verdad, tienes el mal dentro que te come, que te consume, que
te deteriora, que te aniquila, pero mira, dentro de poco tiempo estarás
perfectamente, puedes expectorar. El dolor ha disminuido, y esto lo debes a
las oraciones de Su Excelencia y de estos amigos aquí presentes.
Ánimo, adelante en gracia de Dios. No te enfades con Dios, Él
no tiene nada que ver, ésta es la vida natural del mundo. Sed buenos,
aceptad este sufrimiento de Marisella, aceptad su partida, su subida al Padre,
porque será un bien también para vosotros. Marisella, querría
llamarte Miriam y con todos los nombres con los que te he llamado cuando eras
pequeñita, pero dejémoslo estar, te doy la fuerza de aceptar y
de seguir adelante, junto a Su Excelencia, vuestro santo Obispo. Me repito de
nuevo, para ser declarados santos por Dios no hace falta recoger testimonios
y hacer procesos, no hace falta sacar los tapices en S. Pedro. Para Dios vuestro
Obispo es santo y Marisella es santa.
Dios os bendice a todos, Dios os ayuda a todos vosotros, Dios os ama y tu, Marisella,
lo amas, ya lo sé. Aceptadlo todo. Ahora mirad, ya no existe el problema
con la comida que antes originaba una discusión continua. Ella toma a
Jesús y vivirá por Jesús todo el tiempo que le queda. Gracias
por vuestras oraciones.
Junto a mi santo Obispo y vuestro, os bendigo, a vuestro seres queridos, vuestros
parientes, vuestros hijos. Os traigo a todos junto a mi corazón y os
cubro con mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo. Excelencia,
te lo ruego, basta de lágrimas.
Marisa - Adiós.
Se ha ido.
Obispo - Para ti se acerca tu mundo y cuando estés allí
arriba, serás poderosísima.
Marisa - ¿Poderosísima?
Obispo - Convertirás a muchas otras personas.
Pero yo no lo entiendo: ellos lloran siempre ¿y yo no me puedo desahogar?
Villetta Barrea (AQ), 25 julio 2006 - h. 0:40 a.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Dos demonios grandes, fuertes, feos han asustado
a vuestra hermana y están dispuestos a volver para hacerle daño.
Están, más que nunca, celosos de ella, porque saben que ella les
quitará muchas almas.
Cuando suba al Paraíso, llevará consigo a las almas del Purgatorio,
que Dios haya decidido. El gran temor, que ha tenido hoy, pobre criatura, le
recuerda la que tuvo de pequeña y que hoy se ha repetido de un modo muy
impresionante y malvado. Los demonios han tratado de matarla, aterrorizándola.
Monseñor, no la dejes sola. Ya sé que tienes mucho trabajo que
hacer, pero no la dejes sola. Pon una pequeña cátedra de oro en
su habitación y trabaja a su lado. Ya sé que te pido mucho, pero
si Dios no interviene, hasta su muerte, tiene necesidad de tu ayuda. También
tú, Clara, cuando trabajes, no hagas tanto jaleo y controla la situación
de Marisella por si tiene necesidad de ayuda. Ayuda también al Obispo,
porque no lo puede hacer todo él solo. Lo que ha ocurrido ha sido terrible,
pero Nosotros le hemos ayudado y la hemos salvado. Os lo repito, estas terribles
situaciones y estas maldades sucederán otra vez. Los demonios tratarán
de atravesar su cuerpo y su alma, pero ella es de Dios y ellos no pueden hacer
lo que quieran.
Marisella, sé fuerte y valiente, bromea, ríe, haz chistes, tal
como sabes hacer, y sigue adelante. Excelencia, no te tienes que preocupar tanto.
Si puedes hacer lo que te he dicho, hazlo, si no puedes, manda a alguno que
viva en gracia para que la ayude.
Vosotros no podéis imaginar lo feo y tremendo que ha sido lo que ha sucedido,
ha ocurrido algo para meter miedo al mundo entero. Os lo repito, ocurrirán
todavía otras maldades diabólicas contra ella, porque ella ya
es de Dios y ellos no lo quieren. Dios le ha dado la posibilidad de llevar al
Paraíso a las almas del Purgatorio y ellos esto no lo quieren; por esto
tratarán una vez más de matarla por todos los medios, pero no
ocurrirá, estad tranquilos. Sufrirá, sufrirá mucho, pero
no ocurrirá nada que pueda matarla. Os pido a vosotros que tengáis
ánimo. No quería hablaros de lo que ha ocurrido hoy, he esperado
todo el día y después, al final, le he dicho a Marisella: "Marisella,
hablemos esta tarde de ellos, así esta noche dormiréis".
Veo que Monseñor está muy cansado, como lo está Clara,
pero tu, Marisella eres la que está peor de todos, y eres la más
bromista de todos.
Jesús, la Madre de la Eucaristía, la Abuela Yolanda y todos los
ángeles y los Santos te ayudarán y te dan las gracias. Sé
que ahora tienes mucha hambre. Toma la Eucaristía entera, verás
que te pasará el dolor de estómago. Ya sé que Dios te ha
dado un sufrimiento que no es indiferente. Los otros están contentos
que no comas, ni bebas, y tu también tendrías que estar contenta,
porque sufres mucho menos.
Marisa - Pero yo ahora estoy sufriendo, ayer sufrí. ¿Cuál
es el día que no haya sufrido? Aquel famoso 8 de julio. Ayudadme, os
lo ruego, lo necesito mucho. Necesito vuestra ayuda. Sois muchos, ayudad al
Obispo y a mi.
Nuestra Señora - El Paraíso está abriendo todo lo
creado para llevaros arriba. Como habéis visto los niños juegan
con las flores y están inmersos en una armonía muy hermosa, así
lo tenéis que hacer también vosotros. Cantad, orad, alabad a Dios,
aunque alguna vez penséis que Dios os hace sufrir mucho. Es necesario
hacer Su voluntad y seguir adelante.
Adiós a todos. Adiós, Marisella, os deseo una buena noche a todos.
Junto a mi santo Obispo, os bendigo, hijitos. Os traigo a todos junto a mi corazón
y os cubro con mi manto materno. Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de
Dios Espíritu Santo. Recordad a los niños, las flores y los cantos.
Marisa - ¿Tengo que jugar como los niños?
Nuestra Señora - Marisella, tu eres como los niños.
Marisa - No me hagas avergonzar.
Nuestra Señora - Otras veces te he dicho, quédate así
como eres, porque nos gusta así. Al que no te respete, al que no te quiera,
hazle una sonrisa, quizás, recoge una flor y ofrécesela.
Marisa - ¿Y con qué piernas?
Nuestra Señora - No te preocupes. Id en la paz de Dios Padre de
Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Amén.
Marisa - Adiós, mamá.
Abuela Yolanda - Dale este beso a Su Excelencia (manda un beso).
Marisa - Ya sé que piensas mucho en él. Entonces si piensas
tanto en él, ayúdalo. Está cansado, está cansado,
yo lo veo muy cansado.
Abuela Yolanda - No te preocupes.
Marisa - ¿Cómo lo hago para no preocuparme cuando veo a
mi hermano que está cansado?
Abuela Yolanda - No te preocupes.
Marisa - Está bien. Adiós a todos.
Se han ido.
Villetta Barrea (AQ), 26 julio 2006 - hora 0:40 a.m. (Carta de Dios)
Marisa - ¿Puedo hablar antes que tu, Virgencita mía?
Nuestra Señora - Sí.
Marisa - Gracias. Me gustaría comprender qué es lo que
ha ocurrido esta tarde, te lo ruego, aunque lo que tengas que decirme no sea
bonito. ¿Qué ha ocurrido en mi cuerpo? Me gustaría saber
sólo esto, para mi tranquilidad y después te ruego que me dejes
descansar y que dejes descansar a Su Excelencia y a las personas que están
con nosotros. Dime que ha ocurrido, porque yo enloquezco, esta tarde estoy enloqueciendo.
Nuestra Señora - Marisella, no te acuerdas de todo lo que dije
ayer: que el demonio te atacaría de todos las maneras posibles y el demonio
te ha atacado haciéndote comer dos hojas de ensalada envenenada.
Marisa - ¿Pero por qué no me lo has dicho antes?
Nuestra Señora - El demonio es poderoso, muy poderoso y los que
te atacan son los más poderosos que existen. Es él el que ha intentado
quemar tu estómago, para hacerte estar mal. Te lo he dicho y lo digo
también a Su Excelencia, tenéis que estar atentos, es el momento
más terrible de tu vida, hija mía. El demonio te tienta de todas
las maneras, no te toca porque tienes la Eucaristía, pero hace otras
cosas, mucho más fuertes, mucho más graves. Tu estabas cansada
y no has entendido cuando te he dicho: "Deja de comer".
Marisa - No he entendido, no he entendido, sentía sólo
que la ensalada estaba muy amarga, y ahora tengo todavía la boca muy
amarga. Nuestra Señora - Pues bien, te lo repito, hija mía, los
demonios te asedian. Se marcha uno y viene otro, se marchan dos y vienen tres,
se van tres y vienen cuatro, porque quieren dañarte, quieren matarte,
por esto yo te he dicho: "¡No estés nunca sola!" Es suficiente
que esté a tu lado una persona en gracia, naturalmente.
Obispo - Pero estaba yo.
Marisa - Pero ¿cuándo ha ocurrido todo esto? Esta tarde,
cuando tú, Excelencia, descansabas.
Nuestra Señora - Justamente porque el Obispo descansaba se han
aprovechado de ti, te han dicho que comieras y tu has comido.
Marisa - Pero yo creía que eras tú la que me decías
esto.
Nuestra Señora - No, Marisella, tu sabes que tienes que vivir
de la Eucaristía, no podía decirte esto.
Marisa - Pues entonces, ¿por qué no me habéis zarandeado.
Por qué no me habéis impedido que coma? Yo estoy mal, estoy enloqueciendo
por todos estos dolores, no puedo vivir así y conmigo tampoco el Obispo.
Yo no permito esto, no lo quiero, te lo ruego, sálvale al menos a él,
sálvalo, sálvalo.
Nuestra Señora - De ahora en adelante estate atenta, porque el
demonio se podrá presentar bajo el aspecto de un hombre o una mujer.
¿Te acuerdas cuando se presentó con mis vestidos pero tenía
un rostro espantoso? Te lo repito, tienes que estar atenta, porque también
una mujer o un hombre, bajo cuya semblanza se esconde el demonio, pueden hacerte
daño. Los demonios que quieren aterrorizarte y matarte son muchísimos.
No estés nunca sola, estate siempre con alguna persona que viva en gracia.
Marisella, escucha a la Madre, haz como te digo, reza, sufre y ofrece tus sufrimientos
y no escuches a nadie, escucha solo al Obispo. Excelencia, ayuda a esta hija.
Obispo - Estoy dispuesto a ayudarla, pero tengo una confusión
tal que ya no comprendo nada. Tu lo has visto: estaba rezando y me he dormido.
¿Qué tengo que hacer, velar las veinticuatro horas del día?
¿Estar siempre despierto? ¿Qué tengo que hacer?
Nuestra Señora - No, no, en los momentos en que duermas vendré
yo, estaré yo con ella.
Obispo - Y hoy, ¿por qué hoy no estabas?, perdóname.
Nuestra Señora - Hoy he venido dos veces, no pensaba que sucedería
esto. También yo cuando estoy presente en la Tierra soy una mujer como
vosotros, actúo como vosotros y no hubiera pensado nunca que el demonio
a pesar de mi presencia, habría intentado envenenarte.
Obispo - Perdóname, Madre del Cielo, será que yo ya no
entiendo nada, pero ¿no podías haberme despertado, no podías
haberme hecho comprender el engaño que estaba preparando el demonio?
¿Qué está ocurriendo aquí?
Nuestra Señora - Ya te he dicho que también yo, cuando
estoy en la Tierra soy una mujer como las otras
Obispo - ¿Y quién puede defendernos, entonces?
Nuestra Señora - Si hubiese comprendido la intención del
demonio para con ella, te habría despertado y habría dicho: "Baja
de la cama y ves con tu hermana".
Marisa - El Obispo reza mucho, mucho, mucho, está siempre con
el rosario en la mano, está siempre dispuesto a orar. Virgencita haznos
comprender algo más, porque hemos sido reducidos a la mínima expresión.
Tampoco yo comprendo nada, tengo la cabeza que me estalla, me da vueltas, el
Obispo sufre la misma situación. ¿Por qué nos estáis
oprimiendo de este modo? ¿No puede intervenir Dios?
Nuestra Señora - No digo nada más hijita, pero a partir
de esta tarde tú y el Obispo llevaréis el rosario en el brazo
y estaréis siempre juntos, a menos que el Obispo tenga obligaciones o
necesidad de realizar algo, en cuyo caso a tu lado estará Clara o algún
otro en gracia de Dios. Yo, como madre, os pido perdón si no he sido
capaz de entender el engaño diabólico. Como mujer de la Tierra,
tampoco yo he comprendido lo que estaba sucediendo. Perdonadme, hijos míos.
Obispo - ¿Pero Dios no te lo podía hacer comprender?
Nuestra Señora - Sí, pero no ha dicho nada.
Obispo - ¿Por qué?
Nuestra Señora - Clara. Te doy las gracias por lo que haces por
Marisella. Estate a su lado. No la dejes nunca sola, el tiempo se acorta
Obispo - Virgencita mía, tu sabes que siempre estoy a su lado
y también hoy, cuando un joven me ha hablado de ir a dar una vuelta,
yo he respondido: "No, estoy cansado", pero el verdadero motivo era
que quería estar al lado de Marisa.
Nuestra Señora - Te lo ruego, Excelencia, te lo ruego, sé
fuerte como lo has sido siempre.
Obispo - ¿Puedes quitarnos este incubo diabólico?
Nuestra Señora - No te derrumbes, Claudio, no te derrumbes, hijo
mío.
Obispo - No me derrumbo, no me derrumbo. Dios mío, me dirijo a
Ti. Dios mío ¿por qué permites que nos suceda lo que no
ha sucedido nunca a nadie? ¿Por qué nos ocurre en un momento ya
de por sí tan duro? Padre, yo me dirijo directamente a Ti, me salto la
mediación de Nuestra Señora. ¿Por qué ocurre esto
que nos está desgarrando? Dios mío, ¿quieres nuestro exterminio?
Padre Celeste, ¿quieres vernos acabados?
Dios Padre - Nunca, nunca, hijo mío.
Obispo - Dio mío, he rezado mucho, porque preveía que sucedería
algo terrible. He rezado a nuestros ángeles custodios, Ismael y Gioele,
para que nos defendieran, pero ninguno de los dos nos ha defendido.
Dios Padre - Os han defendido, de lo contrario a estas horas Marisella
ya no estaría y no habrías podido hacer aquella hermosa ceremonia
que has dicho. Ella está todavía contigo. ¿No estás
contento de que esté todavía contigo?
Obispo - Sí, Dios mío, pero ¡a qué precio!
Dios Padre - Entonces, ¿quieres que me la lleve?
Obispo - No. Primero tenemos que volver a Roma, no ahora, Dios mío.
Te lo ruego, Te lo suplico, Tu eres Omnipotente. Sé que los demonios
se la tienen jurada a muerte por el bien que ha hecho y las conversiones que
ha obtenido con sus sufrimientos. Dañándola a ella, saben que
me dañan también a mi. Te lo ruego, Te lo suplico, Dios mío,
manda a tus ángeles, que nos hagan de baluarte contra estos demonios.
Yo lucharé, haré todo lo que esté en mi poder, para alejarlos.
Ya sé que ésta es la última lucha y nosotros venceremos
contra los demonios, porque Tú estás con nosotros. Pero me permito
decir que oír como ha hablado hoy la Virgen, me estremece. Dios mío,
¿me oyes?
Dios Padre - Sí, te oigo.
Marisa - Dios mío, Padre mío, no me abandones en este momento.
