MOVIMENTO IMPEGNO E TESTIMONIANZA30 de diciembre de 2003
Bajo la luz de Navidad, el 30 de diciembre de 2003 en el lugar taumatúrgico un extraordinario y totalmente inesperado milagro eucarístico ha ocurrido: la hostia grande que había sangrado por primera vez el 16 de mayo del 2000 y por segunda vez el 6 de abril de 2002, ha sangrado por tercera vez.
El 30 de diciembre 2003 la comunidad ofreció al Señor
una jornada de adoración eucarística para pedir perdón
por los pecados cometidos en el 2003. Durante la mañana, Marisa sufrió
de manera particularmente cruenta la pasión, acompañada de una
nueva y abundante efusión de sangre de los estigmas de las manos y
de la frente. Sus graves condiciones de salud no le permitieron bajar a la
capillita, pero se unió a las oraciones de la comunidad en su habitación,
donde S. E. Mons. Claudio Gatti había expuesto la hostia grande que
había sangrado dos veces, el 16 de mayo de 2000 y el 6 de abril de
2002. Por la tarde, al término de la Santa Misa celebrada por el Obispo,
mientras Marisa en su habitación sufría nuevamente la pasión
y los estigmas sangraban, de la hostia surgió de nuevo la sangre, para
indicar la íntima y profunda unión entre Jesús y Marisa,
su esposa y víctima de amor. El Obispo, una vez en casa, después
de haber constatado el milagro ocurrido, trajo la hostia a la capillita, donde
algunos miembros de la comunidad permanecieron algunas horas en adoración.
En la hostia estaban presentes, además de las grandes manchas de sangre
de las efusiones anteriores, otras manchas más pequeñas que
aparecieron en sus bordes.
Las dos anteriores efusiones de sangre de esta Eucaristía habían
ocurrido en circunstancias análogas a esta última.
El 16 de mayo de 2000, mientras Marisa era obligada a permanecer en cama debido
a la enfermedad, la Madre de la Eucaristía depositó la hostia
ensangrentada sobre una plantita en su habitación. Marisa, dándose
cuenta del milagro, informó inmediatamente al Obispo que acababa de
celebrar la S. Misa.
La Madre de la Eucaristía reveló a Marisa cómo había
ocurrido este milagro eucarístico. Un eclesiástico, que todavía
hoy ocupa un lugar muy importante en la jerarquía de la Iglesia, mientras
estaba celebrando la S. Misa, había visto surgir de la hostia grande
recién consagrada, algunas gotas de sangre. En lugar de alegrarse,
se disgustó por el gran milagro ocurrido bajo sus ojos y con gesto
enfadado alejó la hostia ensangrentada pidiendo al ayudante una segunda
hostia para proseguir la celebración de la Santa Misa y no permitir
a los que estaban presentes que se dieran cuenta de lo que había ocurrido.
Por otra parte, ya que la hostia que había derramado sangre, según
la intención del celebrante, estaba destinada para una misa negra,
Nuestra Señora la sustrajo inmediatamente del sacrilegio y la llevó
al lugar taumatúrgico donde sería amada y adorada.
El 6 de abril de 2002 la hostia sangró una segunda vez. En esta ocasión
la comunidad había ofrecido a Dios un día de oración,
de ayuno y de adoración para pedir el don de la paz. Marisa, no pudiendo
unirse a la comunidad en la capillita, a causa del sufrimiento provocado por
la pasión, estaba recogida en adoración en su habitación
delante de la Eucaristía que había sangrado el 16 de mayo del
2000. Mientras el Obispo celebraba la S. Misa, Marisa notó una nueva
efusión de sangre de la hostia. Poco después oyó y vio
un tremendo terremoto estremecer toda la casa y vio que los objetos que estaban
encima de la cómoda frente a ella, se daban la vuelta, se hacían
añicos y rompían. El suceso sobrenatural duró pocos segundos,
después Marisa vio que cada cosa volvía intacta a su propio
lugar. Ésta es la misma experiencia que vivieron los que estaban al
pie de la cruz, inmediatamente después e la muerte de Jesús.
