MOVIMENTO IMPEGNO E TESTIMONIANZA
La apariciones de la Madre de la Eucaristía han sido vividas durante
un largo período (1971-1993) en el silencio y en la discreción.
En estos primeros años el obispo Claudio Gatti y la vidente Marisa Rossi
han llevado adelante su misión, guiados con amor por la Virgen y desde
1986 han formado y hecho crecer un cenáculo de pocas personas llamadas
a la oración y al testimonio.
Pero no todos han respondido a la llamada y el sufrimiento no ha faltado, a
causa del miedo de lo sobrenatural, incomprensiones, envidia, celos y calumnias,
tanto que, como ha escrito nuestro Obispo, "el desánimo, la amargura,
la desilusión y el desaliento nos han hecho compañía y
el deseo de mandarlo todo al aire ha sido fuerte, prepotente. Quien nos ha salvado
del naufragio ha sido la gracia de Dios... nos han ayudado también los
hermanos y las hermanas de nuestro cenáculo que se ha estrechado en torno
a nosotros con amor y fe".
El 20 de junio de 1993 la Virgen se apareció a Marisa llevando una carta
que generó miedo y turbación: "Hijitos míos, es tiempo
de hacer llegar grupos de personas hacia vosotros... Dios Padre lo quiere así,
después de veintidós años de silencio y de ocultamiento".
Y aún, el 27 de junio: "Animo, si Dios Padre lo ha decidido así..
que se haga su voluntad". El obispo y Marisa se han sentido solos, débiles,
indefensos y se han preguntado angustiados: "¿Cómo poder
sostener la oposición y el peso que comportan las apariciones públicas?.
Inmediatamente han recordado las palabras que la Virgen les había dicho
en Lourdes en el lejano 1973, cuando respondieron "si" al Señor
que los llamaba a desenvolver la gran misión: "¡El sufrimiento
os consumirá. No seréis comprendidos, encontraréis dificultades
y oposiciones!". La palabra de Dios les ha dado paz y seguridad: "El
Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad" (Rm 8, 26) y han encontrado
consuelo en las palabras de Jesús del 11 de julio de 1993: "He querido
venir Yo para confirmaros que mi Madre y Yo queremos guiaros en la bellísima
e importante misión que Dios Padre, Dios Espíritu Santo y Yo,
Dios Hijo, os hemos confiado, para repetiros que estamos siempre al lado de
vosotros y daros ánimo"
Don Claudio y Marisa renovaron entonces su "si" delante del Señor,
decididos a afrontar con espíritu de serenidad, sencillez y amor la nueva
tarea que se les presentaba delante: difundir la catequesis de Dios y los mensajes
tal como fueran transmitidos por la Virgen. El 24 de octubre de 1993, después
de cuatro meses de preparación espiritual, moral y psicológica
de la comunidad, las apariciones de la Madre de la Eucaristía fueron
abiertas a todos, pero primero (hecho único en la historia de la Iglesia)
la autoridad eclesiástica fue informada de cuanto había acontecido.
Desde el inicio Don Claudio y Marisa tuvieron la intención de trabajar
en estrecha unión y colaboración con ella, remitiéndose
a su juicio sobre el origen sobrenatural de la presunta aparición: el
24 de septiembre de 1993 Don Claudio mismo habló larga y detalladamente
de las apariciones con el Obispo Auxiliar S. E. Mons. Cesare Nosiglia, le dejó
el manuscrito de los mensajes "La catequesis de Dios", invitándolo
a leerlo y a señalar, en caso que fuese necesario, sus observaciones.
También expuso al Obispo Auxiliar el programa elaborado: catequesis,
oración, aparición, Santa Misa, el todo de vivir en el silencio
y recogimiento, escuchando y participando, en un clima privado de fanatismo;
esto, de hecho, nos lo ha enseñado siempre la Virgen ("No os he
llamado para ver alguna cosa ostentosa... Poned a un lado a vuestro yo, vuestro
deseo de curiosidad, inclinad la cabeza y orad" (Mensaje del 24 de octubre
de 1993).
La autoridad eclesiástica inicialmente no manifestó objeciones
a la difusión de los mensajes de la Madre de la Eucaristía, después
que no encontró en ellos nada de contraste con la doctrina del Evangelio,
así Don Claudio y Marisa fueron adelante cumpliendo lo que Dios les había
pedido.
Desde el día en que las apariciones de la Virgen se hicieron públicas
han transcurrido siete años: el 29 de octubre de 2000 festejamos el séptimo
aniversario (por decisión del obispo, de este año en adelante
el aniversario de las apariciones públicas serán oficialmente
festejadas el último domingo del mes de octubre) y en esta ocasión
el obispo nos ha hecho reflexionar sobre como se ha verificado plenamente todo
lo que había sido predicho por la Madre de la Eucaristía en Lourdes
en 1973 y después en junio de 1993: "La tarea de mis dos hijos es
muy bella a los ojos de Dios y lo será para los hombres humildes y sencillos,
pero a causa de los hombres orgullosos y soberbios será muy dura".