¿Dónde estás, Papá? Haz que este dolor tan atroz
se calme, que pueda descansar y mañana volver a empezar una vida difícil,
pero llena de amor para salvar a otras almas. Dios, Dios mío, Padre mío
no nos abandones, te lo ruego, tenemos necesidad de tu ayuda. Ahora sólo
tenemos una chica que nos está ayudando. ¿Puedes mandarnos a alguna
otra persona que nos ayude?. Pero que sea buena, que nos ame verdaderamente.
Dios Padre - Ahora no pienses en esto, quédate todavía
un poquito aquí y luego veta a la cama y átate el rosario al brazo
Obispo - Sé que yo también me tengo que atar el rosario
al brazo.
Marisa - ¿Nos quieres, Dios? Ten un poco de atención, un
poco de piedad, un poco de compasión por nosotros. ¿Cómo
está mi mamá? ¿Está bien? ¿Por qué
no me hace estar un poquito bien? Vivo de la Eucaristía, no como nada.
Esta tarde los demonios me han reducido a este estado, pero si Tu quieres, puedes
ayudarme y hacerme estar mejor. ¿Puedes hacerme estar mejor? ¿Puedes
hacerme reposar? Si pudiese vomitar. Me libraría de estos gusanos, de
los animales que tengo dentro y sería feliz contigo, Dios, contigo María
y con mi hermano.
Nuestra Señora - Adiós, hijos míos, os deseo una
buena noche y os ayudo cuanto puedo. Si los demonios se presentan de nuevo,
tenéis que ser fuertes y agarraros al rosario y si tuvieras que vomitar,
hija mía, no te preocupes, porque los gusanos se marcharán y tu
estarás mejor.
Marisa - ¿Os podemos dar las buenas noches? Jesús, buenas
noches, Dios, buenas noches. Tened un poco de compasión por nosotros,
os lo ruego. En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
Marisa - ¿Has entendido lo que ha pasado?
Obispo - He entendido lo que ha pasado Marisella.
Marisa - ¿Que tengo que hacer? Ya no entiendo nada.
Obispo - Nosotros te ayudaremos.
Villetta Barrea (AQ), 26 julio 2006 - h. 2:50 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - A Don Claudio, sólo porque ha celebrado una S. Misa
en el lugar taumatúrgico, se le ha suspendido a divinis. Después,
porque ha sido ordenado Obispo por Dios, ha sido reducido al estado laical.
El Obispo ha sufrido siempre y continúa sufriendo. Me habéis hecho
tomar la Eucaristía en lugar de alimento y estoy muy mal, aunque le he
dicho al Obispo que estaba mejor, pero no era verdad. He dicho que había
dormido toda la noche, pero no era verdad.
Dios, ¿qué quieres de nosotros?. ¿Dónde estás,
o dónde te has escondido? ¿Para qué le ha servido el sacerdocio
si luego le han prohibido celebrar la S. Misa? ¿Para qué le ha
servido haber sido ordenado Obispo por Ti, Dios mío? ¿Para sufrir,
para ser humillado y condenado? ¡Cuántas calumnias y difamaciones
ha sufrido el Obispo! Te lo repito: ¿para qué ha servido alimentarme
de la Eucaristía, si luego estoy mal? Por otro lado están los
demonios que nos atormentan. Mándalos marchar. Hacen cosas horribles,
espantosas, nauseabundas. Mándalos marchar. Perdónanos, Dios,
pero estoy enfadada contigo. ¿Por qué me has dado el don de alimentarme
de la Eucaristía? Para contentar al Obispo? Pero yo estoy mal. Piensa
en todo lo que nos has quitado. Nosotros sólo hemos sufrido. Te pido
perdón, pero siento necesidad de decirte lo que pienso. Y tu, María,
Madre de la Eucaristía, ¿por qué ya no nos ayudas como
antes? ¿Y tu mamá, qué haces en el cielo? ¿Por qué
no vienes a ayudarnos?
Abuela Yolanda - Hijos míos, yo estoy con vosotros, pero sólo
soy una simple criatura de Dios, no soy tan importante como creéis.
Marisa - Mamá, mamá, tu eres importante, al menos para
nosotros lo eres. Ayúdanos, mamaíta, te lo ruego, ayúdanos
o llévanos; dile a Dios que nos lleve, porque el sufrimiento es mucho.
Os pido sólo que ayudéis al Obispo cuando yo ya no esté.
Ayúdalo, mamá, te lo pido a ti; ayuda a tu hijo, Virgencita, ayúdalo.
Dios, no sé donde te has escondido, pero si quieres, ayuda al Obispo.
Tu lo has ordenado, pero lo has llevado a un sufrimiento enorme. Perdonadme
por lo que he dicho; si merezco la bendición, dádmela y si no
la merezco no me la deis, de todos modos mi pensamiento en cuanto a Dios permanece
igual. Mi amor por Ti, Dios, es muy grande, pero ahora me siento muerta.
Dios Padre - Marisella, Yo soy Dios. Te he ayudado y nunca te has dado
cuenta. Sí, es verdad, hay muchos demonios que dan vueltas a tu alrededor
y tratan por todos los medios de hacerte morir, para que no te lleves las almas
del Purgatorio al Paraíso, pero hasta ahora no lo han conseguido. Sólo
yo se cuáles son las que vendrán arriba y luego te lo diré
también a ti y vendrás arriba con ellas. Excelencia, tu Papá
casi no tiene ánimo para decirte ánimo.
Obispo - Dios mío, ya no tengo fuerza ni valor.
Dios Padre - Te digo ánimo. Tenéis que tener mucho ánimo,
porque sois muy maltratados por los hombres y por los demonios. Pero ahora,
te lo ruego, hazlo por tu hermana, ve a comer algo para que tengas más
fuerzas, de lo contrario te debilitarás.
Obispo - ¿Y ella?
Dios Padre - A ella le digo que vuelva a empezar a comer un poquito.
Marisa - Dios, yo te he dicho: me has dado la Eucaristía para hacerme
estar mejor, y estaban todos contentos, sin embargo yo he sufrido y sufro todavía,
pero haz lo que te parezca, lo que quieras. ¿Tengo que tomar la Eucaristía?
Tomaré la Eucaristía. ¿Tengo que tomar un poco de alimento?
Lo tomaré.
Obispo - Papá, dinos una palabra clara.
Dios Padre - He dicho: Marisella, puedes comer un poquito.
Obispo - ¿El que?
Dios Padre - Cualquier cosa. O toma sólo la Eucaristía,
o la Eucaristía y un poquito de alimento.
Obispo - ¿Qué es mejor?
Marisa - Si también con la Eucaristía el estómago
está muy mal, no quiero comer, porque ni siquiera tengo hambre. No comprendo
porque me das la Eucaristía para que esté mejor y sin embargo
estoy peor, esto no soy capaz de aceptarlo. Incluso cuando hemos puesto la Eucaristía
en agua, para que yo la pudiese beber sin peligro, he estado mal, esto no soy
capaz de aceptarlo, mi Dios, pero que se haga tu voluntad.
Dios Padre - Espera todavía un poco, porque tienes que actuar
a escondidas de los demonios. Toma la Eucaristía y veamos qué
pasa. Obispo - Dio mío, ¿por qué no te la llevas? Tu eres
Dios... ¿me respondes?
Dios Padre - Yo soy Dios, pero esta criatura tiene que inmolarse hasta
el fondo para salvar a la almas.
Obispo - Pero así no podemos vivir.
Marisa - Dame a mi todo el sufrimiento y deja libre al Obispo y dale
la fuerza. Me ha ayudado siempre, ha sido siempre fuerte, pero no soy capaz
de verlo reducido así. Somos dos, él no puede verme reducida así
y yo no lo puedo verle a él reducido así, y tú, ¿qué
haces, Dios? ¿Te escondes?
Dios Padre - Yo estoy en medio de vosotros. Esta otra prueba que os he
pedido, especialmente a ti, Marisella, es para salvar muchas almas.
Marisa - ¿Y yo no tengo necesidad de ser salvada, cuando te he
dicho que estoy muy mal al alimentarme sólo de la Eucaristía?.
Perdona mi atrevimiento.
Dios Padre - No me he ofendido, sé que no sale del corazón
Obispo - Dios mío, tenemos por delante más de un mes, yo
no me veo capaz de vivirlo en estas condiciones.
Marisa - Respóndele a él. No puede más. ¿Quieres
ayudarnos? Aunque yo esté mal, dale a él la fuerza. Ya he comprendido
que el dolor permanecerá, pero lo que me mata es el hecho de que todos
pensaban, incluso los sobrinos, que alimentándome de la Eucaristía,
estaría bien, y todos eran felices, pero no sabían que sin embargo
yo sufría y no podía ni siquiera decirlo.
Dios Padre - Tesoros de Dios, seguid adelante con fe y amor. Yo, Dios,
estoy con vosotros y no os abandonaré nunca.
Villetta Barrea (AQ), 26 julio 2006 - h. 10:55 p.m. (Carta de Dios)
Dios Padre - Excelencia, hijito mío, tesoro de Dios, te has
inmolado para la conversión de los sacerdotes, especialmente por los
altos prelados. Recuerda que Yo lo decido todo y sólo Yo puedo decidir
si tu me puedes ver o no me puedes ver, mientras estés con vida. Tu no
puedes decir: "Cuando acompañe a Marisella al Paraíso, en
su partida, no veré a Dios"
Obispo - Gracias, Papá.
Dios Padre - No digo nada más. Porque si todavía tuviera
que hablar
Obispo - No, habla, habla, me gusta, cuando hablas Dios mío.
Marisa - A ti te gusta, pero a mi, Marisa, no.
Obispo - ¿Por qué?
Marisa - Porque estoy cansada y no tengo la fuerza para mantener el diálogo
con Dios.
Obispo - Entonces dejémoslo estar.
Dios Padre - Hijito, me tienes que escuchar.
Obispo - Dime, Dios mío, Papá mío.
Dios Padre - Tú no tienes que decir nada, soy Yo, Dios el que
lo decide todo. Como ves he sido Yo el que ha decidido sobre Marisella. Vosotros
los hombres no podéis cambiar lo que Yo digo o hago.
Obispo - No faltaría más.
Dios Padre - Tu que sabes, si me verás o no me verás cuando
acompañes al Paraíso a tu hermana. Tu tienes que hacer sólo
lo que Yo te digo que hagas y si Yo, Dios, te quiero llevar arriba, ¿tú
quién eres para decir que no?
Obispo - Pero yo vengo de buena gana, faltaría más.
Dios Padre - No bromeo Yo, Dios.
Obispo - Ya lo sé, Señor.
Dios Padre - No digas faltaría más, porque...
Obispo - Quizás soy poco claro esta tarde, pero es lógico
que mi gran deseo es el de hacer Tu voluntad, siempre
Dios Padre - El sufrimiento grande es el de tu hermana
Obispo - Sí, es verdad.
Dios Padre - Eso no quiere decir que tu seas menos santo que ella o más
santo que ella. Deja que decida Dios, Yo soy Dios, Yo soy tu Papá. ¿Has
comprendido bien?
Obispo - He entendido perfectamente.
Dios Padre - ¿Entonces?
Obispo - Gracias, Dios mío, Papá mío.
Marisa - ¿Ahora dices gracias porque nos ha dicho todo esto?
Obispo - ¿Te parece poco?
Marisa - Dios nos sonríe.
Nuestra Señora - Yo, la Madre de la Eucaristía, San José
y todos los ángeles y Santos del Paraíso, estamos aquí
presente con vosotros. Pequeños hijos, no tenéis que tener miedo.
Sí, conozco a los demonios, son enormes, son horribles, son malvados
y pueden hacerte daño. Pero mientras tengas a Jesús, a mi, al
Obispo y a las personas cercanas que rezan, serás ayudada, hijita.
Marisa - Yo estoy segura de que me ayudáis, pero no te olvides
de que soy muy miedosa. Yo no puedo olvidar aquel tremendo día, aquel
fuego horrible, como no puedo olvidar que me han hecho comer veneno. Ahora tengo
miedo, mucho miedo. Si tenéis que decirme, en algún momento, que
tengo que comer, yo no comería porque tengo miedo de comer, tengo miedo
de beber, tengo miedo de todo. Me gustaría, Señor y Virgencita,
que me ayudaseis a soportar el sufrimiento, porque mi cuerpo está martirizado
por todas partes y yo ya no tengo fuerzas para soportar todo este sufrimiento.
He hecho una pregunta a Dios y espero su respuesta. Yo haré lo que Él
decida, pero vivir es duro para mi, muy duro. Ahora deseo saber si tía
Ana está en el Paraíso con la abuela y con mi madre.
Nuestra Señora - Marisella, la tía Ana está en el Paraíso
desde hace años. ¿Te acuerdas cuando la llamabas la Virgencita?
Has hablado a menudo con ella. Claro que aquí arriba en el Paraíso,
la que reina es la Abuela Yolanda, pero también está la tía
Ana, de la que hoy es su onomástica, porque es la fiesta de Santa Ana
y de San Joaquín, mis padres.
Marisa - Por lo tanto, mamá, además de su madre, mi abuela,
tiene también a su hermana.
Nuestra Señora - La tía Ana subió al Paraíso
antes que la Abuela Yolanda, hace ya cuarenta y ocho años que ha muerto,
tesoro.
Marisa - ¿Le dirás a Dios que me dé la respuesta
que espero con tanta ansia? No me preocupa que sea sí o no, mientras
tenga la respuesta ya que haré la voluntad de Dios. De todos formas,
¿cuánto me queda por vivir? Si queréis podéis darme
un poco de alegría en el tiempo que me queda por vivir.
Oye, Jesús, ¿Dios se ha ido a dormir? ¿No viene a ver a
Su Excelencia?.
Jesús - No exageremos ahora, nosotros no dormimos, nosotros cantamos,
oramos, estamos todos unidos en el amor, en la caridad, en la oración,
junto a Dios. Cuando tu veas una flor hermosísima, es Dios, cuando veas
una estrella brillantísima, como hace pocos días, es Dios. Mientras
vivas en la Tierra verás a Dios bajo la forma de una flor o de una estrella,
después cuando vengas al Paraíso, verás a Dios tal como
es, y entonces tendrás una gran y hermosa alegría.
Ánimo, Marisella, sé fuerte y acepta este sufrimiento tan grande,
estás martirizada en todo el cuerpo, tu eres Mártir de la Eucaristía.
Marisa - Está bien, después se lo pregunto a mi hermano
Obispo, porque yo no me acuerdo nunca de las cosas.
Jesús - Está bien, ahora continuad haciendo el homenaje
a María, y después tendrás que tomar aquellas medicinas
para dormir.
Marisa - ¿Me dejaréis dormir un poco?
Jesús - No toda la noche, naturalmente, dormirás un poquito.
Marisa - Gracias.
Obispo - Jesús, ¿podemos velar nosotros a turnos y dejas
que repose Marisella?
Jesús - Los otros no, porque trabajan mucho desde la mañana
a la noche.
Obispo - Velaré yo.
Jesús - Tu no, porque tienes que atender a muchas obligaciones,
tienes que ayudar a tu hermana, tienes que escribir y hacer tu trabajo. Marisella
velará por todos. Estad contentos y obedeced todos.
Nuestra Señora - Junto a mi santo Obispo y vuestro, os bendigo,
a vuestros seres queridos. Os traigo a todos junto a mi corazón y os
cubro con mi manto materno
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo de Dios Espíritu Santo. Sea
alabado Jesucristo.
Marisa - También está tía Ana. Adiós, adiós
a todos, saludad a Dios de mi parte.
Villetta Barrea (AQ), 27 julio 2006 - h. 9:27 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Heme aquí, Marisella. Soy la Madre
de la Eucaristía, y estoy en compañía de la Abuela Yolanda.
Dios dará la respuesta, y se la dará al Obispo, pero no sé
cuando. La única cosa que sale de mi es el consejo de que comas las judías
que tu misma puedes condimentar.
Marisa - No conozco las judías.
Obispo - ¿Puedes comer judías?
Marisa - ¿Las conozco?
Obispo - Son las que tu has dicho que condimentarías. ¿Puede
comerlas?