"Jesús dando de nuevo un fuerte grito exhaló el espíritu.
En esto, el velo del Tempo se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló
la tierra y las rocas se hendieron" (Mt. 27, 50-51).
Esta tercera efusión de sangre, ocurrida el 30 de diciembre de 2003,
es un nuevo signo del sufrimiento de Cristo por la situación espiritual
de los sacerdotes y de la Iglesia. A nuestra hermana Marisa desde finales
del verano pasado le han sangrado frecuentemente los estigmas de las manos,
de los pies, de la frente y del costado. Marisa sufre la pasión por
la Iglesia, por el Obispo, por la comunidad y por todas las personas que se
encomiendan a sus oraciones para la curación física y espiritual.
Este milagro ocurrido en el tiempo de Navidad nos ofrece nuevos puntos de
reflexión para meditar el misterio de la Encarnación y el Eucarístico.
En el misterio de la Encarnación contemplamos el misterio del Dios-Niño:
la Omnipotencia divina se esconde bajo la apariencia de un recién nacido
pequeño e indefenso. Del mismo modo, Jesús en el misterio de
la Eucaristía, está realmente presente bajo la apariencia del
pan y del vino. La hostia es frágil e indefensa en las manos del hombre
que puede amarla y adorarla o también ofenderla.
En Belén, estuvieron los pastores, personas sencillas y humildes que
creyendo en el anuncio de los ángeles, adoraron al Dios-Niño
y dieron testimonio sin temor a todos de lo que vieron. "Y cuando los
ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían
unos a otros: "Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido
y el Señor nos ha manifestado". Y fueron a toda prisa y encontraron
a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al
verlo dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño.
Todos los que lo oían, se admiraban de las cosas que los pastores decían"
(Lc 2, 15-17)
Seguramente su testimonio llegó también a las puertas de Jerusalén
y a los oídos de los sumos sacerdotes que no dieron crédito
a lo que los pastores anunciaban. Como está escrito en el S. Evangelio,
sólo los magos, personas consideradas poderosas e importantes, han
llamado su atención, la de Herodes y de los sumos sacerdotes, que quedaron
turbados con la noticia del nacimiento del Salvador. El mismo Herodes, por
envidia y celos, tratará de matar al Mesías.
El lugar taumatúrgico es la nueva Belén de donde, por intervención
de Dios, gracias a los numerosos milagros eucarísticos, a las teofanías
trinitarias y a las apariciones de la Madre de la Eucaristía, ha emanado
una nueva luz de gracia que se ha difundido por toda la Iglesia. Esta luz
ha generado un fuerte impulso, una renovada atención, una ardiente
fe y un extraordinario amor hacia la Eucaristía.
De hecho, hoy los sacerdotes, los obispos y los cardenales hacen catequesis
más claras y profundas por las que los fieles han comenzado a comprender
la centralidad, la importancia y la necesidad de la Eucaristía en la
vida particular, de las familias, de las comunidades religiosas, de las Iglesias
particulares y de la Iglesia Universal.
Ha sido intensificada con éxito la adoración eucarística
que ve cada vez más, numerosos jóvenes reunirse en torno a la
Eucaristía.
Desgraciadamente, solo los hombres pequeños y humildes han creído
en todos los acontecimientos sobrenaturales en el lugar taumatúrgico,
mientras los poderosos y la autoridad eclesiástica, han combatido de
todas las maneras las obras de Dios. La conversión de tres mil millones
quinientos mil y una personas, el triunfo de Jesús Eucaristía
y de la Madre de la Eucaristía se ha realizado por intervención
de Dios y con la colaboración del Obispo y de Marisa que, sin tener
ni poderosos ni numerosos medios de comunicación y sin el soporte de
ninguna autoridad eclesiástica o civil, se han abandonado a Dios y
han combatido y sufrido. A la victoria de Jesús Eucaristía y
de la Madre de la Eucaristía, seguirá, cómo y cuando
quiera Dios, la del Obispo de la Eucaristía y de la víctima
de la Eucaristía.
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