El obispo nos ha recordado como en el primer año de las apariciones públicas
había gran entusiasmo por parte de muchas personas: laicos, sacerdotes,
hermanas y también obispos se habían acercado al lugar taumatúrgico
y colaboraron con alegría al cumplimiento de los planes de Dios. Pero
en algunas apariciones, la Madre de la Eucaristía ponía en guardia
a sus dos queridos hijos, avisándoles del hecho que los hombres estaban
tratando de destruir la obra de Dios y, de hecho, ya en julio de 1994 se difundieron
voces según las cuales el lugar taumatúrgico había sido
cerrado definitivamente y nada había quedado. Esto no se verificó
porque de ninguna manera el hombre puede vencer contra la Voluntad de Dios,
pero la maldad, la envidia y los celos de los hombres que no aman a la Eucaristía
han destruido física y espiritualmente al obispo y a la vidente; hoy,
desde un punto de vista humano, parece derrotado, pero Don Claudio nos ha enseñado
que es necesario mirar la realidad con los ojos de Dios, sin quedarnos en las
apariencias.
También Cristo sobre la cruz, según la lógica humana estaba
derrotado, sin embargo se siente victorioso y triunfante porque está
para ser glorificado por el Padre: "Padre, ha llegado la hora, glorifica
a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a Ti" (Jn 17). La gloria que Jesús
pide es la de la cruz, porque a través de su inmolación total
se realiza lo que Dios mismo ha decidido hasta la eternidad: la muerte del Hijo
a fin que el hombre se reconcilie con el Padre. Por tanto la gloria deriva del
hecho de hacer la voluntad de Dios.
También el obispo y Marisa, en estos siete años, han cumplido
la obra que el Señor les ha confiado, por tanto en esto se encuentran
viviendo la gloria de Dios. El obispo nos ha explicado como la escena de Cristo
en la cruz sobre el Gólgota se presta a maravillosas similitudes con
nuestra situación presente: a los pies de la cruz estaba María
que había podido decir: "Padre, ¿por qué no salvas
a tu Hijo?, así Don Claudio hoy frente al dolor y a los atroces sufrimientos
de Marisa podría exclamar: "Señor ¿por qué
no intervienes?".
En el Gólgota, al lado de Jesús moribundo había con María
un solo obispo, Juan, y pocas mujeres; también hoy delante de la Eucaristía
que ha sangrado está la Virgen, un solo obispo, Claudio, pocos jóvenes
y pocos adultos.
Jesús durante su vida había hablado a millares de personas, había
sido hosannado, había realizado grandes milagros, pero en el momento
de morir había sido abandonado por todos. También en el lugar
taumatúrgico ha habido milagros eucarísticos, gracias, curaciones
espirituales y físicas, no obstante Don Claudio y Marisa han sido, también
ellos, traicionados y ahora se han quedado solos.
Pero como nadie había podido imaginar que Cristo muriendo sobre la Cruz
habría resucitado y habría derrotado a los hombres que le estaban
matando, así también el obispo puede decir con alegría:
"He combatido la buena batalla y la quiero combatir todavía con
la certeza de la victoria. Es en este momento tan doloroso que nos asemejamos
a Cristo"; del resto también la Virgen ha dicho en una aparición:
"La batalla de la gente contra vuestro sacerdote continúa, pero
yo y vosotros seremos fuertes; lo protegeremos y lo mismo hará también
mi esposo San José. Yo voy siempre a interceder junto a Dios para el
sacerdote" (carta de Dios del 26 de marzo de 1994).
Toda la fuerza necesaria y la esperanza de la victoria provienen de la Eucaristía
en la cual, como nos ha enseñado nuestro obispo, se manifiesta la voluntaria
debilidad y la omnipotencia de Dios: la voluntaria debilidad se ve en la Eucaristía
que se entrega en las manos de los hombres, es profanada, herida, quemada, recibida
en pecado mortal. La omnipotencia de Dios emerge en el milagro eucarístico:
la Eucaristía ha sido sustraída de los tabernáculos, ha
desaparecido de éstos contra la leyes de la naturaleza y ha sangrado
manteniéndose intacta por años, sin descomponerse. La omnipotencia
de Dios se manifiesta también en el amor renovado a El por parte de muchos,
en las conversiones, en los frutos espirituales.
Siempre, en ocasiones de la fiesta por el séptimo aniversario desde el
inicio de las apariciones públicas, Su Excelencia el obispo Claudio Gatti
ha anunciado que, aunque por el momento no hay otros sacerdotes u obispos cerca
de la Eucaristía que ha sangrado, el Papa irá al lugar taumatúrgico,
más veces; irán los cardenales y los obispos. Por otra parte ha
hecho hincapié que solo quien cree ciegamente en las realizaciones de
los designios de Dios puede decir con certeza un anuncio tal. El obispo ha concluido
diciendo: "Los designios de Dios contemplaban que Cristo muriese y los
designios de Dios han permitido que nosotros pagásemos un tributo de
sangre y quizá también de muerte. Debemos habituarnos a ver la
realidad con los ojos de Dios; los enemigos de estas apariciones están
exultando y haciendo ironía, nosotros los confiamos a la misericordia
de Dios y al amor de María para que, al menos algunos de ellos, puedan
salvarse y puedan, como ha dicho Jesús, repetir: "¡Pueblo
mío, que estamos haciendo! ¡Estamos matando a quién verdaderamente
ama a la Eucaristía!".
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