Nuestra Señora - Sí, esta noche.
Obispo - ¿Eres tú, Virgencita o algún otro?
Marisa - Es Nuestra Señora. ¿Qué quieres decir?
Obispo - ¿Es la Madre de la Eucaristía?
Marisa - Es Nuestra Señora. Sí, es muy hermosa, también
es hermosa mi madre.
Nuestra Señora - Esta noche y cada día, según como
te encuentres, te diremos qué comer. Si tienes este horrible dolor de
estómago de hoy, tomarás sólo la Eucaristía, de
lo contrario, comerás un poco. Esta noche come dos judías.
Marisa - Pero a mi no me gustan.
Nuestra Señora - Condiméntalas como has dicho y ya verás
como te gustarán, si el Obispo lo permite.
Obispo - ¡Oh sí, sí, sí!
Marisa - ¡Qué tiene que ver el Obispo!, es Dios el que decide.
Nuestra Señora - No, tesoro, este consejo sale de la Madre. Soy
yo, la Madre de la Eucaristía, la que te digo que comas por la noche
las judías verdes. ¿Sabes porque te lo digo? Porque no te gustan.
Tú cómelas y haz el florilegio
Marisa - ¡Pero qué lista! Espera, Don Claudio, ¿sabes
qué ha dicho?
Obispo - Lo he oído. Pregúntale porque has tenido tanta
hambre hoy, a pesar de haber tomado varias veces la Eucaristía.
Marisa - ¿Por qué he tenido tanta hambre hoy a pesar de
haber tomado la Eucaristía?
Nuestra Señora - Dios lo ha permitido. Cuando llegan situaciones
particulares o grandes, es Dios, sólo Él, el que decide y tu has
sido muy valiente, porque has tenido fe hasta el final, has aceptado hacer la
voluntad de Dios, has obedecido a Dios hasta el final. Comer las judías
verdes para ti es un sacrificio, por lo tanto come las judías cuando
puedas.
Marisa - Pero ¿por qué?
Nuestra Señora - Es un sacrificio porque no te gustan, es un florilegio
porque no te gustan.
Obispo - Basta con que no te hagan daño.
Marisa - No entiendo nada.
Nuestra Señora - No te preocupes, el Obispo ha comprendido perfectamente.
Marisa - Oye, pero ¿dado que no me gustan, no me harán
daño?.
Nuestra Señora - No, si te digo que las comas. Tienes que hacer
el florilegio, la mortificación y el sacrificio. ¿No te gustan?
Te las comes. ¿Te gustaría un alimento sabroso, aquél sobre
el que hemos hablado hoy? No te lo comes. Compréndeme, come unas poquitas
judías y en conjunto haces un sacrificio, un florilegio y una mortificación
que delante de Dios tiene un valor enorme. Después está la Eucaristía,
tesoro. No te preocupes si sufrieras de hambre, porque Dios me dirá lo
que tienes que hacer, yo obedeceré a Dios y tu me obedecerás a
mi. ¿Estás contenta?
Marisa - Sí, sí. Estoy contenta, basta que no me hagan
daño, pero por comer dos judías tengo que hacer el florilegio,
la mortificación y si están mal condimentadas se redobla el florilegio.
Nuestra Señora - No, las condimentas tu sola, como has hecho otras
veces.
Marisa - Dime la verdad, ¿verdaderamente las puedo comer? Porque
yo sufro, pero no quiero desobedecer a Dios, por favor, he obedecido siempre
a Dios, no quiero desobedecer. ¿Puedo comerlas verdaderamente?
Nuestra Señora - Marisella, soy tu Madre, ¿no pensarás
que te digo una cosa por otra?
Marisa - No, pero en estos últimos tiempos ha habido tal lío
de palabras, que no he comprendido nada. ¿Está bien lo que le
he dicho?
Obispo - Sí, valiente.
Marisa - ¿Valiente? Tú eres valiente.
Obispo - No, tú eres valiente.
Marisa - Si yo soy valiente, tu eres
(se refiere a Nuestra Señora)
Obispo - Ella es muy valiente.
Marisa - Tu eres bravísima.
Obispo - A una madre se le puede decir todo.
Marisa - Estaba pensando que ayer ella se había reído mucho.
Obispo - Hoy en cambio hemos reído menos.
Marisa - Sí.
Obispo - Yo había comprendido que Dios te había permitido
tener el dolor de estómago, te lo he dicho.
Marisa - Don Claudio, ¿estarás conmigo cuando coma?
Nuestra Señora - Si está el Obispo contigo, Marisella,
¿quieres que esté también yo? Si te como las judías
¿tú que comerás?
Marisa - No me comas aquellas dos judías que me dan. Sí,
está bien, te doy las gracias, Virgencita, sé que no merezco nada,
pero no quiero desobedecer a Dios de ninguna manera.
Nuestra Señora - Entonces oremos junto a Dios Omnipotente, Padre
nuestro
Marisa - Virgencita, haz que el Obispo esté bien, también
Marcos, Clara y Marisella. Adiós, gracias, gracias, gracias. Lo bueno
es que a mi las judías no me gustan.
Obispo - ¿Cómo va el estómago?
Marisa - Bien.
Obispo - Estoy contento.
Marisa - Ha pasado el dolor.
Villetta Barrea (AQ), 29 julio 2006 - h. 0:40 a.m. (Carta de Dios)
Marisa - Dios Espíritu Santo, deseamos que nos digas algo:
que nos amas, que nos quieres, que nos ayudas. Te necesitamos. Mi querido Obispo
pide siempre el don de lenguas. ¿Le podrías dar este don? No necesita
el don de todas las lenguas, basta con que le des el don de hablar el francés,
el inglés, el alemán, el portugués, el español,
el árabe y el ruso.
Dios Espíritu Santo - Marisella, me los estás pidiendo
todos.
Marisa - Lo pido para él, porque no es capaz de hablar con todas
las personas extranjeras, él no puede hablarles y escucharles, porque
no conoce su lengua. ¿Me prometes, Dios Espíritu Santo, que le
darás este don? A mí quítamelo todo, de todos modos no
me quejo, porque no tengo nada y dáselo al Obispo, que tanto lo necesita.
También tiene necesidad de personas que le ayuden, que lo quieran, que
lo respeten. Mándanos a alguien, como tiene que ser, te lo ruego. Espíritu
Santo, Espíritu de amor, ilumina mi mente, inflama mi corazón,
ayúdanos a nosotros y a todas las personas que te invocan, porque Te
necesitan. Yo no pido nada para mí, sólo pido el don de lenguas
para mi Obispo. ¿Cuándo llegará este don de lenguas?.
Dios Espíritu Santo - Cuando Dios lo diga, Dios sabe.
Marisa - Aún tiene que decir cuando.
Dios Espíritu Santo - Tenéis que comprender que Dios hace
todo lo que quiere, como quiere y cuando quiere, no tenéis que ser vosotros
los que decidáis.
Marisa - Pero podemos pedir.
Dios Espíritu Santo - Sí, podéis pedir todo lo que
queráis. ¿Has visto, Marisella, como hoy Dios te ha escuchado?
Marisa - Sí, de hecho, no me lo esperaba, porque no soy buena.
Tengo que decir lo que pienso, no puedo callar.
Dios Espíritu Santo - Es necesario ser así: decir lo que
uno piensa, decir siempre la verdad. Excelencia queridísima, prepárate,
y cuando Dios quiera, te dará lo que pides, pero sólo cuando Él
lo decida. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Descienda
sobre vosotros la bendición del Espíritu Santo y de María,
Madre de la Eucaristía. ¡Cuidado! Hay personas que dicen: "En
el nombre del Padre, de la Madre, del Hijo y del Espíritu Santo".
Es una blasfemia, es una herejía gravísima. Las personas son tres:
Padre, Hijo y Espíritu Santo; Nuestra Señora es la Madre de todos,
pero es una criatura.
Marisa - Nosotros no hemos utilizado nunca esta fórmula, no la
había pensado nunca.
Está bien, adiós.
Dios Espíritu Santo - El Espíritu Santo descienda sobre
vosotros. Adiós, Marisella.
Marisa - Es la primera vez que el Espíritu Santo me llama Marisella,
no lo había oído nunca antes.
Obispo - ¿Pero te das cuenta? Nosotros lo llamamos y Dios viene.
Villetta Barrea (AQ), 29 julio 2006 - h. 9:35 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Somos tres Miriam: Nuestra Señora,
Marisella y la pequeña.
He venido para bendecir a la pequeña Miriam. La había bendecido
ya en el hospital cuando acababa de nacer y tu estabas conmigo, Marisella, también
allí estábamos tres Miriam.
Bendigo a los padres; os lo ruego, no la viciéis, no la miméis
demasiado y procurad que pueda crecer santa
Marisa - Miriam ahora está viendo a la Virgencita y ríe.
La Virgencita te mira, tesoro. Mira, te sonríe.
Bendícenos a todos y ayúdanos a soportar estos largos y duros
sufrimientos, ayuda sobre todo al Obispo que ya no puede vivir de este modo;
yo no lo puedo ayudar más que así.
Dios me había prometido ayudarme e impedir que los demonios nos atormentaran.
No los dejes venir más, ¡te lo ruego! Hemos sufrido muchísimo.
Haz que no vengan más y danos un poco de paz, de tranquilidad, de serenidad.
Ayuda también a la pequeña Clara que ha estado a nuestro lado
y ha sufrido mucho con nosotros, pero sobre todo ayuda al Obispo.
Nuestra Señora - Y a los jóvenes, la Madre recomienda al
Obispo...
Marisa - ¡Tu eres Dios!
Dios Padre - Sí, me reconoces porque has visto la estrella. Marisella,
tienes un tesoro de niña en los brazos, y es gracias a ti, el que esta
niña esté ahora en medio de vosotros.
Te lo prometo, y Dios no miente, que los demonios no vendrán más
a torturarte, no vendrán más, hija mía. Has sufrido demasiado.
Toma la Eucaristía y come algo que te guste comer.
Excelencia, los demonios no vendrás más porque yo los aplastaré
uno a uno.
Obispo - Gracias, Dios mío.
Marisa - Gracias, Dios. ¿Ves esta niña? Es también
mía.
Dios Padre - Es sobretodo tuya, Marisella, porque ha nacido gracias a
tus sufrimientos.
Marisa - Te doy las gracias, ahora querría Tu bendición.
Dios Padre - Levántate, pues, Excelencia.
Marisa - Querría Tu bendición para esta niña.
Dios Padre - Yo, Dios Padre, te bendigo, pequeña Miriam, junto
a tus padres y a Marisella. Crece hermosa, buena, fuerte y valiente. Os bendigo
a todos.
Yo, Dios Omnipotente, a vuestros ojos he sido demasiado severo y demasiado duro,
pero he hecho lo que tenía que hacer. Ahora la situación cambiará,
aquellos demonios no vendrán más y vosotros seréis felices.
Pero, Marisella, tu sabes que no puedo quitarte los dolores. El sufrimiento
es tu misión.
Marisa - Sí, está bien, no me importan los dolores, estoy
contenta de esta intervención Tuya. Tengo una gran alegría. Gracias.
Estoy contenta sobretodo por Su Excelencia. ¿Le quieres? Le has dicho
que te llame Papá y luego lo haces sufrir.
Dios Padre - No ocurrirá nada más. El cielo se está
ensanchando para vuestra alegría y felicidad. Habrá todavía
sufrimientos y dificultades, porque forman parte de la naturaleza humana y es
humano que ocurran, pero lo importante es que aquellos horribles monstruos no
vengan más, porque Yo los abatiré uno a uno come he empezado esta
tarde.
Marisa - Perdona, Dios, ¿puedo sentarme porque ya no puedo estar
más de pie?
¡Mira, como te mira!
Gracias, Dios, gracias por esta alegría que nos has dado. Nos has dado
un mensaje no muy largo, pero grandísimo para nosotros. Excelencia, ¿estás
contento?
Obispo - Estoy contentísimo.
(Los presentes canta el Aleluya)
Marisa - ¿Ya no está Dios?
Nuestra Señora - No, Marisella, estamos tu Madre y la Abuela Yolanda.
Cuando tengas hambre y la Eucaristía no te llene, toma alguna cosa, pero
tienes que oírme y verme para comer.
Marisa - Gracias, Virgencita, quizás no merezco esta alegría.
De todos modos, gracias.
Nuestra Señora - Os bendigo a todos. Junto a mi Obispo y vuestro,
os bendigo, mis queridos jóvenes. Bendigo al Obispo y el Obispo naturalmente
bendice a la Madre y a su hermana.
Abuela Yolanda - Adiós, Excelencia, soy la Abuela Yolanda. Rezo
mucho por ti y por Marisella, y también por la pequeña Miriam.
Nuestra Señora - Y yo, la Madre de la Eucaristía, os traigo
a todos junto a mi corazón y os cubro con mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo. Sea
alabado Jesucristo.
Obispo - Marisa, ¿has entendido que los demonios ya no vendrán
más? Y no será necesario bendecir cada vez lo que comas y lo que
bebas.
Marisa - No me esperaba que nos dijese esto.
Obispo - Les hemos arrancado la gracia. No podíamos vivir así
Villetta Barrea (AQ), 30 julio 2006 - h. 1:10 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Virgencita, también está Miriam. Está
agitada, la estoy acunando. Tiene hambre, ¿también el Niño
Jesús tenía siempre hambre?
Nuestra Señora - Mis queridos hijos, os doy las gracias por vuestra
presencia y por lo que habéis hecho por mis dos ángeles. Todo
es hermoso para quien actúa con amor y vosotros lo habéis hecho
todo con amor y sacrificio. Mis queridos hijos, pequeños apostolitos,
también vosotros ahora ya sois bastante grandes. La Madre os ama y Dios
ha querido concederos las gracias, especialmente a ti, Marisella. Dios vendrá
también hoy para hablaros, para deciros algo que queréis saber,
entender, aunque entender a Dios no es fácil. Lo que os tengo que decir
es que estoy contenta de como os habéis comportado.
Marisa - ¡Mira a Dios! Hoy veo una hermosa flor toda iluminada
y allí estás Tú. Yo no te veo, Te veré cuando llegará
el momento en el que me llevarás arriba, si lo merezco, porque si no
me vuelvo buena, es difícil subir contigo. Hoy has venido con una hermosa
flor. Deseo hacerte una pregunta, pero no sé si te la haré bien.
Tu has dicho que los demonios han sido pisoteados o has empezado a pisotearlos,
a abatirlos. Querríamos saber si todos los demonios del mundo serán
abatidos, pisoteados o sólo los que han luchado contra nosotros para
hacernos daño.
Dios Padre - Marisella, no todos serán abatidos, por el momento,
pero poco a poco se llegará también a esto. Por ahora contentaros
con que hayan sido abatidos los que os han molestado. Ahora estás tranquila,
hoy pareces una persona feliz y contenta porque no tienes miedo.
Marisa - No tengo miedo y después, desde que vienes Tú
a menudo yo soy feliz y no tengo miedo. Esta ayuda dásela también
al Obispo, hazlo feliz, tiene necesidad. Perdona si me permito, pero Tú
¿no podrías mandar a alguien que nos quiera para ayudarnos?
Dios Padre - Soy Yo el que manda, Yo el que decide, Yo el que obra y
vosotros tenéis que estar en silencio. Si Yo digo al Obispo: "Hoy
te llevo al Paraíso conmigo" él solamente tiene que aceptar.
Marisa - Espera un momento, no corras tanto, todavía es pronto,
él primero tiene que arreglar la situación de la Iglesia. Hasta
que me llames a mi...
Dios Padre - ¿Ves, Marisella, como te has vuelto sencilla incluso
con tu Dios que no ves?
Marisa - Sí, pero aquella flor es maravillosa y aquellas luces
que iluminan todo el entorno son hermosísimas.
Dios Padre - Por tanto, ánimo, hijitos, no os desaniméis
tanto, sed felices y dad un poco de alegría a estos dos hijitos y Yo,
Dios, os la daré a vosotros porque os quiero llevar a todos al Paraíso.
Marisa - ¿Y Miriam?
Dios Padre - Estás apegada a Miriam.
Marisa - Sí. Quería...
Dios Padre - Ella se queda en la Tierra con sus padres, tu irás
a verla, la ayudarás, ayudarás a la pequeña y luego cuando
sea la hora, porque llega para todos, subirá conmigo.
Marisa - Ella quiere cantar, pero no tiene voz.
Dios Padre - Está bien, hijitos, participad a la S. Misa, pensad
que allí está Jesús. Comulgad, vivid todos en gracia. Cantad,
pero ¡tenéis que cantar bien!. Clara, tenéis que cantar
bien.
Villetta Barrea (AQ), 31 julio 2006 - h. 0:50 a.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Habéis vivido tres años llenos
de sufrimiento. Marisella ha estado muchas veces cerca de la muerte y ahora
se resiente de todo esto. El cansancio es grande, la debilidad es mucha, yo
estoy a su lado también por la noche cuando duerme. Esta noche ha acusado
mucha debilidad, porque ella, pobrecita, se resiente de todo, pero no tenéis
que preocuparos de esto.
Obispo - ¿La dejarás dormir esta noche?
Nuestra Señora - Si estoy a su lado es para hacerla dormir. Os
lo repito, no tenéis que preocuparos porque ha llegado el momento en
que se resiente de todo lo que ha pasado. No ha sufrido sólo para sí
misma, sino también para vosotros, especialmente para ti, Don Claudio,
Excelencia Reverendísima.
Obispo - Lo sé.
Nuestra Señora - Ha sufrido a causa de aquellas personas que conoces.
No tenéis que preocuparos, porque éstas son...
Obispo - Insensibles.
Nuestra Señora - En este momento estas personas la están
trastornando, aunque a veces hace ver que no es nada, sufre muchísimo.
Hijos míos, estoy a vuestro lado. Buenas noches a todos.
Marisa - Excelencia, no te tienes que preocupar, porque si te preocupas
no me dejas vivir.
Obispo - ¿Estás más tranquila ahora, Marisa?
Marisa - Sí, aunque noto como si me tuviera que deslizar dentro
de una fosa.
Villetta Barrea (AQ), 5 agosto 2006 - h. 10:55 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Mis queridos hijitos, es hora de aumentar
la oración, para que termine la guerra y triunfe la paz. Orad por todos
los que sufren, que mueren por culpa de tantos malvados. Rezad por mis dos hijitos,
yo siempre estoy a su lado, en cualquier momento, aunque ellos digan que no
lo advierten. Yo soy la Madre de la Eucaristía y amo a todos mis hijos,
pequeños y grandes. Tratad de comprender lo difícil que es mi
cometido.
Cuando el cielo se nubla, se pone feo y amenazante, enseguida os preocupáis
de taparos y de ir a casa. Cuando luego despunta el sol, vuestros corazones
exultan. El sol es Cristo, la luna soy yo, la Virgencita. ¿Es muy difícil
estar en contacto con Jesús y con Nuestra Señora cada día?
Si llueve, si hay sol, si hace frío tenéis que estar siempre en
contacto con todos. Os ruego que recéis por aquellas personas que están
en Roma y que por el calor han sufrido y sufren todavía, por aquellas
personas que van a nuestra Basílica a rezar por vosotros. Vosotros rezad
por ellas.
Cuando vayamos al Jordán, todo será bonito, habrá sol,
una luz hermosísima y nuestro Jesús hablará con el Obispo
para ayudarlo a llevar adelante este duro camino. Tu, Marisella, sabes lo que
te espera, así pues te invito a orar por el Obispo y a sufrir por él,
como haces siempre.
Marisa - Espero que no hayas olvidado que rezo por él, he dado
la vida por mi Obispo. Si llega donde Dios quiere, es gracias a todos los que
han rezado por él.
Nuestra Señora - Niños, Sara y Emmanuel, tenéis
que ser buenos, juiciosos, tenéis que comer, hablar, escribir, jugar,
lo podéis hacer todo, pero tenéis que obedecer sobre todo a papá
y a mamá. Mis queridos hijos, yo me retiro y voy ante Dios Padre y mañana
estaré de nuevo con vosotros.
Esta noche, Marisella, probablemente dormirás poco porque tengo que decirte
algunos de los nombres de aquellos que llevarás contigo al Paraíso.
Marisa - ¿Están también ellos?
Nuestra Señora - Sí.
Marisa - ¡Dios mío! ¿Se lo puedo decir al Obispo?
Nuestra Señora - Después.
Marisa - Está bien. Yo continuaré rezando por todos aquellos.
¿Cuántos son los que tienen que venir conmigo al Paraíso?
Nuestra Señora - En total serán mas de 3000. ¿Estás
contenta de esto?
Marisa - Claro que estoy contenta, pero lo que me has dicho ahora me
hace aún más contenta. Yo querría que todos los hombres
fuesen al Paraíso con Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo,
y para cantar juntos alabanzas a Dios, rezar a Dios, recitar los salmos, permanecer
unidos a Él.
Nuestra Señora - Junto a mi santo Obispo os bendigo, bendigo a
Emmanuel y a Sara. Os traigo a todos junto a mi corazón y os cubro con
mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Villetta Barrea (AQ), 6 agosto 2006 - h. 12:30 a.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Sea alabado Jesucristo, mis queridos hijos.
Dios Padre me ha mandado hoy a vosotros para deciros que la columna de las personas
que tiene que subir al Paraíso poco a poco camina, las personas ya no
están quietas. El mérito de esto Dios os lo da a vosotros, es
un don grande que os hace. Tendríais que ser felices sabiendo que vuestros
seres queridos subirán al Paraíso. Por esto os digo: rezad, rezad
por vuestros muertos, para que también ellos suban al Paraíso.
Se ha formado una corona de flores muy hermosa. A la cabeza de esta corona está
la Virgencita, san José, Abuela Yolanda que van paso tras paso para llegar
hasta a lo alto del Paraíso. Recordad: conquistar el Paraíso no
significa estar siempre en oración, o ir a los santuarios a rezar. El
Paraíso se conquista con el amor, la obediencia, la caridad. Todos tenéis
que ser una sola cosa, os tenéis que amar. Entre las personas que están
yendo al Paraíso, queda todavía mucho camino, algunas no han ido
nunca a la iglesia, han rezado poco, pero han sabido amar. No sirve, os repito,
estar con las manos juntas orando, sirve sobre todo amar a todos, incluso a
los que hacen sufrir. Yo espero aquel día en el que vuestra hermana subirá
al Paraíso llevándose detrás de ella todas estas almas
que son más de 3000: hay niños que tienen uso de razón,
adultos, sacerdotes, obispos, cardenales, todos subirán poco a poco hacia
Dios. El que ve a Dios vive una gran alegría y felicidad. Ver a Dios
no es posibles para vosotros en este momento, pero cuando subáis al Paraíso
lo veréis tal como es Él. Dios nos ha hecho hijos suyos y nos
ha amado como a hijos.
No me queda más que deciros: rezad y no os desaniméis, porque
en aquel momento el demonio os tienta. Si os desanimáis y estáis
hundidos el demonio se precipita hacia vosotros y os hace pecar. Tenéis
que ser fuertes porque tenéis que vencer al demonio. ¿Cómo
se vence al demonio? Con la oración, con el amor, con el amarse unos
a otros. El demonio huye especialmente cuando tenéis la Eucaristía.
Recibid la Eucaristía todos los días, no la dejéis nunca,
a menos que haya motivos importantes por los que no podáis ir a la iglesia.
De lo contrario corred, Comulgad, recibid a Jesús en vuestro corazón
y veréis que el demonio no podrá haceros nada. Incluso cuando
estáis hundidos y os derrumbáis, uníos a Jesús Eucaristía
y seguid adelante. Ved cuanta miseria hay alrededor: la guerra, las personas
que matan. Tenéis que tratar de rezar para impedir que el demonio extermine
a las almas y hacer que el mundo se vuelva como Dios lo ha creado. Dios no ha
creado el mundo para haceros sufrir, sino porque os ha amado. Vosotros hombres
no habéis comprendido todo esto y continuáis sin rezar y os angustiáis.
Haced penitencia, haced pequeños florilegios, haced rezar a vuestros
niños y veréis como todo va bien.
Gracias de todo corazón a los que cooperan en esta campaña para
salvar a las almas.
Junto a mi santo Obispo y vuestro os bendigo, a vuestros seres queridos, bendigo
a todos los niños y a los enfermos. Os traigo a todos junto a mi corazón
y os cubro con mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Villetta Barrea (AQ), 13 agosto 2006 - h. 1:00 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Solo si recibís a Jesús cada
día, podéis ir al Paraíso. Sin Jesús Eucaristía,
no podéis ir al Paraíso. He venido solamente para saludaros. El
que viene después de mi, tiene mucho que deciros.
Dios Padre - Yo soy Dios. He venido a diario durante un tiempo y hoy,
después de algunos días, vuelvo de nuevo a vosotros para daros
las gracias por todo lo que estáis haciendo: los florilegios y la penitencia
que, como ha sugerido vuestro Obispo, habéis hecho por la paz, para ayudar
a Marisella y para tantas personas que tienen necesidad. Continuad, porque los
hombres formulan siempre muchas palabras, pero la paz no llega de modo definitivo.
Hoy hay paz, mañana no se sabe. Vosotros que os vais y dejáis
este lugar, rezad y haced penitencia, quizás un poco más fácil.
Marisa - Han escogido comer hígado, no se lo he dicho yo.
Dios Padre - Haced lo que podáis, pero rezad por la paz en el
mundo. Yo, Dios, estaré a vuestro lado, cerca de vosotros y os ayudaré,
como ayudaré también a los que están lejos de vacaciones.
Será para Mi una gran alegría veros recibir a Jesús Eucaristía;
así un día podréis subir al Paraíso. ¿Sabéis
cuántas personas suben al Paraíso con Marisella? Hasta hoy ¡son
3.540! y la mayor parte de sus nombres no han sido escritos. Pobre Marisella,
acordarse de todos los nombres es difícil, entonces cada tanto vengo
Yo y le digo los nombres que tiene que escribir junto al Obispo. Hoy añadid
a Lauro, Giacomo, Luca, son todas personas santas y por otra parte a Máximo,
Antonello, Juan y muchos otros. Con el nombre de Yolanda sólo está
tu madre. ¿Habrá otra Yolanda? Quien sabe. Esto os tiene que dar
alegría. Pensad en cuando también vosotros haréis un cordón
de flores y subiréis al Paraíso, donde encontraréis mucha
alegría, mucho amor y mucha caridad.
Y luego vendrán otros, otros muchos y al final vendrán también
los hijos.
Marisa - Dios, ¿por qué se ríe mamá?
Dios Padre - Porque está pensando en todas las almas que vendrán
al Paraíso contigo, atadas una a una con las flores. ¿Cuántas
almas tenemos que salvar aún, Marisella?
Marisa - Las salvamos a todas. ¡Estás Tú!
Dios Padre - Sí, Yo quiero salvarlas a todas. Te he hecho sufrir
mucho para salvar a las almas, para salvar a la Iglesia, para el nuevo Papa,
y tu sabes a quien me refiero. Hay tantas cosas aún por hacer.
Marisa - Oye, Dios, hablemos de hombre a mujer. ¿Se puede decir
así?
Obispo - De creador a criatura.
Marisa - De creador a criatura. Si tengo que esperar todo lo que tienes
que hacer ¡yo ya no me muero! Tenía que morir en marzo y después
en junio, hemos llegado a agosto y estoy todavía viva. ¿Cuándo
me llevarás? Si no me llevas, ¿cómo lo hago para estirar
la cuerda de todas aquellas almas?
Dios Padre - Ánimo, Marisella, sé que bromeas.
Marisa - No, no, no, no bromeo en absoluto. Te hablo de creador a criatura.
¿Has oído como ha dicho el Obispo? ¿Cuándo iré
arriba? ¿Cuándo llevaré a todos los otros al Paraíso?
No has tenido palabra, mi querido Dios. Yo te quiero y te amo, pero no puedo
callar lo que pienso, porque eres Dios. (Marisa se dirige al Obispo) Dime si
me equivoco.
Obispo - No, es la hija que habla al Padre.
Marisa - Soy la hija que habla al Padre. Tratemos de apresurarnos, haz
que, al llegar a Roma, todo se termine, todo se acabe, de lo contrario voy a
comprar un ataúd y me meto dentro. Todos se ríen allí arriba,
también mamá se ríe.
Dios Padre - Ánimo, hijita mía, estoy a tu lado, te quiero
como te quieren todas las personas del Paraíso, especialmente tu esposo
Jesús, la Madre de la Eucaristía, San José, la Abuela Yolanda,
tía Ana y la abuela Esperanza.
Ánimo, ten fe y fuerza. Adiós, Marisella.
Nuestra Señora - Dios se ha ido y ha comunicado buenas noticias
a vuestra hermana. Yo, junto a vuestro santo Obispo, os bendigo, a vuestros
seres queridos, vuestros objetos sagrados y a todas aquellas personas que están
atadas una a la otra con una flor para subir al Paraíso. Os traigo a
todos conmigo y os cubro con mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Villetta Barrea (AQ), 14 agosto 2006 - h. 2:40 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Estoy escuchando lo que decís.
Nuestra Señora - Te doy las gracias por todos los florilegios
y sacrificios que has hecho, por el amor que demuestras hacia las personas:
tu director espiritual, Monseñor Claudio Gatti, tus sobrinos, tus nietecitos
y a las dos señoras que están aquí para ayudaros. No penséis
más en lo que ha ocurrido. No os turbéis por aquel triste recuerdo.
Marisa - Sí, pero cuando como, siento todavía un sabor
tan amargo. No se tiene que decir, pero siento repugnancia y no soy capaz de
comer porque me noto la boca amarguísima. De todos modos os doy las gracias,
sobretodo porque me habéis dejado dormir. Ahora quería haceros
una pregunta, se la dirijo a Jesús, a mi Esposo: ya que no puedo comer,
porque noto siempre el amargor de aquel día, ¿puedo comer judías
verdes?
Jesús - Claro, para Nosotros es siempre ensalada.
Marisa - Ayer me dijiste que no.
Jesús - Queríamos ver hasta donde llega tu sacrificio.
Has cumplido igualmente el sacrificio aunque no hayas comido la ensalada. Por
tanto quédate tranquila, vive tranquila, de lo contrario no podremos
ni siquiera decirte los nombres de las otras personas que subirán contigo
al Paraíso. Sé feliz, hija mía, mañana es la fiesta
de la Asunción de María. Celebrad una hermosa S. Misa, aunque
seáis pocos. Rezad por las personas que están lejos y por las
personas que os han proporcionado tanto dolor y tanto sufrimiento. En la comida
estarás con ellos y comerás con ellos, esta noche te diré
lo que podrás comer.
Ahora os bendigo a vosotros y a aquellos que están arriba, especialmente
a los niños. Me gustaría que salierais a tomar el aire. Salid,
tratad de hacer caminar a vuestra hermana porque las piernas ya no pueden más;
probad siempre, de todos modos, a hacerla caminar.
Marisa - No son ellos los que no quieren probar, soy yo que no puedo
caminar.
Jesús - Bueno, probadlo, primero un minuto, después otro
minuto, después otro minuto, hasta llegar a los 5 minutos. Querido Monseñor,
tienes que hacer el regalo a tu hermana
Obispo - ¿No vale aquel con las cartas?
Jesús - Quien sabe si llegará a tiempo. Tu, de todas formas,
hazle un regalo personal.
Obispo - Lo hago de buena gana, ya lo sabes.
Marisa - No hay tiendas.
Obispo - No sé donde hacerlo.
Marisa - Tienes que estar tranquilo, porque no se gasta dinero. Tenemos
que pagar esta casa, la otra casa y la casa de Roma. Oye, Jesús, quería
preguntarte: ¿me quieres verdaderamente? ¿Por qué me hacéis
sufrir tanto, tanto, tanto? Ya sé que son necesarios los sufrimientos
para salvar a las almas, para que triunfe la paz, para el futuro Papa y para
el renacimiento de la Iglesia, pero yo estoy muy cansada, mucho, pero no diré
nunca que no, no me retiraré nunca, quédate tranquilo. Jesús,
seré siempre tu dilecta esposa y Tú mi dilecto esposo. Gracias.
Jesús - Yo, Jesús, os bendigo y os traigo con alegría
en mi Corazón. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Amen.
Sea alabado Jesucristo.
Villetta Barrea (AQ), 14 agosto 2006 - h. 11:30 p.m. (Carta de Dios)
San José - Cuando están presentes Dios Padre, Jesús
y mi amada esposa, yo ¿qué os puedo decir? Sólo que os
amo. Amaos todos. No puedo decir otra cosa, sino que os améis.
Nuestra Señora - Junto a mi amado esposo San José, bendigo
a todos los presentes en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Amén.
Villetta Barrea (AQ), 15 agosto 2006 - h. 12:45 a.m. (Carta de Dios)
Marisa - ¡Estás vestida de fiesta!
Nuestra Señora - Como vosotros; hoy he hecho todo lo posible para
estar hermosa
Marisa - Tienes un vestido bellísimo.
Nuestra Señora - Antes de subir al Cielo y después de habernos
detenido en el Jordán, hemos ido a Getsemaní y allí hemos
rezado. Ha sido conmovedor ver a los niños rezar con la cabeza hasta
el suelo y recitar el Padre Nuestro y el Ave María en hebreo. Los niños
no se han movido hasta que no hemos terminado de rezar; también nosotros
estábamos con la cabeza inclinada en el suelo. Todos los ángeles
nos circundaban y esperaban mi Asunción al Cielo. Después de un
poco, he oído a mi Todo que me llamaba: "María, ven"
y he sido de nuevo asunta al Cielo. Cuando morí, fui enseguida transfigurada
y fui asunta en alma y cuerpo al Paraíso, donde he gozado muchísimo
de ver a tantas personas queridas por mi, como hoy gozo al veros a vosotros,
personas queridas por mi.
Ha sido muy hermoso cuando desde el Jordán hemos partido y hemos ido
a rezar a Getsemaní, donde hemos visto a los niños con la cabeza
hasta el suelo que, de rodillas, rezaban, rezaban, rezaban. Ahora no rezan,
porque están jugando, pero en la S. Misa hacedlos venir; son pequeños,
pero uno ha hecho la Primera Comunión y el otro, si quiere, puede seguir
a su hermano. Hoy es una gran fiesta en el Paraíso y también vosotros
tenéis que hacer una gran fiesta. Alguno me ha pedido un regalo para
Marisella, ha dicho: "Yo le he hecho un regalo, ¿y tu?. Me has dicho
que le haga un regalo y he ido a hacérselo. De vosotros quiero el regalo
que la hagáis estar un poquito mejor". De hecho, hoy está
mejor y ha descansado, aunque la enfermedad está y es grave, pero ella
es capaz de superar incluso esto, haciendo también el payaso y la cómica.
Marisa - ¿Por qué me dices esto? A mi me gusta bromear
y cuando estoy mal si me decaigo es peor. Sin embargo bromeo contigo, con Jesús
y con los otros del Paraíso. Y con los de la Tierra no hablemos.
Nuestra Señora - Me gustaría que en este día de
la fiesta de mi Asunción al Cielo, rezaseis más. Id a dar un paseo
y cuando estéis en el coche recitad el S. Rosario despacio y con el corazón.
Orad por todas las personas que se están preparando para subir al Paraíso
con Marisella. Gozad de esta alegría.
Excelencia, ¿no estás contento de que todas estas almas vayan
a gozar del Paraíso?
Obispo - Felicísimo.
Nuestra Señora - Hay muchos sacerdotes.
Obispo - Esta es una gran alegría.
Nuestra Señora - Hay también obispos y cardenales.
Obispo - ¿Cómo se llama el Obispo del Águila cuyo
apellido no recuerdo?
Nuestra Señora - ¿Pretendes que te diga todos los apellidos
de todos los obispos y sacerdotes?
Obispo - Es uno de los pocos que nos ha querido.
Nuestra Señora - Lo sé. Mira en tu cuaderno de apuntes,
donde encontrarás su nombre. Cada día escribís el nombre
de centenares de personas, tienes que estar contento.
Obispo - Lo estoy.
Nuestra Señora - Poco a poco. No se pueden escribir los nombres
de 3.540 personas, todos juntos, es una fatiga enorme. ¿Te has dado cuenta
de que a Marisella le duele la cabeza cuando te dice los nombres? Hacedlo poco
a poco. Vosotros ayudadlos con la oración y si conocéis algún
buen sacerdote muerto, alguna persona muerta decídselo a vuestro Obispo.
Ahora te nombro a Ana, la abuela de Jacobo.
Marisa - Sí, la he conocido. ¿Viene conmigo?
Nuestra Señora - Claro.
Marisa - Cuando se lo diga a Franco estará muy feliz y se conmoverá.
Ayúdanos a llevar a otras almas, es lógico, especialmente a nuestros
parientes.
Nuestra Señora - Hoy me gustaría oír hablar al Obispo.
¿Tienes algo que decir a tu Madre?
Obispo - Antes que nada, te doy las gracias. Soy yo el que te ha dicho:
"Yo le he hecho el regalo, ahora hacedlo vosotros", porque cuando
Marisa está un poquito mejor yo revivo. Perdona la osadía, hago
una comparación que no quiere ser irreverente. Me comporto como Dios
cuando se manifiesta a Marisella bajo forma de flor: cuando dice noticias bonitas
rebosa luz y alegría, cuando dice noticias feas se marchita. Yo hago
lo mismo con Marisella: cuando está un poquito mejor reboso de alegría
y cuando la veo sufrir me marchito; por tanto tengo algo en común con
nuestro Papá.
Actualmente estoy gozando muchísimo, porque son enumerados los nombres
de los parientes y sacerdotes conocidos que irán al Paraíso. Es
una alegría enorme para mi, porque en el Paraíso nos haremos buena
compañía. Ahora te pido: ten bajo tu manto a los sacerdotes que
tendré que ordenar obispos y a los obispos y cardenales que me tendrán
que ayudar. Dentro de un poco de tiempo empiezo a pensar en estos. Ahora estoy
pensando en el futuro de la Iglesia y en mi futuro. Por un lado deseo que se
apresure, para que el bien triunfe, por el otro tengo mucho miedo, pero luego
pienso que estaréis tú, Marisella y la Abuela Yolanda que me ayudaréis
y entonces me tranquilizo. De todos modos, gracias. Te pido que bendigas a todos
los miembros de la comunidad que han estado a nuestro lado en los momentos dolorosos
y te pido que pongas tu mano en especial sobre los niños. Hazlos crecer
sanos espiritualmente y físicamente, aparta lejos de su alma el mal,
para que sean verdaderamente los hijos de la Madre de la Eucaristía.
Gracias por haberme escuchado.
Nuestra Señora - Gracias a todos vosotros.
Junto a mi santo Obispo, os bendigo, a vuestros seres queridos, vuestros objetos
sagrados.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Villetta Barrea (AQ), 20 agosto 2006 - h. 3:15 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Marisella, tu sufrimiento es grande porque
las almas que hay que salvar son muchas. Mira cuántas almas llevas en
tu haber cuando vayas con el Padre Celestre. ¿No estás contenta
de esto?
Marisa - Sí, estoy contenta, pero ya no puedo más. Somos
dos los que sufrimos, dos los que estamos reducidos a pedazos, porque no tenemos
a nadie que nos ayude, que esté a nuestro lado. No tenemos a nadie, estamos
sólo nosotros dos.
Nuestra Señora - Dos vosotros y cinco Nosotros, somos siete personas.
Marisa - Sí, pero vosotros estáis allá arriba y
nosotros estamos aquí abajo; es terrible. El planeta Tierra me da mucho
miedo, no quiero estar más en la Tierra. Te lo ruego, ayúdanos.
Hoy he comido un poquito, haz que esté un poco mejor, que no tenga estos
fuertes dolores que me hacen gritar y estar mal. Ayúdanos.
Nuestra Señora - Nosotros os ayudamos.
Marisa - Siempre dices eso, pero no sentimos la ayuda
Nuestra Señora - Nosotros os ayudamos, Marisella, pero más
que eso no podemos hacer porque tu cometido es llevar al Paraíso muchas
almas; por esto cada tanto viene el gran sufrimiento que te hace sufrir tanto,
pero luego verás como todo será hermoso y gozarás junto
a tu madre.
Marisa - Me gustaría que llevases conmigo al Paraíso también
al Obispo. ¿Qué hace aquí? No hace otra cosa que sufrir,
sufrir y sufrir. Hace un tiempo que sólo lo veo llorar, no es posible
que un hombre que Dios ha ordenado Obispo, tenga que llorar siempre y sufrir.
Yo no soy capaz de verlo tan oprimido. Trata de entenderme, Virgencita, te lo
ruego, llévalo conmigo, llévanos a los dos juntos.
Nuestra Señora - Esta es una decisión que tiene que tomar
Dio Padre. Marisa - Todo lo tiene que decidir Dios Padre, pero en definitiva,
nosotros estamos cansados, muy cansados. Lo hemos dado todo a todos: a los hombres,
a los sacerdotes y a la Iglesia; ahora basta, no podemos más. Nos tienes
que ayudar, te lo ruego, nos tienes que ayudar.
Nuestra Señora - Claro que os tengo que ayudar, yo soy la Madre,
pero tu cometido, Marisella, permanece.
Marisa - ¿Todavía? No me hagas sufrir como esta noche,
te lo ruego. No puedo sufrir como esta noche. Te lo ruego, Virgencita, te lo
ruego de todo corazón, llévanos, y si no nos quieres llevar a
los dos, llévame a mi, y a él mándalo donde Dios quiere
que vaya.
Nuestra Señora - Recuerda, Marisa, que convertirse en Papa significa
vivir grandes sufrimientos y afrontar grandes sacrificios.
Marisa - Tú lo ayudarás. ¿Qué clase de Madre
serías sino?
Nuestra Señora - Me gusta cuando hablas así. Ahora en nombre
de Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, y junto a mi santo Obispo
os bendigo, os cubro con mi manto materno, os estrecho fuerte contra mi corazón,
como estrecho contra mi corazón a la pequeña Miriam, y os llevo
conmigo.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Marisa - Adiós, mamá.
Nuestra Señora - En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Marisa - Estaba también mi madre.
Villetta Barrea (AQ), 20 agosto 2006 - h. 11:30 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Mis queridos hijos, gracias por lo que habéis
decidido hacer: renunciar al sueño para orar por Marisella. Si tenéis
alguna dificultad, nos os preocupéis, id a la cama, pero si podéis
hacer este sacrificio por vuestra hermana, hacedlo y Dios estará contento,
como lo estaré yo. También la Abuela Yolanda estará contenta.
No podéis imaginar lo grande que es mi amor cuando os veo tan cercanos
el uno del otro y os ayudáis, cuando habláis de Jesús,
de María, cuando vuestro Obispo empieza a hacer catequesis que, entre
paréntesis, no termina nunca. A vosotros os gusta y estáis contentos,
lo estamos también nosotros. Esta tarde no tenía que venir, pero
Dios me ha dicho: "Ve, María, dulce Madre, ve con estos mis pequeños
hijos, ayúdales, hazles comprender que estamos a su lado, aunque haya
gran sufrimiento, porque la misión de Marisella es esta". Otras
misiones que tenía le han sido quitadas, pero la de sufrir por los hombres,
de hacer que los hombres se conviertan, es suya, y vosotros tenéis que
ser felices.
Marisa - Quería decirte solamente que esta noche me dejes dormir
un poquito, porque los dolores son fuertes y el cansancio es mucho. Si tu quieres,
ve delante de Dios, te pones de rodillas delante de él; como hacía
Jesús en Getsemaní, con la cabeza inclinada hasta el suelo y le
dices: "Dios, Padre Omnipotente, ayuda a estos hijos míos, déjalos
descansar", verás que no te dirá que no, porque Dios, a su
manera nos ama; somos nosotros los que a veces no comprendemos su amor.
Nuestra Señora - Gracias, gracias porque estáis aquí
reunidos. Han vuelto también dos ovejuelas, las otras están todavía
dando vueltas, pero todos los jóvenes harán la penitencia de no
dormir y rezar. Yo os doy las gracias y junto a mi Obispo santo y mártir
os bendigo, a vuestros seres queridos, a los muchachos que están con
vosotros y a todos los que están fuera y que tienen familia. Os traigo
a todos junto a mi corazón y os cubro con mi manto materno
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Marisa - Adiós, mamá, no hagas como esta noche, ven si
te necesito; bichirrín, se lo digo a mi madre, no a la Virgen.
Villetta Barrea (AQ), 22 agosto 2006 - h. 8:15 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Yo soy la Reina del Cielo, pero no tengo
corona y tu lo sabes. Mira a mi alrededor a todos los ángeles y a los
Santos, mira a la Abuela Yolanda, qué recogida en oración está.
Yo os amo como Madre y como Reina. No me esperabais porque hoy nosotras dos
ya habíamos hablado.
Marisa - Sí, pero creía que lo habían oído
también ellos, sin embargo no han oído nada.
Nuestra Señora - Hemos hablado de Su Excelencia, Monseñor
Claudio, y hemos hablado bien de él. Dios está esperando la conversión
de sus hijos, sobre todo de los sacerdotes. Esta prueba tan dura, que parece
que no se acabará nunca, terminará porque el Obispo no puede vivir
así y no puede luchar siempre contra los pastores indignos. Tenéis
que estar a lado del Obispo en el sufrimiento, tenéis que rezar por él,
no enfadaros por las pequeñeces. Dios quiere el amor y vosotros tenéis
que amaros, mis queridos hijitos. Tenéis que amaros todos y si alguno
no se comporta bien, no tiene que estar presente en mi aparición y en
la manifestación de Dios. No tiene que participar en la S. Misa si no
puede Comulgar. Si no comulgáis ¿qué venís a hacer
a Misa? Orad por todos los pecadores. ¿Has visto, Marisella, cuántas
almas vendrán al Paraíso contigo? Estoy contenta que entre ellos
están los parientes de Monseñor Claudio y tus parientes: os lo
merecéis. Cuando Dios lo decida, esta subida al Paraíso será
una gran fiesta para todos y tu, hija mía, gozarás como gozará
Su Excelencia porque es hora de que finalmente también vosotros tengáis
una gran alegría. Orad a María Reina, orad, orad porque siendo
reina, puedo tener la fuerza para ayudaros. Tratad de no llorar, no es llorando
como se resuelven las situaciones, sino rezando.
Obispo - Pero yo rezo mucho.
Nuestra Señora - Y lloras mucho. Ánimo, Monseñor
Claudio, hermano mío, hijo mío, ánimo. Mis queridos hijitos,
estáis viviendo una prueba que ningún hombre en el mundo ha tenido
nunca. Cuando decís: "Aquellos que son malos gozan y son felices,
mientras que los buenos sufren siempre" es verdad, desde el punto de vista
humano es así; pero Dios a vosotros os dará algo más grande,
el Paraíso para la eternidad. ¿Cuánto podéis vivir
aún? Después gozaréis en el Paraíso para siempre.
Gracias por vuestra presencia.
Monseñor Claudio, te lo ruego, quiero verte sereno y brillante; sé
que es difícil, pero puedes conseguirlo. Junto a mi santo Obispo os bendigo,
a vuestros seres queridos, vuestros objetos sagrados, os traigo a todos junto
a mi corazón y os cubro con mi manto materno. Lamento, Marisella, que
tengas tanto sufrimiento y que los hombres no sean capaces de comprenderlo,
pero veo que estás serena y vives con alegría. Te doy las gracias
por esto.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Marisa - Adiós, Reina, hermosa, sin corona, ¿te quedas
con nosotros también durante la S. Misa? ¿Estarás al lado
del Obispo?
Nuestra Señora - Sí, como siempre, y traeré también
a la Abuela Yolanda y a San José.
Marisa - Estate a su lado, estréchalo, estechélo junto
a ti.
Marisa - Después, durante la S. Misa, vendrán también
San José y la Abuela Yolanda.
Obispo - Sí, esta vez lo he oído, lo han oído todos.
Esperemos que llegue pronto el momento de la alegría; Dios la está
preparando.
Marisa - Eso ha dicho.
Villetta Barrea (AQ), 22 agosto 2006 - h. 11:52 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Es tan difícil soportar los sufrimientos y las adversidades,
Dios mío, Padre Omnipotente, Creador de todas las criaturas. Tu que nos
has amado hasta darnos a tu Hijo, ayúdame, te lo ruego, hazme estar un
poquito mejor. ¿No ves que la Madre llora? Lo tienes que hacer sobre
todo por Monseñor, no puede pasar la noche en blanco para asistirme,
porque estoy llena de dolores. Yo Te lo he pedido, no Te obligo. Si quieres,
ayúdame, necesito Tu ayuda, si no puedes ayudarme porque tus planes son
otros, que se haga Tu voluntad.
Dios, ten piedad de mi si no soy capaz de sufrir como Tu quieres, perdóname
si alguna vez Te llamo como si fueras mi hermano. Ten piedad de mi, Dios, ten
piedad de mi. Perdóname, Dios, perdona mi franqueza al hablarTe. Haz
que cesen un poquito los dolores, poco, poco, no pido mucho. Te pido sólo
descansar, dormir, tengo necesidad de dormir. ¿Ves cómo tampoco
durante el día soy capaz de hacer nada y termino por dormirme a cualquier
hora? Dios Padre ayúdame y ayúdanos: no podemos más. Te
hemos dicho siempre que sí y continuaremos diciéndoTelo, pero
nos tienes que ayudar, como tantas veces has prometido.
Dios Padre - Yo soy Dios. Cuando ha llegado el momento de ayudaros he
estado siempre presente. A veces estaban presentes personas que no merecían
estar presentes en mi presencia, entonces Yo me he retirado y he mandado a la
Madre: ella ha hablado en mi nombre. Marisella, dulce criatura del Cielo, sé
fuerte. Monseñor Claudio, hijo mío, sé fuerte. Os ayudaré,
como he hecho siempre, aunque vosotros penséis lo contrario, pero vuestro
camino es duro y espinoso. ¿Recuerdas, Claudio? Arrastraremos estas pobres
y míseras carnes, sin que la boca pronuncie una palabra amarga de rebelión.
¿Recuerdas, hijo Claudio?
Obispo - Lo recuerdo.
Marisa - Sí, Dios, pero ayúdanos.
Dios Padre - Os doy mi santa bendición. En el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Sea alabado Jesucristo.
Marisa - Adiós, Dios, gracias. Haznos estar un poquito mejor,
Te lo ruego, porque yo no puedo vivir así.
Dios Padre - ¿Todavía me desafías, todavía
no tienes confianza en mi?. Yo estoy siempre dispuesto a ayudaros, son los hombres
los que me echan.
Marisa - Yo no.
Dios Padre - ¡Oh no, hija mía, pequeña Marisella!
Tu has sufrido siempre, desde el nacimiento, no eres tu la que me echa. Adiós,
pequeña. Un beso también a mi pequeño gran Obispo ordenado
por Mi. Los hombres que hablan mal de él, que no creen que Yo lo he ordenado
Obispo, irán al infierno.
Yo soy el amo del Cielo y de Tierra, y puedo hacer lo que quiera. ¡Ay
de aquél que se ha permitido hablar mal y calumniar a mi Obispo!. Ha
dicho bien tu hermana, Claudio: "En la Tierra podemos vivir hasta cien
años, pero en el Paraíso gozaremos por toda la eternidad".
Así pues, aspirad al Paraíso y no penséis en el tiempo
que tenéis que estar en la Tierra. Rezad junto a María, Madre
de la Eucaristía, a San José a la madre de Marisella, que también
yo, Dios, llamo Abuela Yolanda, y estaréis unidos a Mi. Orad, orad, orad.
Marisa - Adiós.
Villetta Barrea (AQ), 23 agosto 2006 - h. 10:20 p.m. (Carta de Dios)
Nuestra Señora - Esta es la hora de la gran oración
en el Paraíso.
Marisa - Entonces ¿por qué estás hablando conmigo?
Nuestra Señora - Marisella, ¿cómo te permites?
Marisa - Ya sabes que bromeo. ¿Cuándo le pedirás
a Dios Padre eso que tanto deseo?
Nuestra Señora - Tu primero habla con tu director espiritual y
pregúntale: "¿Quieres venir al Paraíso conmigo?".
Marisa - Él quiere venir al Paraíso conmigo
Nuestra Señora - Está bien. Tu pregúntaselo y luego
hablaré con Dios Omnipotente. ¿De acuerdo?
Marisa - ¿Sabes que me cuesta hablar y respirar?... Sí
he comprendido. Adiós. Ahora intentaré comer algo. Me gustaría
sentir que los otros me quieren un poco, poco, poco. Tu te preguntas porqué,
pero yo siento esta necesidad; saber que los otros me aman, me da valor.
¿Me llevas arriba con Monseñor? Llévanos arriba, te lo
ruego, ¡no me apetece nada dejarlo en la Tierra!
Obispo - Pero yo te acompañaré.
Marisa - No, quédate conmigo en el Paraíso.
Obispo - Tengo que volver, tengo cosas que hacer, no puedo dejar la comunidad.
Acuérdate de lo que ha escrito S. Pablo.
Villetta Barrea (AQ), 24 agosto 2006 - h. 11:50 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Te lo ruego, no hables más como esta tarde. Has visto
que jornada hemos tenido los dos. Cuando tengas que venir, avísanos,
si quieres, pero no nos hagas esperar tanto tiempo. Estamos sufriendo muchísimo.
Dios se hace sentir para decirme que tengo que hacer Su voluntad. Tu cuando
vienes eres una dulce mamá, pero no nos das ninguna noticia de lo que
tiene que suceder. Hemos escrito los nombres de las personas que tengo que llevar
al Paraíso, pero ¿cómo y cuándo sucederá?
Pide a Dios que nos ayude un poquito.
Vivimos en una condición desastrosa, pero te amamos mucho y amamos a
Dios, aunque nos sentimos como bajo tierra. Estamos sufriendo como ningún
hombre de la Tierra ha sufrido nunca, nadie podrá comprender nuestro
sufrimiento. ¡Ven, Mamá, ven más a menudo!. Te necesitamos.
¿No ves como estamos de consumidos? Es desde 1999 que nos parece que
se nos ha tomado el pelo: "Llegará esto, llegará aquello",
pero hasta ahora no ha llegado nada. El sufrimiento es muy grande, no podemos
soportarlo más. Tratamos de sonreís, de hablar con las personas
que vienen a vernos, pero nuestro corazón está a pedazos. ¿Nos
puedes ayudar, tu, Madre? Dinos, te lo ruego, ¿qué hemos he hacer?
Yo pensaba que ya había terminado, pero estoy peor que antes y aún
me encuentro en este planeta Tierra. Dios me ha llamado "criatura del Cielo".
¿Qué Cielo? ¿El que está abajo o el que está
arriba? Yo no me siento criatura del Cielo. No me mires a mí, mira a
nuestro Obispo, al que tu amas tanto y dices que es tu hijo. Tu lo amas, pero
¿qué hacer por él? Desde que ha sido ordenado Obispo por
Dios, ¿qué ha tenido? Sufrimiento, sufrimiento y sufrimiento;
estamos cansados. ¿Tenemos que continuar viviendo así? Tenemos
intención de dejarlo todo, de cerrarlo todo y recluirnos en casa, quizás
para trabajar y escribir. A mi me gustaría mucho que el Obispo lo cerrase
todo. Él siempre piensa en la comunidad, pero en el fondo, aunque son
buenos, ¿qué puede hacer la comunidad por nosotros? Que vayan
a sus parroquias, terminarán de sufrir también ellos. ¿Por
qué Dios no se decide a llevarnos?
Nuestra Señora - Marisella, no te he oído hablar nunca
así. Se ve que en tu corazón y en el del Obispo hay un gran sufrimiento.
Yo he rezado mucho con tu madre y tu sabes cuantas veces hemos ido de rodillas
delante de Dios y hemos rezado con la cabeza inclinada por vosotros. Dios tiene
sus planes. Haced Su voluntad, no hagáis sufrir a la Madre y os daréis
cuenta que todo irá mejor.
Marisa - Mamá, mamaíta, se me presenta una noche no muy
bonita, ven a estar a mi lado, a ayudarme, porque estoy muy cansada. ¡Ven
mamaíta!
Abuela Yolanda - Ya verás como podrás descansar, tesoro,
aunque tengas muchos dolores, hija mía. No te he visto sufrir nunca tanto
y ¿quieres que tu madre no llore por esto?
Marisa - Yo solo digo: ayúdanos, tenemos necesidad de vuestra
ayuda.
Nuestra Señora - Está bien, esta tarde hablaremos de nuevo
con Dios Padre, rezaremos de rodillas con todos los ángeles y los Santos.
Le pediremos eso que has dicho, Marisella, y veremos lo que nos dice. Si dice
que tenéis que hacer todavía Su voluntad, escoged vosotros: o
continuáis haciendo su voluntad o bien os retiráis como has dicho.
Marisa - Sí, pero no es bonito esto; después de tantos
años de sufrimiento, no me parece bonito tener que retirarnos.
Nuestra Señora - Marisella, yo lo digo por ti, por el Obispo,
aunque os retiréis no ofenderéis a Dios. Haced la voluntad de
Dios y Dios os hará comprender lo que quiere. No estás bien, Marisella,
la enfermedad continua adelante y los dolores aumentan. No cojas nada más
sobre tu espalda, deja que los otros trabajen también por la Iglesia.
Junto a mi grande y santo Obispo, Monseñor Claudio, os bendigo a vosotros
y a vuestros seres queridos. Os traigo a todos junto a mi corazón y os
cubro con mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.
Sea alabado Jesucristo.
Marisa - Adiós, mamá.
Abuela Yolanda - Dale un beso a mi Obispo por mi.
Marisa - Sí, pero rezad por nosotros, no podemos más.
Obispo - Has estado muy bien.
Marisa - He dicho lo que sentía en el corazón.
Obispo - Es lo que yo habría dicho.
Marisa - Pero no entiendo nada.
Villetta Barrea (AQ), 26 agosto 2006 - h. 0:10 a.m. (Carta de Dios)
Dios Padre - Yo soy Dios, Marisella, tu no me ves, pero ves la flor;
la hermosura de esta flor es la hermosura de tu alma.
Sí, puedes tomar la Eucaristía cuando quieras y si luego aún
tienes hambre, intenta comer algo. Ya estábamos de acuerdo así,
pero me parece que el Obispo y tu no me habéis comprendido. Ya había
dicho que tenías que tomar la Eucaristía y si no era suficiente,
podías comer un poquito, poco a poco; este poco a poco no te ha entrado
en la cabeza. ¿Verdad, Marisella?
Marisa - Sí, Dios, tienes razón. ¿Quién te
lo ha ido a decir, la Virgen y mi madre?
Dios Padre - Sí. Han venido las dos preocupadas y se han arrodillado
con la cabeza inclinada, como están haciendo ahora tus seres queridos.
Excelencia, te lo ruego, levántate, ya eres bastante mártir.
Marisa - ¿Y estos?
Dios Padre - No, ellos pueden estar de rodillas.
Marisa - Oye, Dios, ¿está bien así?
Dios Padre - Sí, Marisella, pero ten cuidado cuando hables, hija
mía, tesoro mío, porque yo te entiendo, criatura del Cielo, pero
no todos pueden comprender cuando tu hablas de cierta manera. Levantaos, hijitos,
para recibir mi bendición. Os bendigo a todos en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Marisa - ¿Te puedo decir adiós, Dios?
Dios Padre - Claro.
Marisa - Te digo también gracias, Dios porque estás a nuestro
lado siempre. Yo no quiero nada para mí, puedes llevarme cuando quieras,
pero te encomiendo a Su Excelencia Monseñor Claudio. Tu lo has ordenado
Obispo y Tu tienes que preocuparte por él. ¿Verdad, Dios, que
lo harás?
Dios Padre - Si me lo dices tu de este modo.
Marisa - Ayúdalo, te lo ruego, también cuando se quedará
solo, porque yo ya no estaré, ayúdalo. ¿Me mandarás
a la Tierra para ayudarlo?
Dios Padre - Sí, quédate tranquilla, criatura del Cielo.
Marisa - Dios se ha ido. Adiós, mamá, adiós Virgencita,
gracias porque habéis rogado a Dios que venga a hablarnos. Ahora se ha
ido, porque ya no está la flor, es bellísima. ¡oh cuánto
daría por encontrarla!.
Nuestra Señora - Un día, cuando estés un poco mejor,
la dibujaremos entra las dos.
Marisa - ¿Pero cuándo?
Nuestra Señora - Nos sentaremos en la mesita y dibujaremos la
flor de Dios y la estrella de Dios. Adiós, criatura del Cielo, adiós.
Marisa - Adiós, mamá, adiós.
Nuestra Señora - Dale mi beso a Su Excelencia.
Abuela Yolanda - La Excelencia es el más hermoso.
Marisa - Está bien. Adiós, adiós mamá.
Villetta Barrea (AQ), 26 agosto 2006 - h. 11:05 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - Perdóname si no estoy arreglada de manera digna para
recibirte, pero has venido improvisadamente. Me muevo con dificultad, tu lo
sabes, acéptame tal como soy.
Nuestra Señora - Mis queridos hijitos, estoy aquí por los
que han venido a verme por primera vez desde que estáis en la montaña,
por la pequeña Mariasole, por Ana, porque su mamá está
conmigo, y por todos vosotros aquí presentes. Nosotros estamos rezando
muchísimo para saber la respuesta de Dios, pero no es fácil tener
esta respuesta, como vosotros queréis. Si Dios viniese y os dijese: "Sí,
mañana haré todo lo que os he prometido", estaríais
todos contentos, pero Dios quiere salvar todavía otras almas, al menos
las que no conocen bien la religión. ¿Habéis visto cuántas
almas están listas para subir al Paraíso? Y habrá todavía
más.
Quiero ayudaros para que aceptéis la voluntad de Dios. No podéis
decir cada día: "¿Dios, Dios, qué haces? ¿Qué
dices? ¿Cuándo vienes? Esperamos una respuesta tuya". No,
con Dios no se habla de esta manera. A Dios se le dice: "Dios, esperamos
una respuesta Tuya, pero que se haga Tu voluntad". Vosotros estáis
en gracia de Dios. Los que se tienen que preocupar son los pecadores, los que
no están en gracia.
La Abuela Yolanda está radiante, desde que ha subido al Paraíso
es otra persona. Ama a todos, viene a menudo conmigo a ver a los niños,
a los pobres, a los enfermos y cuando ha terminado su trabajo se arrodilla conmigo
delante de Dios y pide gracias para vosotros. Ella sabe como están las
cosas. Lo que Dios os ha prometido llegará. Tenéis razón,
son ya muchos años que esperáis la llegada de la santa palabra
de Dios; llegará, pero tenemos que ayudar a otras personas a subir al
Cielo. Pensad, de las 3.540 personas, ya se han escrito los nombres de 1.600;
ésta ¿no es una alegría para vosotros? Tenéis que
estar contentos. San Claudio, Monseñor, Obispo ordenado por Dios, sé
bueno, sé comprensivo, escucha y acepta la voluntad de Dios. Estoy contenta
de que reces por la noche, pero tu primera obligación es la de dormir.
Todos tenéis que dormir para poder trabajar al día siguiente.
A ti, Marisella, ¿qué te puedo decir?. Ahora perteneces del todo
a Dios, eres criatura del Cielo. Te digo solo que reces por aquellas almas que
son buenas, pero que no tienen a nadie que les enseñe los Mandamientos
y todo lo que Dios quiere. Por tanto, ten paciencia, hija mía, sé
que la espera es larga y que tenías que haber subido al Paraíso
desde hace muchos meses. Subirás, no te preocupes, porque no estás
nada bien. Tú ríes, bromeas, cantas y hablas, pero tu salud está
declinando y contigo vendrán todas aquellas almas del Purgatorio. Entre
ellas están tus parientes y los del Obispo ordenado por Dios. Conmigo
estará la Abuela Yolanda y junto a ti guiaremos a todas aquellas almas
del Purgatorio. No hay respuesta de Dios; humanamente hablando, es triste, pero
no es así, la respuesta de Dios llegará; sed más dóciles,
tened más confianza, tened más amor hacia Dios, porque Dios es
amor y os ama inmensamente. Abuela Yolanda diles algo a estoy hijitos.
Abuela Yolanda - Hola, Ana, soy tu madre y soy muy feliz, sé feliz también
tu. Hola, Selenia, pequeña nieta, que has querido tanto a tu abuela.
Juntas hemos sufrido tanto, pero yo hoy soy feliz. Tu tienes a tu marido, tienes
a la pequeña Mariasole y aquí están también los
otros niños que tu sabes. Quereos todos.
Marisa - Mamá, ¿puedes decirle a la Virgen que ayude a todos mis
sobrinos y nietos para que estén bien? Mamá, ¿me mandas
un beso? Abuela Yolanda - No solo a ti, se lo mando también a Ana, Selenia,
Mariasole y Angelo. Mariasole, manda un besito a la abuela y también
a la Virgencita. También yo rezo a Dios por ti, Monseñor, la Excelencia,
él que estaba dispuesto a todo con tal de ayudarme, que cuando me veía
sola venía a hablar conmigo. Qué dulce ha sido aquel hombre, aquel
Monseñor, aquel Obispo.
Marisa - Gracias, mamá, gracias.
Nuestra Señora - Yo, la Virgencita, junto a la Abuela Yolanda
y a mi santo Obispo os bendigo, os cubro con mi manto materno y os estrecho
fuerte contra mi corazón. Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de
Dios Espíritu Santo. Recordad que hoy no tenía que venir, pero
he venido por vosotros, queridos míos.
Marisa - Adiós, mamá. Se han ido.
Obispo - Demos gracias a Dios que ha mandado a la Virgen y a la Abuela
Yolanda.
Villetta Barrea (AQ), 27 agosto 2006 - h. 4:15 p.m. (Carta de Dios)
Marisa - ¿Es verdad que tienes debilidad por Don Claudio?
Nuestra Señora - Yo tengo debilidad por todas las almas que aman
a mi Hijo Jesús y que viven en gracia de Dios.
Marisa - Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Dónde
está Dios?
Dios Padre - ¡Heme aquí!
Marisa - Hoy viene como una estrella. ¡Qué hermosa es y
es grande, grande, grande! ¿Has visto, Dios, como tampoco hoy las cosas
han ido bien? Nosotros rezamos, tratamos de hacer todo lo posible y luego llega
un imprevisto, pero no es culpa de nadie. Tengo dolor de estómago, pero
soy feliz de no haber dado problemas. Haz calmar un poquito a Don Claudio, él
tiene razón, toda la razón de este mundo.
Se amarga mucho cuando ve falta de sensibilidad hacia quien sufre.
Ha venido también el Espíritu Santo. Ahora están presentes
los tres Jesús. Dios, ¿quieres perdonarnos a todos? Somos un poco
débiles, tenemos pequeñas imperfecciones.
Dios Padre - Marisella, no te tienes que preocupar de nada.
Marisa - De todos modos nos quieres igualmente. Yo me inclino y adoro
a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. ¿Porqué
Jesús está aquí y allí?
Jesús - Porque soy Dios y puedo estar en cualquier lugar.
Marisa - Jesús, Tu eres dulce, incluso demasiado. Nos gustaría
ir a pasear, ¿nos mandas una pizca de sol?
Dios Padre - Aunque no hubiera sol, podéis salir lo mismo. ¿Qué
hacéis encerrados en casa? Tendrás tiempo para estar encerrada.
Marisa - Oye, ¿en el Paraíso tendré aire? A mi es
lo que me falta.
Dios Padre - Recuerda que tienes que dibujar con la Virgencita la flor
y la estrella. Verás que poco a poco todo irá bien.
Marisa - Ahora están los tres Jesús iguales y distintos,
Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre tiene la estrella, el Hijo los
estigmas, el Espíritu Santo la paloma.
Adiós a todos, adiós, Virgencita. Adiós, mamá, gracias
por haberme ayudado antes. Don Claudio...
Obispo - Dime.
Marisa - Han venido los tres Jesús.
Obispo - Me he dado cuenta, aunque no los haya visto.
Marisa - Yo he hablado con Jesús.
Obispo - Sí.
Marisa - Y he tratado de hablar también con Dios.
Obispo - Has hablado con Dios.
Marisa - No es fácil hablar con Dios.
Obispo - Pero, ¿te das cuenta que la Santísima Trinidad ha
bajado para hablar contigo?
Marisa - ¿Y quién soy yo?
Obispo - Para Dios eres importante.
Marisa - Ahora se ha ido, de lo contrario se lo preguntaba.
Obispo - No es necesario que vuelva, lo ha dicho Él mismo: "Para
Mí, Dios, eres la persona más importante de la Tierra"
Marisa - Ahora quiero la hermosa flor, ¿dónde la encuentro?
Obispo - Te doy un consejo: coge un folio.
Marisa - Y copio un dibujo.
Obispo - Toma un bolígrafo o un lápiz, después le dices
a la Virgen: "Apoya tu mano sobre la mía y guía mi mano para
hacer el dibujo". ¿Has entendido? Así dibujas la flor y la
estrella.
Marisa - Me pregunto: ¿tenía Dios que venir bajo el aspecto
de una estrella o de una flor? ¿No hubiera sido más fácil
para mi si hubiera venido bajo el aspecto humano?
Obispo - Ha venido bajo el aspecto de Jesús. En el Antiguo Testamento
Dios se manifestó como fuego o como una nube, a Moisés se le manifestó
como una zarza ardiente.
Marisa - A mi bajo el aspecto de una estrella y de una flor.
Obispo - Es más hermoso.
Villetta Barrea (AQ), 29 agosto 2006 - h. 11:00 p.m. (Conversación
de Marisa con Jesús)
Marisa - ¿Por qué estás triste, Jesús?
¿Qué te hemos hecho para dejarte así?.
Jesús - Vosotros no habéis hecho nada.
Marisa - ¿Estás pensando en los sacerdotes?
Jesús - Pienso siempre en ellos.
Marisa - Me has dicho a mi que no piense más en ellos, y además
que no rece más por ellos, ¿y tú?
Jesús - Tu no tienes que pensar en ellos.
Marisa - ¿Y Tu, Jesús, tienes que pensar en ellos?
Jesús - Yo he instituido el sacerdocio, el sacramento del Orden
y los sacerdotes lo han ensuciado.
Marisa - ¿Por esto lloras, Jesús? Te lo ruego, no llores
más.
Jesús - Es normal que llore por mis sacerdotes, muchos se comportan
mal.
Marisa - ¿Puedo secarte las lágrimas?
Jesús - Puedes.
Marisa - No llores, Jesús, estoy yo, si quieres vuelvo a empezar
a sufrir y a rezar por los sacerdotes.
Jesús - No, no, no.
Marisa - No hagas esto. Mira cuantas lágrimas te bajan.
Jesús - ¿Dónde está Don Claudio?
Marisa - No lo sé, no lo sé, estaba aquí ahora ¿quieres
que lo llame?
Jesús - Cuando baja Jesús, ¿dónde va Don
Claudio?
Marisa - Arriba, al Paraíso y está mejor que yo.
Jesús - Ha llegado la Madre.
Marisa - Mamá, oh Madre de la Eucaristía, ven a consolar
a tu Hijo que llora. Yo no valgo para nada. Quiero sufrir de nuevo por los sacerdotes,
pero Jesús no quiere.
Jesús - Esto nunca. Yo no quiero.
Marisa - Y yo obedezco.
Jesús - Está bien.
Marisa - Pero no quiero verte así, Jesús. Hemos tenido
tantas conversaciones bonitas juntos.
Jesús - Prueba a hablar con la Madre.
Marisa - ¿Que le tengo que decir?
Jesús - Lo que quieras.
Marisa - La única cosa que puedo decir es que ayude a su Hijo.
¿Por qué no lo ayudáis? Ayudad también al Obispo
y a mi. Ha llegado el fin de las vacaciones. ¿Han sido vacaciones? Hemos
tenido solamente sufrimientos, sufrimientos y sufrimientos. ¿Por qué
permitís todo esto? Me gustaría entenderlo. Yo siempre he hecho
lo que Dios ha pedido, he dicho siempre que sí, pero no pensaba que vería
llorar tanto a Jesús; se está poniendo enfermo de este modo.
Jesús - Jesús no se enferma, sólo sufre.
Marisa - Virgencita, ¿no podrías venir a Su lado? Es tu
Hijo. Ha dicho que no se enferma que sólo sufre, pero también
el sufrimiento es duro, yo lo sé porque lo he pasado y lo vivo todavía.
Ahora estoy mejor que Jesús.
Nuestra Señora - Marisella, que estás diciendo.
Marisa - Que estoy mejor que Jesús. Jesús está en
Getsemaní y llora. Yo quiero estar a su lado y llorar con Él.
Venid también tu y mi madre a llorar a Getsemaní, así lo
transformamos en un lagrimatorio. A mi sólo me importa que vengas a ayudar
a Jesús, después ayuda a Don Claudio. Tú sabes lo que Don
Claudio está pasando, él es fuerte.
Nuestra Señora - Es fuerte, pero hoy se ha hundido.
Marisa - Se ha hundido y yo no me he dado cuenta. Lo he visto correr,
ir a comprar un regalo para una persona y pensaba que estaba alegre (Marisa
llora). No pensaba... no pensaba que estaba hundido, que estaba mal. ¿Cómo
es que no me he dado cuenta?
Jesús - No llores.
Marisa - Pero tu también lloras, Jesús.
Jesús - Ya no lloro más.
Marisa - Veo tus ojos; están rojos y llenos de lágrimas.
Tienes el rostro rojo, no estás bien.
Jesús - Que sí, estoy bien.
Marisa - ¡Cómo te arde el rostro!
Jesús - Es el amor el que lo inflama.
Marisa - Que te hace estragos.
Jesús - ¿Estás mal, Marisella? No llores.
Marisa - No, no estoy mal.
Jesús - No llores, Marisella.
Marisa - No tenemos que terminar el día de este modo. (Marisa
llora) Yo he hecho todo lo posible para estar animada y no me he dado cuenta
que Don Claudio estaba tan decaído
Jesús - ¡Marisa, Marisa! Ahora soy yo el que te dice a ti
que no llores.
Marisa - ¿Y cómo lo hago para no llorar?
Jesús - Te lo digo yo, no llores, basta de llorar.
Marisa - Virgencita, ¿nos quieres ayudar? Déjame estar
a mi, no te preocupes por mi, de todos modos, como ha dicho Dios, dentro de
poco me voy. Sin embargo el Obispo ha sido siempre calumniado, ultrajado, se
han burlado de él; le han faltado al respeto y lo han abatido. Ahora
trata de ayudarlo, te lo ruego, estamos solos, os tenemos a vosotros los del
Cielo, pero vosotros estáis arriba en el Cielo, nosotros estamos todavía
en la Tierra, para luchar. Te pido perdón si no me he dado cuenta de
que tu también estabas decaído.
Jesús - Ni siquiera lo digas.
Marisa - No, yo me tengo que dar cuenta cuanto Tu estás decaído
y tienes necesidad. Tú, mi Jesús, mi esposo. También el
Obispo está muy decaído.
Jesús - El Obispo está decaído, Jesús está
decaído, la esposa de Jesús esta decaída, ¿y tu
madre?
Marisa - Está animada.
Jesús - ¿Ves como soy capaz de sonreír? Continúa
hablando con la Madre, ella te entiende.
Marisa - No, no me entiende nadie.
Jesús - Habla con tu madre.
Marisa - ¿Qué tengo que decirle? No sé lo que tengo
que decirle.
Jesús - La Abuela Yolanda está llorando.
Marisa - Sí. No sé que le tengo que decir.
Jesús - Habla con la Abuela Yolanda, verás que te responderá,
tienes el permiso de Dios.
Marisa - Mamá, mamá, no llores, tesoro, ¿sabes que
dentro de poco, si Dios mantiene la palabra, vengo al Paraíso? No llores.
Abuela Yolanda - Estamos rezando mucho por el Obispo, por la Excelencia.
Hija mía, tu no puedes imaginar cuantos corren a arrodillarse delante
de Dios, para rezar por la Excelencia. Me parecéis dos pajaritos encerrados
en una jaula, solos, abandonados, pero nosotros estamos con vosotros, está
Dios, está la Madre de la Eucaristía, está San José,
están tantas personas que os quieren y os aman aquí en el Paraíso.
En la Tierra es más difícil encontrar personas que os amen, hay
celos, envidia, maledicencia, hay mucha maldad. Marisella, ¿rezamos todos
juntos, con Su Excelencia, dirigiendo la mirada hacia Dios?
Padre nuestro... Gloria al Padre... Ave María...
Nuestra Señora - Ánimo, hijitos, vuestra victoria llegará;
hace falta esperar todavía, pero llegará. Nosotros no os dejamos
solos, estamos con vosotros y los hombres de la Tierra os hacen sufrir, comportaos
como decía Dante: "No te preocupes de ellos, mira y pasa".
Ayudad a la Excelencia, como dice la Abuela Yolanda, ayudad a Marisella.
Marisa - ¿Cuándo llegará el momento de mi partida
de esta Tierra? Entonces estará mejor también la Excelencia y
espero que lo ayudaréis mucho.
Marisa - Te saludo María, saluda a Jesús de parte mía,
te espero a la hora de mi muerte. Adiós, gracias, adiós, mamaíta.
¿Claudio?
Obispo - Estoy aquí.
Marisa - ¿Dónde has estado hasta ahora en Getsemaní
o en el Paraíso?
Obispo - En Getsemaní.
Marisa - ¿Con Jesús?
Obispo - Sí.
Marisa - Yo también estaba, pero no te he visto.
Obispo - Estaba también Don Claudio, en aquél momento Jesús
y Don Claudio eran uno solo.
Marisa - ¿Y yo que era?.
Obispo - Tu eras una sola con la Virgen, el sufrimiento de la una era
el sufrimiento de la otra.
Marisa - ¿Estás un poco mejor?
Obispo - Sí.
Marisa - ¿Seguro?
Obispo - ¿No lo ves?
Marisa - No, no lo veo.
Obispo - ¿No ves bien?
Marisa - Antes de ir a la cama, tomémonos la presión. Tengo
que obedecer a Jesús y a la Virgen
Obispo - ¿Ellos quieren que me tome la presión?
Marisa - Claro. Mientras estés viviendo en esta Tierra, te tienes
que cuidar.
Villetta Barrea (AQ), 1 settembre 2006 - h. 0:25 a.m. (Carta de Dios)
Marisa - Hola, hola. He tenido mucho miedo, porque tenía miedo
que no vinieras. Han venido también mi madre y San José. Virgencita,
hoy no he sido muy buena.
Nuestra Señora - Marisella, no digas esto. Eres más que
buena, teniendo en cuenta lo que estás pasando. Son los otros los que
tienen que ayudarte y comprenderte. Has tenido escondido dentro de ti tantas
cosas terribles, para no hacer sufrir a tu hermano y mi hijo, la Excelencia.
No tienes que esconderlo durante mucho (golpes de tos).
Marisa - Perdona, tengo un poco de tos.
Nuestra Señora - Digamos un poco. No tienes que tener dentro de
ti durante mucho tiempo las cosas terribles que puedes decir a tu hermano, a
tu director espiritual, de lo contrario se te pone peor el hígado y sobre
todo el estómago. No has sido mala, estate tranquila, has sido más
que buena. Cuando el amor es grande se llega incluso al conflicto. ¿Por
qué? Esto ocurre porque vosotros amáis a Dios y amáis también
a los hombres, tratáis de ayudarlos a todos. Vosotros no habéis
hecho sufrir ni una vez a Jesús ni a mi, nunca. No nos habéis
hecho sufrir nunca, mientras que hay millares de personas que nos hacen sufrir
por su manera de hablar y de comportarse. Por esto nosotros os amamos tanto
y si no me he dejado ver hasta ahora, los motivos te los diré esta noche,
cuando venga a hacerte dormir.
Marisa - ¿Me harás dormir pronto, porque estoy muy cansada?
Nuestra Señora - Sí, sí. Ahora veamos lo que tenemos
que hacer, porque estamos todos reunidos delante de Dios, de rodilla rezando.
Yo me he alejado y he traído conmigo a tu querida mamá y a mi
amado esposo, después tenemos que volver. Hay largas veladas de oración.
Tu sabes que donde estamos nosotros no hay tarde, ni mañana, ni noche
ni día; te hablo así para hacerte comprender que hay largos momentos
de oración, de cantos, de salmos, de himnos, tenemos que estar presentes
todos delante de Dios y rezamos por vosotros, mis queridos y dulces hijos. Criatura
del Cielo, acepta cuando te llamamos así, porque es la verdad.
Marisa - Pero cuando la gente oye estas expresiones, yo me avergüenzo.
No me gusta que me llamen así, porque yo me siento una criatura de la
Tierra, ¡mira como estoy! Soy una criatura sin arte ni parte
Nuestra Señora - No, deja que digan. ¿Cómo te llama
Dios, Nuestro Padre?: Joya de Dios, Tesoro de Dios, Amor de Dios, lo mismo vale
también para Su Excelencia; veo que sonríe. Tu consigues disimularlo
mejor, esconder mejor el gran sufrimiento. Eso que hiciste ayer tarde fue una
escena muy agradable, y nos hemos reído muchísimo. Su Excelencia
es más reservado y se nota más su sufrimiento. El gesto que habéis
hecho al llamar por teléfono a aquel sacerdote ha sido muy hermoso. Esperemos
que su conversión continúe y que pueda llegar al Paraíso.
Ahora esperad, veamos como se desenvuelve la situación para él
y luego, probablemente, bajará de nuevo en medio de vosotros.
Marisa - Sí, pero yo, perdonad si me permito, quería saber
cuando voy para arriba. ¿Cuándo me llevas? Yo no puedo más
así, soy un peso también para Su Excelencia.
Nuestra Señora - Sí, ya lo sé, Marisella, pero es
Dios el que lo decide todo. Ahora hay otras preocupaciones y otras prioridades,
después ya verás que te llevará arriba, no te preocupes.
Marisa - Sí, pero ¿cuándo, cuántos meses
tengo que esperar aún? Espera un momento, no te muevas, hay una estampa
de la Madre de la Eucaristía.
Obispo - Cógela, Juan.
Marisa - Espera, Virgencita...
Esta oración la has dictado tú el 13 de mayo de 1989. está
escrito: "Quiero llegar contigo al Paraíso y por el momento colma
mi corazón con este anhelo" En 1989 la Virgen me ha dictado esta
oración y yo te he leído el ultimo trozo. De 1989 han pasado...
Obispo - Diecisiete años.
Marisa - Son diecisiete años que siento la nostalgia del Paraíso.
Tenía que marchar en Navidad, tenía que marchar en Pascua, tenía
que marchar el 9 de marzo, pero estoy todavía aquí. Estoy mal,
estoy muriendo, siento la muerte, luego me reanimo como las flores
Obispo - Reavivo.
Marisa - Reavivo, reanimo. Su Excelencia me ha sugerido como tengo que
hablar: reavivo. Entonces ¿cuándo vengo al Paraíso? Al
menos decidme más o menos una fecha, no pido tanto. Cuando vienes me
hablas de la Iglesia, de los sacerdotes, de los niños y de las madres
que sufren, de la guerra y de tantos otros graves asuntos. También nosotros
dos sufrimos, porque mi presencia en la Tierra molesta a los otros y da preocupaciones
a la Excelencia, que después de mi muerte será libre para volar.
Tu has dicho que tiene que descansar después de mi muerte.
Nuestra Señora - ¿Estás enfadada, Marisella?
Marisa - Sí, me enfado sola. Díselo a Dios, que me he cansado
de estar aquí en la Tierra. Nos tienes que mandar a alguien bueno, porque
nosotros solos no podemos.
Nuestra Señora - Me gustaría decir una cosa. ¿Cómo
es que cuando estaba la Abuela Yolanda lo llevaba todo ella sola? ¿Limpiar,
planchar, la ropa, la comida y hacer la compra? Porque la Abuela Yolanda hacía
todas esas cosas con amor. Oraba mucho y mientras vosotros descansabais, iba
a la capillita a limpiarla, en silencio, estaban sólo ella y Jesús.
¿Por qué ahora necesitáis tantas personas alrededor?
Marisa - No lo sé, pero tenemos también dos chicos y dos
niños.
Nuestra Señora - Sí. Sí, ya sé cuantos sois.
Sé quiénes sois y que os sentís solos
Marisa - Nos sentimos solos porque nuestros sobrinos nos quieren pero
tienen su familia. Díselo que estamos solos.
Obispo - Estamos solos. No tengo ningún sacerdote después
de tantos años
Marisa - Después de tantos años. Quizás pueda decir
que tiene uno de ochenta y un años. ¿Te parece bonito esto? ¿Por
qué tiene que estar solo? ¿Por qué lo ha ordenado Obispo
Dios?
Nuestra Señora - Marisella, ¿cómo te permites hacerme
todas estas preguntas y dirigirme todos estos porqués? Relee la Carta
de Dios, es inútil preguntarse tantos porqués, no hay nunca una
respuesta.
Marisa - ¿Entonces tengo que callar y el Obispo tiene que vivir
solo? Si Dios lo ha ordenado Obispo, tendrá que darle la posibilidad
de ejercer el episcopado. Si se hubiera quedado como simple sacerdote no hubieran
sucedido tantas cosas como han sucedido y todas desagradables.
Nuestra Señora - Es por esto, Marisella, que tu tienes que rezar.
Tienes que ayudar a convertir a aquellas personas.
Marisa - ¿Todas aquellas personas que han hablado mal? ¿Y
yo cuándo me muero? ¡Oh, Señor mío! Pero ¿yo
cuándo me muero, cuándo me voy?
Nuestra Señora - No te preocupes, pronto.
Marisa - "Quiero venir contigo al Paraíso y por ahora colma
mi corazón con este anhelo", esta oración ha sido dictado
el 13 de mayo de 1989, son diecisiete años que yo recito esta oración.
Aquí está tu hijo.
Nuestra Señora - Marisella, no preguntes tantos porqués.
Dios no traiciona y sabe lo que hace. Te has dado toda a Él, has dicho
tu "sí", has abrazado la cruz, ahora acéptala. Cuando
tu te vayas, verás que Su Excelencia tendrá más fuerza,
más vigor y habrán más persona a su lado.
Marisa - Pero ayudadlo, no lo dejéis solo. Ahora no tiene a nadie.
¿Queréis ayudarlo?
Nuestra Señora - Marisella, me estás reprendiendo.
Marisa - Oh Dios, Don Claudio, ¿la estoy reprendiendo?
Obispo - Nuestra Señora está bromeando.
Marisa - De todos modos yo no tengo ganas de bromas, porque me he enfadado
un poco. Protege a nuestros jóvenes, a nuestros sobrinos, a los niños.
Nuestra Señora - Ahora te daré una noticia que quizás
no te gustará. El domingo iremos al Jordán.
Marisa - No, me gusta, pero la noticia que quería oír es
cuando llega mi partida. Oye, ¿puedo subir con el papel de plata sin
que gasten dinero para la caja?
Nuestra Señora - Marisella, tienes que hacer como todos los demás.
Marisa - Perdona, ¿por qué tengo que hacer gastar dinero
a Su Excelencia? Yo compro dos rollos de papel de plata, me envuelvo yo sola,
me pongo un nudo aquí, me preparo para la buena muerte y luego nos vamos
arriba. No estoy guapa, pero no importa.
Nuestra Señora - Marisella, ahora termina de bromear.
Marisa - No, no, yo no he bromeado, entonces no nos hemos entendido.
Yo me quiero ir de esta Tierra, me he cansado. Tengo que sufrir siempre, sufrir
y sufrir porque me venís a decir que hace falta salvar a aquella o aquella
otra persona.
Está bien, oremos. Cundo yo hablo contigo o con Jesús, con Dios
con san José, con mi madre y con la Excelencia, tenéis siempre
razón. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén. Padre nuestro
Gloria al Padre
Ave Maria
Marisa - Adiós, mamá, saluda también a tía
Ana, tía Gina, tía Gianna, tía Silvana y tía Enza.
Abuela Yolanda - Tu sabes que tienes que darle mi beso a la Excelencia.
Marisa - Está bien, mamá, dile a Dios que me deje venir arriba,
te lo ruego, ¿vale?
Nuestra Señora - ¿No quieres ni siquiera la bendición,
Marisella?
Marisa - Sí, está bien, de todos modos me la da la Excelencia.
Se me ha escapado, ya lo sabes que estoy hecha así.
Nuestra Señora - Junto a mi Obispo y vuestro bendigo a los aquí
presentes, os traigo a todos junto a mi corazón y os cubro con mi manto
materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo. Sea
alabado Jesucristo.
Marisa - Adiós, adiós, acuérdate, ve ante Dios a
decirle que estoy lista. No nos hace falta la caja, me pongo en el papel de
plata y vengo. Se han ido. Creía que estaba bromeando pero hablaba seriamente.
Obispo - Nuestra Señora ha hablado así para animarnos y
desdramatizar la situación.
Marisa - De hecho mira como me ha animado
Obispo - De todos modos vendrá luego y continuaréis el
tema.
Villetta Barrea (AQ), 3 settembre 2006 - h. 0:10 a.m. (Carta de Dios)
Marisa - Gracias, Virgencita, por haber venido, te añorábamos.
Nuestra Señora - Mis queridos hijos, esta aparición vale
también para mañana. Ha pasado la medianoche. Estáis muy
cansados, tenéis que preparar las maletas y volver a Roma. ¿Es
triste para ti, Marisella, volver a Roma?
Marisa - Sí. Si caminase sería mejor para mí, porque
podría salir de casa, como todos los demás, sin embargo ahora
tengo que volver a Roma y encerrarme en aquella habitación sin poder
bajar y salir fuera al jardín, y me cuesta. Aquí tenía
la posibilidad de salir al jardín y alguno me llevaba con el coche por
las montañas.
Nuestra Señora - Sí, Marisella, esta alegría se
ha terminado.
Marisa - No hemos pasado meses de vacaciones, sino de dura prueba, de
sufrimiento, de sacrifico y al volver a Roma tengo mucho miedo. Si tu me ayudas
y estás a mi lado, tendré la fuerza de estar serena y de aceptar
cualquier sufrimiento.
Nuestra Señora - Mañana iremos al Jordán y allí
serás feliz porque para ti es como un trozo de Paraíso.
Mis queridos hijos, estoy muy contenta cuando hacéis una velada para
la Madre de la Eucaristía o para Jesús, todo esto me hace feliz,
pero me gustaría veros más unidos. Tenéis que mostrar más
amor, más comprensión, más sensibilidad los unos hacia
los otros; esto es lo que Dios quiere de todos: de vosotros que estáis
aquí presentes y de los que están lejos. No creéis problemas
a nuestros dos hijitos, ya tienen muchos, pero dadles ayuda, amor y comprensión.
Es verdad, tiene razón su Excelencia cuando dice que nosotros no hemos
sufrido como ellos cuando vivíamos en Nazareth. Se han burlado de nosotros
y hemos sido calumniados también nosotros, pero el mundo de entonces
era diferente.
Ahora vivís en un mundo donde las personas son muchas y no saben amar,
incluidos los sacerdotes. Las personas tienen sus problemas y no piensan en
los que sufren. Cuantas veces me gustaría venir y decir: "Estáis
haciendo sufrir a vuestros hermanos", pero Dios me dice: "María,
déjalo estar, de todos modos no lo entenderían, aunque apareciese
Yo, Dios, en la Tierra, siempre tendrían algo que decir". Al menos
vosotros, que estáis guiados por mí desde hace muchos años,
tratad de quereros, tratad de ayudaros.
Habéis sido buenos, cada vez que vuestro director espiritual os ha pedido
ayuda para Marisella. Continuad así, es hermoso quererse, es hermoso
ayudarse.
Marisa - Oye, Virgencita, ¿me dejarás dormir esta noche?
Estoy muy cansada de estar en esta Tierra, estoy cansada de no dormir y estoy
cansada de tener dolores, dolores y dolores. Trato de esconderlos, hago todo
lo posible, pero no es fácil, a veces se me hace muy difícil.
Nuestra Señora - Marisella, la pasada noche vinimos tres veces
a ayudarte, pero tu cuerpo estaba martirizado por los dolores en todas partes.
Marisa - Sí, entiendo, pero si yo no descanso, no descansa tampoco
el Obispo, él tiene que descansar está muy cansado. ¿Lo
ves? Mira bien a la cara a tu hijo predilecto. ¿Ves qué cansado
está?. Si yo duermo, él duerme.
No me atrevo a pedirte otra cosa, aunque la dificultad para comer permanece.
Voy adelante día a día y cuando ya no pueda comer espero que llegue
el momento de la partida. Llevadme al cielo, no me hagáis esperar todavía.
Virgencita, Virgencita, madre mía, María, te lo ruego, llévame,
si me llevas, descansará también el Obispo
Nuestra Señora - Mis queridos hijos, quiero que vayáis
a descansar pronto. No vayáis tarde, porque os cansáis y luego
no tenéis fuerza para hacer lo que tenéis que hacer. Os doy las
gracias por lo que habéis hecho, por la ayuda que habéis dado
a mi Obispo y a Marisella.
Juan, gracias por lo que has hecho por mis dos hijos. La Madre te da las gracias
y te felicita. Gracias mis queridos hijos, junto a mi santo Obispo y vuestro
os bendigo a vuestros seres queridos, a los niños que sufren. Os traigo
a todos junto a mi corazón y os cubro con mi manto materno.
Id en la paz de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo. Sea
alabado Jesucristo.
Marisa - Adiós, mamá, déjame descansar, te lo ruego,
estoy muy cansada, no tengo ni una parte del cuerpo sin sufrimiento. ¿Se
dice así?
Obispo - Sí.
Marisa - Ves, escondo, bromeo, río, hago todo lo posible, pero
estoy cansada. Adiós, mamá, quédate conmigo esta noche,
quedaos conmigo esta noche, os lo ruego. Cuando llegue la última noche
o el último día estad a mi lado, estad sobre todo al lado del
Obispo, tendrá necesidad de vuestra presencia. Adiós, adiós,
mamá
Nuestra Señora - Dale un beso al Obispo de parte mía.
Marisa - Se han ido.
Obispo - Ánimo, valor.
Marisa - Trato de hacer todo lo posible
Obispo - Estás haciendo todo lo posible.
Marisa - Pero si me llevan es mejor para todos.
Obispo - Rezaremos todos para que se realice pronto tu justo deseo.
Marisa - Sí, y también porque me encuentro mal en esta
Tierra, no soy capaz de vivir en ella. Muchas personas me hacen sufrir y yo
soy sensible y sufro
Obispo - ¿Te sientes prisionera del mundo?
Marisa - Sí, me siento atada, exactamente.
|| Informaciones Generales
|| Colección de los Mensajes de Dios
||
|| Eventos Importantes ||
Milagros Eucarísticos ||
|| Cartas del Obispo || Oraciones
|| Home ||